Tomando
la palabra
LUCHA VRS. TRABAJO
María
A. de López Andreu*
El décimo aniversario de la firma de
los "Acuerdos de Paz" ha sido marco para
interesantes análisis de algunos
protagonistas de aquel histórico
acontecimiento. También han abundado las
críticas, acusaciones y
señalamientos de quienes no pueden
reconocer méritos ajenos, ni admitir que
diez años, en la vida de un país,
son apenas un soplo. Especialmente, cuando debe
reconstruirse lo que tomó muchas
décadas edificar, y desapareció
por obra de un plumazo o un bombazo,
según sufriéramos su
destrucción por decretos de la
época duartista, o por acciones
terroristas de la guerrilla. O por los embates
de la naturaleza, que tantas veces han asolado
nuestro país.
Cuando se firmó la paz, la
mayoría de salvadoreños tuvimos
sentimientos encontrados: alivio, porque
cesaría la pérdida inútil
de tantas vidas, y angustia, sabiendo que otra
época, también muy difícil
(la posguerra) estaba por llegar. Y no nos
equivocamos: ha sido, efectivamente, un
período durísimo. Principalmente,
para las personas comunes y corrientes, que
jamás empuñamos armas, que nunca
nos sentamos en las rondas de
negociación, ni pusimos condiciones, ni
firmamos acuerdos. Pero fuimos quienes, desde
nuestro diario trabajar, con inmensos
sacrificios, afrontando graves riesgos,
mantuvimos el país a flote, a pesar de
innumerables e irracionales situaciones. Y hemos
sido, también, quienes absorbimos el
"costo de la paz", y quienes continuamos
afrontando adversidades, venciendo los
obstáculos de cada día,
armándonos de tenacidad y paciencia, a la
espera de que, finalmente, con la ayuda de Dios,
podamos entre todos forjar el ansiado Estado de
Derecho, para poder vivir y trabajar en paz.
Porque se supone que "la paz" es un bien
deseado y deseable para todos los
salvadoreños. Pero, ¿realmente es
así?
Pareciera que no, cuando el Coordinador
General del FMLN habla de "organizar nuevamente
al pueblo para la lucha", y es coreado por
algún líder sindical, o
catedrático universitario, o directivo de
gremio profesional. Pronostican (porque la
están promocionando, abiertamente) una
nueva guerra, tras un "incontenible
levantamiento popular". Reclaman que "la pobreza
se ha incrementado", y que "la brecha entre
pobres y ricos es cada día mayor".
¿Y acaso esos fenómenos (que son
mundiales), debieron resolverse con los
"Acuerdos de Paz"? ¿O en un período
de diez años? ¿O, como implican en
sus diatribas, desaparecerían con una
nueva guerra, todavía más
empobrecedora y sangrienta que la anterior, dado
que aún están abiertas nuestras
heridas y semidestruidas nuestras unidades
productivas?
Desafortunadamente, muchos aún
conservan intactas su mentalidad y actitud de
cuando estaban "en la montaña". Porque
las soluciones verdaderas cuestan, y toman
tiempo; es, pues, más fácil -y
rentable para ellos- promover el odio de clases.
"¿Comunismo? ¿Odio de clases?
¡Eso ya no existe!".
¡Claro que sí! Aquí, en
nuestro país. Pregunten a los centenares
de fieles que asistimos a la Catedral a
conmemorar el centenario del nacimiento del
Beato Escrivá de Balaguer. Durante las
dos horas de la Santa Misa, mientras los
asistentes éramos fortalecidos en la fe
con las enseñanzas del Beato
(perfección en el trabajo y la vida
ordinaria), un grupito de azuzadores (tan
minúsculo que ni siquiera ha sido
noticia), apostados en las afueras, se
dedicó a insultar y amenazar a los
asistentes, incluido el señor Arzobispo.
No contribuiré a esparcir sus ideas
repitiendo lo que gritaban, pero rezumaban odio
y violencia.
¿Qué fin perseguían?
¡Quebrantar el espíritu de los
salvadoreños! Y lograr, por medio de la
desesperanza, adueñarse del poder. Lo que
no podrían conseguir limpiamente.
Tenemos graves problemas, sí. Pero no
nos dejemos engañar, y
entendámoslo de una vez por todas:
nuestro pobre país podría
convertirse en uno rico y desarrollado
sólo en el largo plazo, y
únicamente en la medida en que cada uno
de los salvadoreños cumplamos a cabalidad
nuestras responsabilidades individuales: de
estudio, de trabajo, de superación
humana; en la medida en que seamos limpios y
respetuosos; cuando tengamos conciencia de que
podemos exigir nuestros derechos solamente tras
haber cumplido todos nuestros deberes; cuando
interpretemos correctamente la solidaridad,
sabiendo que el recibir también obliga a
dar. Cuando nos esforcemos en crear nueva
riqueza, en lugar de idear cómo
robársela a quien, honestamente, ha
producido la que tiene.
En una palabra: cuando todos sustituyamos -de
nuestro vocabulario y de nuestras acciones- la
palabra "lucha" por la palabra "trabajo".