Viernes 18 de enero 2002


Palabras
La carrera de Villeneuve
Carlos Balaguer

El deseo de ir más allá, inspira a las multitudes hasta en el deporte. Gilles Villeneuve -piloto canadiense, as mundial del volante-, por ejemplo, entregó su vida, íntegra a su pasión, su desmesurada pasión por la "vitesse" (velocidad); por su loco ideal de veleta.

Cuando murió, tres rosas, una bandera de cuadros negros y blancos -símbolo de triunfo en las carreras de auto-, más su casco y sus guantes fueron colocados sobre el ataúd. Sólo eso quedaba de su carrera. De su última carrera contra la vida. ¿Hasta dónde condujo el carro de su loco ideal de flecha?

Y el premio ¿qué? ¿Una bandera, la rosa de la amada, la rosa del hijo, la rosa del amigo, la fama, miles de fríos trofeos…?

No. El trofeo que se lleva sólo es el invisible… El que brilla en nuestro interior. Ese trofeo irreal que recibe el corazón ante un ideal alcanzado o una flecha disparada en la pista de carrera.

Y para eso sirve la velocidad: para transportar mensajes como los corredores Dak o para alcanzar &emdash;mediante una velocidad de hasta 300 kilómetros por hora&emdash; un trofeo de metal y una bandera de cuadros negros y blancos.


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