Viernes 18 de enero 2002


Tomando la palabra
LUCHA VRS. TRABAJO
María A. de López Andreu*

El décimo aniversario de la firma de los "Acuerdos de Paz" ha sido marco para interesantes análisis de algunos protagonistas de aquel histórico acontecimiento. También han abundado las críticas, acusaciones y señalamientos de quienes no pueden reconocer méritos ajenos, ni admitir que diez años, en la vida de un país, son apenas un soplo. Especialmente, cuando debe reconstruirse lo que tomó muchas décadas edificar, y desapareció por obra de un plumazo o un bombazo, según sufriéramos su destrucción por decretos de la época duartista, o por acciones terroristas de la guerrilla. O por los embates de la naturaleza, que tantas veces han asolado nuestro país.

Cuando se firmó la paz, la mayoría de salvadoreños tuvimos sentimientos encontrados: alivio, porque cesaría la pérdida inútil de tantas vidas, y angustia, sabiendo que otra época, también muy difícil (la posguerra) estaba por llegar. Y no nos equivocamos: ha sido, efectivamente, un período durísimo. Principalmente, para las personas comunes y corrientes, que jamás empuñamos armas, que nunca nos sentamos en las rondas de negociación, ni pusimos condiciones, ni firmamos acuerdos. Pero fuimos quienes, desde nuestro diario trabajar, con inmensos sacrificios, afrontando graves riesgos, mantuvimos el país a flote, a pesar de innumerables e irracionales situaciones. Y hemos sido, también, quienes absorbimos el "costo de la paz", y quienes continuamos afrontando adversidades, venciendo los obstáculos de cada día, armándonos de tenacidad y paciencia, a la espera de que, finalmente, con la ayuda de Dios, podamos entre todos forjar el ansiado Estado de Derecho, para poder vivir y trabajar en paz.

Porque se supone que "la paz" es un bien deseado y deseable para todos los salvadoreños. Pero, ¿realmente es así?

Pareciera que no, cuando el Coordinador General del FMLN habla de "organizar nuevamente al pueblo para la lucha", y es coreado por algún líder sindical, o catedrático universitario, o directivo de gremio profesional. Pronostican (porque la están promocionando, abiertamente) una nueva guerra, tras un "incontenible levantamiento popular". Reclaman que "la pobreza se ha incrementado", y que "la brecha entre pobres y ricos es cada día mayor".

¿Y acaso esos fenómenos (que son mundiales), debieron resolverse con los "Acuerdos de Paz"? ¿O en un período de diez años? ¿O, como implican en sus diatribas, desaparecerían con una nueva guerra, todavía más empobrecedora y sangrienta que la anterior, dado que aún están abiertas nuestras heridas y semidestruidas nuestras unidades productivas?

Desafortunadamente, muchos aún conservan intactas su mentalidad y actitud de cuando estaban "en la montaña". Porque las soluciones verdaderas cuestan, y toman tiempo; es, pues, más fácil -y rentable para ellos- promover el odio de clases.

"¿Comunismo? ¿Odio de clases? ¡Eso ya no existe!".

¡Claro que sí! Aquí, en nuestro país. Pregunten a los centenares de fieles que asistimos a la Catedral a conmemorar el centenario del nacimiento del Beato Escrivá de Balaguer. Durante las dos horas de la Santa Misa, mientras los asistentes éramos fortalecidos en la fe con las enseñanzas del Beato (perfección en el trabajo y la vida ordinaria), un grupito de azuzadores (tan minúsculo que ni siquiera ha sido noticia), apostados en las afueras, se dedicó a insultar y amenazar a los asistentes, incluido el señor Arzobispo. No contribuiré a esparcir sus ideas repitiendo lo que gritaban, pero rezumaban odio y violencia.

¿Qué fin perseguían? ¡Quebrantar el espíritu de los salvadoreños! Y lograr, por medio de la desesperanza, adueñarse del poder. Lo que no podrían conseguir limpiamente.

Tenemos graves problemas, sí. Pero no nos dejemos engañar, y entendámoslo de una vez por todas: nuestro pobre país podría convertirse en uno rico y desarrollado sólo en el largo plazo, y únicamente en la medida en que cada uno de los salvadoreños cumplamos a cabalidad nuestras responsabilidades individuales: de estudio, de trabajo, de superación humana; en la medida en que seamos limpios y respetuosos; cuando tengamos conciencia de que podemos exigir nuestros derechos solamente tras haber cumplido todos nuestros deberes; cuando interpretemos correctamente la solidaridad, sabiendo que el recibir también obliga a dar. Cuando nos esforcemos en crear nueva riqueza, en lugar de idear cómo robársela a quien, honestamente, ha producido la que tiene.

En una palabra: cuando todos sustituyamos -de nuestro vocabulario y de nuestras acciones- la palabra "lucha" por la palabra "trabajo".


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