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Opinando
¿Se están perdiendo los objetivos originales de la práctica médica?

Rodolfo Chang Peña*

En los tiempos modernos es cada vez más difícil ejercer la medicina hipocrática. El apostolado de curar, aliviar, ayudar y dar consuelo e intentar salvar la vida a cualquier enfermo independientemente de su forma de pensar y capacidad de pago, hace mucho tiempo dejó de serlo ante la presión insidiosa, pero persistente, de una serie de conceptos de nuevo cuño, que por oleadas se insertan en el medio salvadoreño.

Los profesionales de la medicina enfrentan desde hace años un escenario cambiante en el que destacan, por ejemplo, un incremento inusitado de los costos, que contrasta con el aumento de la pobreza y los grandes avances tecnológicos aplicados a las ciencias médicas. La capacidad individual de pago reemplaza la solidaridad de antaño y los servicios tienden a entrar en competencia sin más límites que las leyes del mercado.

Como el crecimiento de la pobreza genera grandes brechas entre los diferentes estratos sociales, el acceso a las nuevas tecnologías de la salud es notoriamente desigual. A este hecho se suma la masificación de las ciencias de la comunicación que a su vez han elevado considerablemente las expectativas de gozar de un mejor nivel sanitario. A la postre, todos quieren una “mejor salud”, pero pocos pueden pagar su costo creciente.

El encarecimiento de los servicios ha obligado a las empresas a ser más eficientes, ser más cuidadosas en la formulación de los presupuestos y priorizar. Ni modo, los problemas son tantos que es imposible resolverlos todos de una sola vez. Por otra parte, los recursos económicos destinados a la salud no crecen con el mismo ritmo con que avanza la tecnología, lo que a su vez produce grandes contrastes. Mientras más de la mitad de los habitantes carece de los medios para pagar una radiografía tradicional, un electrocardiograma común y corriente o un tratamiento completo de las piezas dentales, algunos establecimientos ofrecen procedimientos de gran especialización, que pueden costar cien o doscientas veces más que los anteriores.

El hecho anterior ha conducido a la práctica de “medicinas” de diferentes precios, según sea la capacidad de los enfermos. Probablemente una consecuencia que causa más consternación es que la población no recibe lo que necesita en materia de salud, sino “lo que se alcanza a dar”. En el país, por ejemplo, de 300 operaciones cardiovasculares, aproximadamente, que necesita cierto sector poblacional, sólo se hacen treinta, es decir, la décima parte.

La necesidad de rescatar “años de producción” se ha injertado desde hace algún tiempo y ya está produciendo algunos “frutos”. En el pasado, por ejemplo, un programa de diagnóstico precoz de cáncer cervicouterino tenía por finalidad primordial el bienestar y felicidad de la mujer salvadoreña. Ahora, en cambio, de acuerdo con la nueva influencia, un diseño programático de esta naturaleza pretende identificar la enfermedad en fase temprana, casi con miras exclusivas a ahorrar y abaratar tratamientos. Con la misma óptica, muchos administradores y planificadores de la salud no ven con buenos ojos invertir cuantiosas sumas de dinero en enfermos con pocas posibilidades de recuperación, como es el caso de algunas cardiopatías, insuficiencia renal crónica, anomalías neurológicas congénitas severas y pacientes terminales de diferentes especialidades.

En los tiempos modernos se considera normal buscar “rentabilidad” a las inversiones en salud, véase por ejemplo cómo algunas instituciones, antes de atender a un moribundo que clama por servicios urgentes, se investiga primero para ver si goza de derecho para recibir prestaciones. En otros centros, los niños con cardiopatías congénitas no son atendidos por los médicos especialistas si la madre o el encargado no paga antes el valor de la radiografía de tórax y el electrocardiograma, de tal suerte que los pequeños pacientes se deterioran y hasta fallecen si sus padres carecen de medios para cancelar los exámenes citados. Una enferma en condiciones de pobreza y extrema pobreza que adolece de cáncer cervicouterino grado I no es tratada si no paga antes al menos trescientos colones (¿costo de la operación?), de tal manera que mientras consigue el dinero, su problema puede avanzar a cáncer cervicouterino grado II y quizá III. Los ejemplos anteriores claramente apuntan a conceder más importancia a la rentabilidad que al bienestar, alejando la práctica médica de sus principios originales.

* Dr. en Medicina

 

 

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