Lunes 3 de septiembre de 2001


Abogado por convencimiento y méritos

Mientras decenas de jóvenes padecen recriminaciones y penas públicas por haber obtenido un título falso en universidades no muy reconocidas, muy pocos, a sus 65 años, logran salir victoriosos del auténtico camino de las letras. Esta es una historia de luchas y revindicaciones

Oscar Tenorio
El Diario de Hoy

A sus 65 años, Carlos Molina ha logrado abrir su propia oficina jurídica. La sala de su casa en el puerto de La Libertad ha sido dividida en dos, y en la parte más amplía, ha colocado tres escritorios, una máquina de escribir, una computadora y unas sillas para atender a los nuevos clientes.

Pero la máxima realización no sólo la ha traído la alegría de tener su propio despacho, sino haberse graduado hace muy poco. A esa edad, salir de la Universidad de El Salvador con todos los honores y con un título legítimamente obtenido, no es únicamente un orgullo propio, sino de muchos, quienes hoy se indignan ante el escándalo que han provocado los títulos falsos.

Con una natural jovialidad y mucho entusiasmo, don Carlos no hace mucho esfuerzo para demostrar la legitimidad de su espacio. De la bolsa izquierda de su camisa saca un pequeño carné, color celeste, con su fotografía: es la autorización emitida por la Corte Suprema de Justicia (CSJ), para ejercer la abogacía. El documento fue emitido en febrero pasado.

En las paredes de su pequeña oficina sólo están su diplomas de bachiller, reconocimientos y cuadros con ángeles y flores. ¿Y dónde está el preciado título de abogado? "Permítanme", dice apresurado y se pasa al otro lado de la casa, en donde vive con sus compañera y sus dos pequeños hijos, Carolina y Carlitos. Pronto aparece con el título. Lo muestra y hace una confesión con una sonrisa reprimida: "Es que lo tenía entre los colchones de la cama para que no se me arruinara, mientras le ponían los sellos en la Corte, para la autorización respectiva".

Aquellos años

La finalización de su carrera y la obtención del permiso respectivo, es sólo el paso que ha asegurado en el peldaño más alto de una larga escalera.

Cuando se graduó de bachiller en "Ciencias y Letras" en el Instituto Francisco Menéndez el 22 de noviembre de 1952, su máxima aspiración era estudiar derecho, aunque la docencia también le gustaba.

Prefirió seguir el segundo camino. Se formó y graduó como maestro de la Escuela Normal, como se le conocía a la institución en donde se formaban los profesores. Y allí comenzó un largo peregrinar.

Sus primeros diez años como maestro, los trabajó en escuelas públicas del puerto de La Libertad, de donde es oriundo. Luego fue maestro en Santiago Nonualco (La Paz), Quezaltepeque (La Libertad), San Sebastián (San VIcente) y Calle Real (en Ciudad Delgado).

En 1979, fue nombrado supervisor. En este cargo, estuvo hasta 1996, cuando aplicó a los beneficios de un decreto, para retirarse. En ese devenir, se gastaron 39 años de docencia.

Y cuando quedo totalmente libre de esas responsabilidades, don Carlos no padeció de soledad ni nostalgia alguna. Ocho años antes, en 1988, había ingresado a la escuela de derecho de la UES. Ya en 1996, le faltaban pocas materias para terminar sus estudios universitarios.

Después de tanto andar, estaba haciendo realidad su ansiado sueño de estudiar derecho. La edad y otras reticencias no lo detuvieron. De la docencia, había aprendido la disciplina y el método para estudiar. De la vocación, surgió el entusiasmo, la entrega y una perenne inquietud.

El 17 de diciembre de 1998, se graduó en el campus de la UES. Tenía entonces 62 años, tres hijos y dos nietas.

Estos tiempos

Hoy que su historia sirve de ejemplo para todos aquellos que hicieron trampa para obtener un título falso que los acredita como abogados, sus expresiones no son de desprecio: "respeto a esos compañeros, porque considero que son fruto de las circunstancias".

Por el momento, lo que más le interesa es su propia oficina, que dirige junto a su socia, la colega María Armida Castillo, con quien pretende abrirse paso en una ciudad donde pocos abogados están instalados.

Entre tanto entusiasmo surge la inevitable pregunta: ¿Y cómo les va con los trabajos? Don Carlos extiende los brazos, abre sus ojos mas de lo normal y suelta una sola palabra: "¡Mal!". ¿Porqué? " como comenzamos, quizás no se han dado cuenta de que existimos. Pero ya van a venir", dice con una seguridad, lograda luego de miles de hora de vuelo.

Y como la sapiencia no tiene límites, surge otra inquietud: ¿le gustaría estudiar algo más? "Sí, me gustaría estudiar medicina, pero ya para qué... sólo que tuviera una vida de 200 años".

Pronto se levanta, sonríe y atiende a dos clientes que recién aparecen en su oficina. Los tiempos de la buenas cosecha apenas empiezan.


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