Prueba
superada
Huber Rosales, fotoperiodista de El Diario de Hoy,
compartió un entrenamiento con Cristina
López. Húber comprobó en carne
propia la diferencia entre "verla correr y correr con
ella".
- Huber Rosales
- Enviado
Especial
Cinco
con cuatenta y cinco minutos de la mañana. A esa
hora suelo iniciar mi rutinario "footing"
mañanero, que suele durar una media hora. Pero
esta vez, aprovechando la circunstancia de que me
encuentro en Guatemala para cubrir los Juegos
Centroamericanos, me reuní en la avenida Reforma
de la capital "chapina" con Cristina López,
medallista panamericana en 20 kilómetros marcha, y
su entrenador, Jorge Hernández Moret.
Con unos 22 grados de temperatura, Cristina y yo
comenzamos con estiramientos antes del entrenamiento,
mientras el profesor Moret revisaba el plan de
trabajo.
Cinco minutos, ¡y a correr para que el cuerpo
entre en calor! Yo aún desconocia realmente cuanto
trabajo realizaríamos. Así que, con un
ingenuo "manos a la obra", propio de todo un buen
deportista, me lancé a la carrera en
compañia de una atleta a tiempo completo.
Por mi mente se cruzaron bastantes cosas:
¿Cómo voy a poder aguantar?
¿Cuánto tiempo y qué distancia vamos a
correr? Y mientras, corría por La Reforma
detrás de Cristina, como otro atleta más.
Hicimos un circuito entre el hotel Holiday y el redondel
del Obelisco, más o menos 500 metros.
Luego de dos vueltas de trote, el profesor Moret
anunció: "Arranca la marcha chica". El reloj
marcaba las seis con treinta minutos. Ya había
superado en 15 minutos mi entrenamiento cotidiano. Pero
para Cristina, apenas se disponía a comenzar lo
serio. Dejó de trotar y adoptó los
movimientos de una marchista, con paso largo y
rápido, por lo se despegó de mí como
si hubiera pisado a fondo el acelerador.
Pensé por un momento que si imitaba sus
movimientos, y me enfrascaba en ese estilo, podría
acortar las distancias que se alargaban a media que
transcurrían los segundos. Vano propósito.
Cuanto más intentaba imitarla, más se
alejaba. Visto lo cual, recuperé mi trote con la
esperanza de situarme cerca de la cola de esta deportista
que para mí se había convertido en
cometa.
Mucho le debió extrañar, cuando
alcancé su sombra, verme tan cerca, por lo que,
entre jadeo y jadeo, me preguntó:
"¿qué hizo?". Yo, haciendo un alarde de la
técnica que obviamente no había
desarrollado en una mañana, le contesté:
"nada, lo mismo que tú". Obviamente, le estaba
mintiendo.
Puro cansancio
A medida que el tiempo pasaba, sentía
más y más fuerte las palpitaciones de mi
corazón y mucha presión en las piernas,
sobre todo cuando pasábamos frente al "profe", que
continuamente le indicaba &endash;y yo me sentía
implicado en la orden&endash; que cambiara el ritmo de la
carrera o que le imprimiera mayor fuerza.
A Cristina, según me comentó en medio de
la marcha, no le gusta salir a entrenar sola. Por tanto,
no fui un compañero incómodo para ella,
aunque por lo general sus acompañantes marchan a
su lado y no trotan detrás como lo hice yo.
"Estoy acostumbrada a entrenar con mis
compañeros y cuando lo hago sola no me siento muy
bien. Pienso que la compañia me hace bien ya que
de alguna forma, el esfuerzo se refleja mejor", dijo
Cristina.
De hecho era yo el que sentía cada vez
más el reflejo del esfuerzo en mis castigadas
piernas, que después de una hora y media de trote,
clamaban por compasión. De reojo observaba a
Moret, quien seguia con su mirada nuestro trabajo.
Dos lecciones he sacado de todo lo que les he contado
más arriba. Primera, que para ganar una medalla
hay que entrenar duramente. Y segundo, que volveré
a mi media horita de ejercicio mañanero, sin
tratar de imitar a los profesionales. Lo mío son
las fotos.