Los primeros pasos
de Josué
Pasó hace más de dos
años. Las prácticas de una
curandera casi le quitaron la vida al pobre
Josué. No fue así, pero
perdió la vista y quedó con
parálisis en brazos y piernas. Desde
entonces, los Medrano invierten 750 colones
mensuales en el cuidado del pequeño. Con
la ayuda del papá, Josué da unos
pasos: el principio de un largo y difícil
camino
- Javier
Ramón
- El Diario
de Hoy
La
ventana de los Medrano no tiene cristal.
Quizás nunca lo tuvo. Más
allá de ese marco inútil, aparece
un amplio paisaje de árboles y
tranquilidad, difícil de encontrar en
otro rincón de Soyapango, municipio
industrial densamente poblado.
La casa es grande cuando está
vacía, lo que ocurre siempre cuando no es
hora de comer. Dos habitaciones y un porche de
varios metros son demasiado espacio para
esconder las carencias materiales; por otra
parte, en sintonía con el entorno.
Allí, entre idas y venidas en busca de
agua y el marrón grisáceo de las
paredes de barro, nació y vive el
niño Josué Medrano, protagonista
de esta historia. De eso hace ya dos años
y cuatro meses, cuenta la madre Catalina Claros,
de 19 años en aquel entonces.
Fue un parto normal, como los días que
le siguieron, tanto que la mamá tarda
varios segundos en describir ese momento.
No puede olvidar, sin embargo, el día
en que Josué amaneció con
vómitos y diarreas por primera vez.
Estaba en la cuarta semana de vida.
Después de algunos remedios caseros
sin éxito y con la preocupación
evidente de una madre primeriza, Catalina
optó por lo que hace la mayoría de
los vecinos y una buena parte de habitantes de
este país: acudir al curandero.
El propio gerente de atención a la
niñez del Ministerio de Salud, el doctor
Carlos Meléndez, reconoce que "en esta
cultura, llevar a un niño al sobador es
como ponerse una camisa".
Aquella tarde, Catalina atravesó la
última sombra del conacaste que se
levanta a unos pasos de su casa, y caminó
hasta una conocida "viejita" que hace los
oficios de partera.
"Sí, lo llevé a una
señora como de 85 años que
también soba. Le dio una toma, pero no le
golpeó los piececitos ni le chupó
la mollera, como usted pregunta", responde la
mamá.
Josué no mejoró; todo lo
contrario. Las horas siguientes, la joven
familia Medrano no concilió el
sueño. Josué se había
puesto peor, "como moradito", recuerda Catalina.
Práctica de riesgo
Sin esperar a los primeros rayos de sol,
llevaron al bebé hasta la emergencia al
Hospital de Niños Benjamín Bloom,
en San Salvador.
Angel Duarte, pediatra de este centro,
advierte sobre el riesgo de este tipo de
prácticas: "Nuestros niños son
sacudidos por sobadores, les administran tomas,
cuando se interpreta erróneamente el
fenómeno de que la fontanela o mollera
está hundida, y tratan de devolverla a su
posición normal agitando o sacudiendo al
niño".
Ese
fenómeno que se conoce comúnmente
como "ojo", y cuyo origen se remonta a nuestros
ancestros es, en realidad, una diarrea con
deshidratación. Y el doctor Duarte es
tajante: "la solución es recibir
líquidos. De lo contrario, la vida del
niño corre peligro. Usted puede aumentar
el riesgo de que su niño fallezca o quede
con secuelas si acude al curandero".
Catalina no tenía muy claro lo del
"ojo", ni siquiera recuerda que tuviera la
mollera "hundida". Una apreciación
distinta de la mayoría de los padres
entrevistados en ese centro, una vez constatado
que llevaron a sus hijos al curandero. Todos
asumen que el "ojo", y no una diarrea, es la
razón del estado del pequeño. Y,
entonces, ¿quién mejor para curar el
supuesto "ojo" que un curandero?
Josué sólo pasó unas
horas en la emergencia. Líquidos y
más líquidos, la única
receta "mágica" para el combate de la
deshidratación, terminaron por
"contrarrestar" aquella deshidratación.
Había algo más. Josué no
regresó a casa ese día como los
otros niños que tenía delante.
Lejos de eso, la aparente "estabilidad
médica" descubrió al otro
Josué. Aquel que había sido
llevado a la curandera, que había
recibido "toma" y, sin especificar y,
según consta en el expediente del
bebé, había sido sobado.
Sin explicación alguna, los ojos del
niño dejaron de mirar y los miembros se
sentían rígidos, sin movimiento
aparente, y cerrados en posición fetal.
Los médicos, un tanto perplejos,
optaron por una tomografía -un examen de
cráneo- siempre en busca de la respuesta
que una simple diarrea no podía ofrecer.
La prueba confirmó lo peor. Un
hematoma en el área subdural derecha del
cráneo que había afectado una
parte de la masa cerebral.
Josué había dejado, no
sólo de mirar, sino también de
ver. La pérdida de movimiento
obedecía a una cuadroplejía
espástica, una parálisis de los
miembros superiores e inferiores que se
caracteriza por el endurecimiento de los mismos.
Josué permaneció ingresado
todavía 18 días más en el
Hospital Bloom, varios de ellos muy grave en la
Unidad de Cuidados Intensivos.
Una simple diarrea y una
deshidratación posterior allanaron el
camino equivocado hacia las prácticas
peligrosas de los sobadores.
"A saber qué había en esa
toma", comentó Catalina entre
dientes.
Poca investigación
Existen pocos estudios sobre las
etnoprácticas en el país, lo que
contrasta con el uso masivo de esas
prácticas por parte de la
población.
El doctor Wilfrido Clará, del Hospital
Benjamín Bloom, y Julio Armero, del
Ministerio de Salud, en un amplio estudio que
todavía no ha concluido, reafirman el
riesgo que existe con los pacientes tratados por
un curandero.
La investigación incluye 150 pacientes
con el diagnóstico de diarrea entre el
año 98 y 2000. La principal
conclusión del estudio no deja lugar a
dudas: asistir al curandero aumenta en un 200
por ciento el riesgo de muerte de un
paciente.
Contrario a lo que se creía, el
estudio revela un aspecto inquietante y que no
deja al margen a Josué: de las
múltiples prácticas de los
curanderos (bañar en ruda, pasar el
huevo, colgarlos, chupar la mollera,...), los
conocidos brebajes o la toma aumentan, en un 190
por ciento y, por tanto, más que
ningún otra, el riesgo de muerte del
paciente.
La composición de las tomas es,
todavía, una incógnita que
varía con cada persona que se dedica a
este ancestral oficio. De lo que no hay duda es
de que hay componentes que favorecen las
hemorragias que les provocan
etnoprácticas como chupar la mollera o
colgar cabeza abajo al niño mientras le
golpean las plantas de los pies.
Aquel día de junio del 99, el tiempo
se detuvo para Josué. En su retina,
posiblemente, quedaron unas manos fuertes y
desgastadas por los años; el rostro de
una mujer desolada y, quizás, la sombra
del conacaste que lo vio partir.
¿Y la luz?
Hoy, el ruido del disparo de un antiguo
interruptor despierta al pequeño. Una luz
tibia cuelga del techo y se esparce con
dificultad por la habitación. A Catalina
le brillan los ojos con los leves movimientos de
Josué. Cree, firmemente, que la luz le
despertó.
El oftalmólogo Alvaro Ronald Alfonso
es uno de los dos especialistas -el otro es el
neurólogo Ricardo Luengo- que, hasta la
fecha y cada seis meses, examinan al
pequeño en el Hospital Bloom.
El pasado 30 de mayo del 2000, un examen
especial de la vista confirmó el
daño, con probabilidad irreversible, en
el "cortical bilateral" (atrás de la
cabeza).
Es sólo una parte del grueso
expediente del pequeño que recoge
más de 10 citas a varios especialistas,
al menos un ingreso grave por convulsiones y un
sinfín de exámenes.
Josué abandonó el cuerpo de
bebé y hoy es un niño de estatura
y peso aparentemente normales. Supera en varios
centímetros a su hermana y fiel
compañera desde hace cinco meses, Saray
Medrano.
Pero poco más. No se puede sentar, y
pasará tiempo hasta que agarre la pacha
con las manos. Por momentos, Josué
recuerda al bebé que pasó por
debajo del palo del conacaste, de regreso de la
curandera.
Tampoco come solo, menos aún digiere
cualquier alimento. El daño cerebral le
afectó el área de
deglución. "Sólo come blandito,
puré de papas, frijoles molidos y
tamales. Josué tiene problemas para
tragar y digerir".
La economía familiar es, literalmente,
para el niño. Todos los días, cada
seis u ocho horas, toma un medicamento para
evitar las convulsiones. El frasco le dura ocho
días, y cada uno cuesta 40 colones.
Josué padre, la única fuente de
ingresos, trabaja en la construcción y el
salario que deja mensualmente sobre la mesa,
rara vez sobrepasa los 750 colones.
Las pruebas tampoco son gratuitas. "A veces,
tenemos que pagar 200 y 300 pesos para los
exámenes", comenta Josué padre.
Si hay algo en este baile de cifras es que
las matemáticas no cuadran. Es entonces
cuando al exiguo salario, incapaz de hacer
frente a los gastos de Josué, se suma el
préstamo de su tío, también
empleado de la construcción, y la caridad
de la abuela.
Todos los miércoles, desde hace dos
años, Catalina toma un par de buses con
un mismo destino: el Instituto
Salvadoreño de Rehabilitación
Integral (SRI).
Allí le esperan tres pares de manos
que, con supremo esfuerzo y fe, llegarán
un día a enmendar siquiera una parte del
daño que otras hicieron.
A las siete en punto, la terapeuta
ocupacional, Silvia Reina de Pocasangre, pone en
marcha un arsenal de movimientos lentos y
dolorosos sobre la cabeza y la parte superior de
Josué.
"Tiene alterada la sensibilidad en el
área del cuello y cara, por eso no le
gusta que le toquen", señala la
terapeuta.
Con intervalos de media hora, todavía
una terapeuta de lenguaje y otra física
continuarán ese arduo trabajo y con
resultados casi imperceptibles.
Según los especialistas, experiencias
de este tipo terminan por destruir familias en
medio de culpas y dificultades para enfrentar la
situación.
No es el caso de los Medrano. Al contrario.
Josué catapulta todo el amor, un
sentimiento que se respira intensamente en todos
los rincones y que les mantiene más
unidos que nunca.
En los Medrano tampoco cabe el rencor y, de
aquella viejita que una vez sobó a
Josué, sólo recuerdan que un buen
día salió para San Miguel y no
regresó.
Catalina resume todo el amor por Josué
en una frase: "Si lloran los dos, aunque la
niña es más pequeña, me
acerco hasta Josué, porque es el que
necesita más cuidados".
En estos dos largos años, Catalina no
ha dejado un segundo a Josué. El padre,
sólo con la "excusa" de ir al trabajo.
Si, por la mañana, ella es la
encargada de la terapia al pequeño, a la
vuelta del trabajo, un papel colgado sobre la
cama le recuerda a Josué padre que su
labor diaria todavía no ha concluido.
Repite, con la alegría en los ojos,
unos masajes que eviten el agarrotamiento de los
miembros y, más adelante, devolverle
cierta movilidad a los miembros.
"Llego bien cansado y quiere que yo lo
duerma", afirma, visiblemente satisfecho y
orgulloso Josué padre.
Agarró a Josué por debajo de
los hombros y lo puso en pie sobre la cama.
Josué balbuceó un poco, como
diciendo "aquí estoy". Movió hacia
delante la pierna izquierda y, con más
esfuerzo, hizo lo propio con derecha.
Josué caminó. Dos pasos, pero
caminó.
Los pasos del pequeño, más
allá de la lógica
explicación que ofrecen los expedientes
médicos, es el inicio de un camino lleno
de esperanza para la familia Medrano.