Jueves 6 de septiembre de 2001


¡Trágame tierra...!

Pasó la mayor parte de la mañana con la amante, en un motel. Nada malo en ello, sólo que en horas de trabajo se le antojaba un tanto reñido con la ética. Era un sinvergüenza, sí; pero un sinvergüenza mediocre porque aún guardaba una pizca de pundonor.

Rolando Monterrosa

De regresó a su oficina recordó angustiado que para llegar hasta su escritorio, tenía que pasar frente al despacho de su jefe, quien siempre mantenía la puerta abierta.

Caminó a paso quedito para no dejarse oir ni ver, pero la estridencia de la loción con que solía disimular perfumes pegadizos, lo delató.

El jefe del departamento movió nervioso las alas de su nariz como caballo de belfo perturbado por el olor de una alimaña, levantó la vista de los papeles que entretenían su atención y, para que nadie se quedara sin oirlo, lo llamó con su característico vozarrón: "¡Venga acá, Andrés! ¿Qué hora es esta de llegar a la oficina? ¿¡Qué excusa trae!?"

Andrés palideció. Hu-biera querido que se lo tragara la tierra para escapar de las miradas entre burlonas y expectantes del resto de empleados, súbitamente excitados por el inminente espectáculo de una humillación pública.

Cerró los ojos y deseó con vehemencia que en aquel momento se produjese una catástrofe cualquiera, para que su llegada tardía perdiera importancia.

Podría haberse dicho que un poder superior lo oyó. Eran las once y treinticinco de la mañana del sábado 13 de enero, de 2001, cuando un terremoto estremeció a la ciudad y la oficina del jefe se desplomó. Andrés pasaba justo entonces bajo el dintel de la puerta del despacho y se libró así, no sólo de la regañina, sino también de la caída de las losas del techo que aplastaron al hombre.

Al estupor primero siguió la culpa. Andrés había deseado la catástrofe, pero no la muerte de su jefe ni la de centenares de personas que en aquella fatídica ocasión habían caído víctimas de los derrumbes y aludes.

Recorrió la semiderruida ciudad, conmovido al ver a los socorristas recuperar cuerpos entre los escombros. "Yo soy el culpable, por haber deseado con tanto ardor esta calamidad", se repetía.

Buscó la asistencia de un sicólogo y, semanas después, con la ayuda del analista y el apoyo de su amante terminó por convencerse de que su culpabilidad era sólo producto de la imaginación y, la relación entre su deseo y la catástrofe, mera coincidencia.

Libre ya del sentimiento de culpa, en un arranque pasional, Andrés se acercó un día a su amante, le echó los brazos al cuello y le preguntó, sonriendo: "¿Qué tal si nos cae el edificio encima y quedamos aquí, inseparables, para siempre?"

Eran las ocho y veintidos de la mañana, del martes 13 de febrero, del mismo año.


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