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Éxitos
de librería
Fuerza
y significado de algunos mitos literarios
Luis
Fernández Cuervo*
¿Por
qué tanto éxito de El señor de los anillos
y de las peripecias mágicas de Harry Potter?
No me refiero al éxito que puedan estar teniendo sus versiones
cinematográficas -que yo no he visto y que pueden aumentar
o disminuir el número de adeptos a ese tipo de literatura-,
sino a sus versiones originales, a sus libros.
Debo advertir que lo que escribo a continuación no es apto
para gente superseria, superpráctica y presuntamente superrealista,
que desprecia todo lo que venga del mundo de la fantasía
literaria. Este tipo de gente, lo mejor que puede hacer es pasar
la página e ir a leer las informaciones políticas
y/o económicas.
Yo, sin embargo, creo que los mitos son una cosa muy importante.
Díganselo si no a los habitantes de la Antigua Grecia. Homero,
con su Ilíada y su Odisea, influyó
decisivamente en la religión de aquel pueblo y en sus valores
morales y estéticos.
Sin ellos, todo lo mejor de la cultura griega clásica y
su búsqueda de la excelencia humana se habría hundido
en la mediocridad. También el lento renacer de una cultura
medieval, desde las ruinas del imperio romano, y su esplendor de
los siglos XII y XIII, sería impensable sin el impulso heroico
que los cantares de gesta y el mito del rey Arturo y sus caballeros
de la Mesa Redonda dieron a la sociedad medieval.
Por algo análogo, creo que toda la épica del hobbit
Frodo en El señor de los anillos y las arriesgadas
aventuras de Harry Potter son importantes y beneficiosas, no sólo
para la lectura de los niños, sino, sobre todo, para los
adultos de hoy, pues son muchos de ellos los que lo leen.
Por eso ahora quiero volver a la pregunta con la que comencé
estas líneas: ¿Por qué tanto éxito de
esos libros? ¿Cuál es la explicación de su
éxito arrollador?
De los libros de Tolkien lo sorprendente es que su descubrimiento
y su éxito llegaron unos veinte años después
de haber sido escritos y desde entonces se han multiplicado los
clubs y asociaciones que se dedican a comentarlos, a estudiarlos
y a trasmitir y mantener el fuego sagrado para sucesivas generaciones
de lectores.
Que alguien haya querido correr ahora la riesgosa aventura de llevarlo
a la pantalla de los cines, es una muestra de que su vigor literario
y su fuerza social se mantienen altos. El éxito de Harry
Potter ha sido tal vez más explosivo, pero, al ser tan reciente,
todavía está por ver cuánto durará el
fervor y la cantidad de sus devotos y si el film le beneficia o
le perjudica.
Pienso que la explicación de estos mitos literarios está
en el contraste con la sociedad en la que aparecen. En una sociedad
opresiva como la musulmana, Las mil y una noches tuvieron
un éxito inusitado. No es extraño. ¿Quién
no iba disfrutar, quién no iba a soñar con el poder
salir de allí, escapar volando sobre una alfombra?
Deberían volver a leerlo los de Afganistán. Muchos
niños pobres, muchos huérfanos maltratados, había
en la Inglaterra de Charles Dickens. ¿Puede extrañar
entonces el éxito de su Oliver Twist? Muchas
sufridas y despreciadas Bettys hay a lo largo de nuestra América
¿puede extrañar el éxito, arrollador y repetido,
de Betty la fea? No: cada sociedad sueña con
lo que le hace falta.
Estamos en una sociedad que mundialmente tiende a uniformarse en
una globalización creciente. Una sociedad cuanto más
desarrollada, más dominada por criterios de rastrero consumismo
económico, donde los medios de difusión para masas
nos abruman con conflictos, violencias y desastres. La anticultura
martillea sin descanso sobre nosotros tratando de convencernos de
que sólo somos materia, un amasijo de instintos y frustraciones,
bípedos implumes, monos desnudos
o depredadores que deberíamos desaparecer para salvar a la
naturaleza.
Gran parte de la literatura actual cuenta historias desgraciadas,
sus personajes son antihéroes, gente frustrada
en novelas donde, como comentó un afamado crítico
literario, los protagonistas son como clavos en el suelo. A lo largo
de la narración, la trama actúa como un martillo que
va golpeando tenazmente sobre la cabeza de esos clavos, hundiéndolos
cada vez más en el duro suelo. Vivimos en medio de grandes
masas despersonificadas, a las que se impulsa y se comprime, desde
muchos campos y muchos persuasores, más o menos ocultos,
para que se convenzan de que deben atenerse a lo inmediato, de que
no deben esperar otra felicidad más que la del placer fugaz,
la que da el sexo y el dinero fáciles, porque mañana
morirán y pasarán a la nada.
En consecuencia, aumentan las cifras de depresiones mentales y
de suicidios y cada vez entre gente más joven.
Sobre esta atmósfera cultural tan viciada, sobre ese aire
enrarecido que respira tanta gente, estas ficciones literarias son
un grito de alarma, un síntoma revelador de lo que les falta,
son la ventana que se abre a lo soñado y deseado, a realidades
ennoblecedoras, a un aire más puro con vivificante oxígeno
y de horizontes más amplios.
Frodo Bolson y Harry Potter, cada uno en su estilo, son héroes
sin pretenderlo, obligados por las circunstancias y por el imperativo
de su valía moral, por lealtad a su mundo y a sus amigos.
Luchan difícilmente contra poderosísimas y perversas
fuerzas ocultas, que han ido ganando incluso a algunos de los que
deberían ser sus adversarios. Frodo y Harry son débiles
y pequeños pero vencen al fin en su lucha contra el mal.
¿Es extraño entonces que lo lean y que se entusiasmen
con sus aventuras tanta gente?
El que pueda entender, que entienda.
* Lic. en Derecho
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