Abogado por
convencimiento y méritos
Mientras decenas de jóvenes padecen
recriminaciones y penas públicas por
haber obtenido un título falso en
universidades no muy reconocidas, muy pocos, a
sus 65 años, logran salir victoriosos del
auténtico camino de las letras. Esta es
una historia de luchas y revindicaciones
- Oscar
Tenorio
- El Diario
de Hoy
A
sus 65 años, Carlos Molina ha logrado
abrir su propia oficina jurídica. La sala
de su casa en el puerto de La Libertad ha sido
dividida en dos, y en la parte más
amplía, ha colocado tres escritorios, una
máquina de escribir, una computadora y
unas sillas para atender a los nuevos clientes.
Pero la máxima realización no
sólo la ha traído la
alegría de tener su propio despacho, sino
haberse graduado hace muy poco. A esa edad,
salir de la Universidad de El Salvador con todos
los honores y con un título
legítimamente obtenido, no es
únicamente un orgullo propio, sino de
muchos, quienes hoy se indignan ante el
escándalo que han provocado los
títulos falsos.
Con una natural jovialidad y mucho
entusiasmo, don Carlos no hace mucho esfuerzo
para demostrar la legitimidad de su espacio. De
la bolsa izquierda de su camisa saca un
pequeño carné, color celeste, con
su fotografía: es la autorización
emitida por la Corte Suprema de Justicia (CSJ),
para ejercer la abogacía. El documento
fue emitido en febrero pasado.
En las paredes de su pequeña oficina
sólo están su diplomas de
bachiller, reconocimientos y cuadros con
ángeles y flores. ¿Y dónde
está el preciado título de
abogado? "Permítanme", dice apresurado y
se pasa al otro lado de la casa, en donde vive
con sus compañera y sus dos
pequeños hijos, Carolina y Carlitos.
Pronto aparece con el título. Lo muestra
y hace una confesión con una sonrisa
reprimida: "Es que lo tenía entre los
colchones de la cama para que no se me
arruinara, mientras le ponían los sellos
en la Corte, para la autorización
respectiva".
Aquellos años
La finalización de su carrera y la
obtención del permiso respectivo, es
sólo el paso que ha asegurado en el
peldaño más alto de una larga
escalera.
Cuando se graduó de bachiller en
"Ciencias y Letras" en el Instituto Francisco
Menéndez el 22 de noviembre de 1952, su
máxima aspiración era estudiar
derecho, aunque la docencia también le
gustaba.
Prefirió seguir el segundo camino. Se
formó y graduó como maestro de la
Escuela Normal, como se le conocía a la
institución en donde se formaban los
profesores. Y allí comenzó un
largo peregrinar.
Sus primeros diez años como maestro,
los trabajó en escuelas públicas
del puerto de La Libertad, de donde es oriundo.
Luego fue maestro en Santiago Nonualco (La Paz),
Quezaltepeque (La Libertad), San
Sebastián (San VIcente) y Calle Real (en
Ciudad Delgado).
En 1979, fue nombrado supervisor. En este
cargo, estuvo hasta 1996, cuando aplicó a
los beneficios de un decreto, para retirarse. En
ese devenir, se gastaron 39 años de
docencia.
Y cuando quedo totalmente libre de esas
responsabilidades, don Carlos no padeció
de soledad ni nostalgia alguna. Ocho años
antes, en 1988, había ingresado a la
escuela de derecho de la UES. Ya en 1996, le
faltaban pocas materias para terminar sus
estudios universitarios.
Después de tanto andar, estaba
haciendo realidad su ansiado sueño de
estudiar derecho. La edad y otras reticencias no
lo detuvieron. De la docencia, había
aprendido la disciplina y el método para
estudiar. De la vocación, surgió
el entusiasmo, la entrega y una perenne
inquietud.
El 17 de diciembre de 1998, se graduó
en el campus de la UES. Tenía entonces 62
años, tres hijos y dos nietas.
Estos tiempos
Hoy que su historia sirve de ejemplo para
todos aquellos que hicieron trampa para obtener
un título falso que los acredita como
abogados, sus expresiones no son de desprecio:
"respeto a esos compañeros, porque
considero que son fruto de las
circunstancias".
Por el momento, lo que más le interesa
es su propia oficina, que dirige junto a su
socia, la colega María Armida Castillo,
con quien pretende abrirse paso en una ciudad
donde pocos abogados están
instalados.
Entre tanto entusiasmo surge la inevitable
pregunta: ¿Y cómo les va con los
trabajos? Don Carlos extiende los brazos, abre
sus ojos mas de lo normal y suelta una sola
palabra: "¡Mal!". ¿Porqué? "
como comenzamos, quizás no se han dado
cuenta de que existimos. Pero ya van a venir",
dice con una seguridad, lograda luego de miles
de hora de vuelo.
Y como la sapiencia no tiene límites,
surge otra inquietud: ¿le gustaría
estudiar algo más? "Sí, me
gustaría estudiar medicina, pero ya para
qué... sólo que tuviera una vida
de 200 años".
Pronto se levanta, sonríe y atiende a
dos clientes que recién aparecen en su
oficina. Los tiempos de la buenas cosecha apenas
empiezan.