¡Trágame
tierra...!
Pasó la mayor parte de la
mañana con la amante, en un motel. Nada
malo en ello, sólo que en horas de
trabajo se le antojaba un tanto reñido
con la ética. Era un sinvergüenza,
sí; pero un sinvergüenza mediocre
porque aún guardaba una pizca de
pundonor.
- Rolando
Monterrosa
De
regresó a su oficina recordó
angustiado que para llegar hasta su escritorio,
tenía que pasar frente al despacho de su
jefe, quien siempre mantenía la puerta
abierta.
Caminó a paso quedito para no dejarse
oir ni ver, pero la estridencia de la
loción con que solía disimular
perfumes pegadizos, lo delató.
El jefe del departamento movió
nervioso las alas de su nariz como caballo de
belfo perturbado por el olor de una
alimaña, levantó la vista de los
papeles que entretenían su
atención y, para que nadie se quedara sin
oirlo, lo llamó con su
característico vozarrón:
"¡Venga acá, Andrés!
¿Qué hora es esta de llegar a la
oficina? ¿¡Qué excusa
trae!?"
Andrés palideció. Hu-biera
querido que se lo tragara la tierra para escapar
de las miradas entre burlonas y expectantes del
resto de empleados, súbitamente excitados
por el inminente espectáculo de una
humillación pública.
Cerró los ojos y deseó con
vehemencia que en aquel momento se produjese una
catástrofe cualquiera, para que su
llegada tardía perdiera importancia.
Podría haberse dicho que un poder
superior lo oyó. Eran las once y
treinticinco de la mañana del
sábado 13 de enero, de 2001, cuando un
terremoto estremeció a la ciudad y la
oficina del jefe se desplomó.
Andrés pasaba justo entonces bajo el
dintel de la puerta del despacho y se
libró así, no sólo de la
regañina, sino también de la
caída de las losas del techo que
aplastaron al hombre.
Al estupor primero siguió la culpa.
Andrés había deseado la
catástrofe, pero no la muerte de su jefe
ni la de centenares de personas que en aquella
fatídica ocasión habían
caído víctimas de los derrumbes y
aludes.
Recorrió la semiderruida ciudad,
conmovido al ver a los socorristas recuperar
cuerpos entre los escombros. "Yo soy el
culpable, por haber deseado con tanto ardor esta
calamidad", se repetía.
Buscó la asistencia de un
sicólogo y, semanas después, con
la ayuda del analista y el apoyo de su amante
terminó por convencerse de que su
culpabilidad era sólo producto de la
imaginación y, la relación entre
su deseo y la catástrofe, mera
coincidencia.
Libre ya del sentimiento de culpa, en un
arranque pasional, Andrés se
acercó un día a su amante, le
echó los brazos al cuello y le
preguntó, sonriendo: "¿Qué
tal si nos cae el edificio encima y quedamos
aquí, inseparables, para siempre?"
Eran las ocho y veintidos de la
mañana, del martes 13 de febrero, del
mismo año.