Lunes 3 de septiembre de 2001


Los primeros pasos de Josué

Pasó hace más de dos años. Las prácticas de una curandera casi le quitaron la vida al pobre Josué. No fue así, pero perdió la vista y quedó con parálisis en brazos y piernas. Desde entonces, los Medrano invierten 750 colones mensuales en el cuidado del pequeño. Con la ayuda del papá, Josué da unos pasos: el principio de un largo y difícil camino

Javier Ramón
El Diario de Hoy

La ventana de los Medrano no tiene cristal. Quizás nunca lo tuvo. Más allá de ese marco inútil, aparece un amplio paisaje de árboles y tranquilidad, difícil de encontrar en otro rincón de Soyapango, municipio industrial densamente poblado.

La casa es grande cuando está vacía, lo que ocurre siempre cuando no es hora de comer. Dos habitaciones y un porche de varios metros son demasiado espacio para esconder las carencias materiales; por otra parte, en sintonía con el entorno.

Allí, entre idas y venidas en busca de agua y el marrón grisáceo de las paredes de barro, nació y vive el niño Josué Medrano, protagonista de esta historia. De eso hace ya dos años y cuatro meses, cuenta la madre Catalina Claros, de 19 años en aquel entonces.

Fue un parto normal, como los días que le siguieron, tanto que la mamá tarda varios segundos en describir ese momento.

No puede olvidar, sin embargo, el día en que Josué amaneció con vómitos y diarreas por primera vez. Estaba en la cuarta semana de vida.

Después de algunos remedios caseros sin éxito y con la preocupación evidente de una madre primeriza, Catalina optó por lo que hace la mayoría de los vecinos y una buena parte de habitantes de este país: acudir al curandero.

El propio gerente de atención a la niñez del Ministerio de Salud, el doctor Carlos Meléndez, reconoce que "en esta cultura, llevar a un niño al sobador es como ponerse una camisa".

Aquella tarde, Catalina atravesó la última sombra del conacaste que se levanta a unos pasos de su casa, y caminó hasta una conocida "viejita" que hace los oficios de partera.

"Sí, lo llevé a una señora como de 85 años que también soba. Le dio una toma, pero no le golpeó los piececitos ni le chupó la mollera, como usted pregunta", responde la mamá.

Josué no mejoró; todo lo contrario. Las horas siguientes, la joven familia Medrano no concilió el sueño. Josué se había puesto peor, "como moradito", recuerda Catalina.

Práctica de riesgo

Sin esperar a los primeros rayos de sol, llevaron al bebé hasta la emergencia al Hospital de Niños Benjamín Bloom, en San Salvador.

Angel Duarte, pediatra de este centro, advierte sobre el riesgo de este tipo de prácticas: "Nuestros niños son sacudidos por sobadores, les administran tomas, cuando se interpreta erróneamente el fenómeno de que la fontanela o mollera está hundida, y tratan de devolverla a su posición normal agitando o sacudiendo al niño".

Ese fenómeno que se conoce comúnmente como "ojo", y cuyo origen se remonta a nuestros ancestros es, en realidad, una diarrea con deshidratación. Y el doctor Duarte es tajante: "la solución es recibir líquidos. De lo contrario, la vida del niño corre peligro. Usted puede aumentar el riesgo de que su niño fallezca o quede con secuelas si acude al curandero".

Catalina no tenía muy claro lo del "ojo", ni siquiera recuerda que tuviera la mollera "hundida". Una apreciación distinta de la mayoría de los padres entrevistados en ese centro, una vez constatado que llevaron a sus hijos al curandero. Todos asumen que el "ojo", y no una diarrea, es la razón del estado del pequeño. Y, entonces, ¿quién mejor para curar el supuesto "ojo" que un curandero?

Josué sólo pasó unas horas en la emergencia. Líquidos y más líquidos, la única receta "mágica" para el combate de la deshidratación, terminaron por "contrarrestar" aquella deshidratación.

Había algo más. Josué no regresó a casa ese día como los otros niños que tenía delante. Lejos de eso, la aparente "estabilidad médica" descubrió al otro Josué. Aquel que había sido llevado a la curandera, que había recibido "toma" y, sin especificar y, según consta en el expediente del bebé, había sido sobado.

Sin explicación alguna, los ojos del niño dejaron de mirar y los miembros se sentían rígidos, sin movimiento aparente, y cerrados en posición fetal.

Los médicos, un tanto perplejos, optaron por una tomografía -un examen de cráneo- siempre en busca de la respuesta que una simple diarrea no podía ofrecer.

La prueba confirmó lo peor. Un hematoma en el área subdural derecha del cráneo que había afectado una parte de la masa cerebral.

Josué había dejado, no sólo de mirar, sino también de ver. La pérdida de movimiento obedecía a una cuadroplejía espástica, una parálisis de los miembros superiores e inferiores que se caracteriza por el endurecimiento de los mismos.

Josué permaneció ingresado todavía 18 días más en el Hospital Bloom, varios de ellos muy grave en la Unidad de Cuidados Intensivos.

Una simple diarrea y una deshidratación posterior allanaron el camino equivocado hacia las prácticas peligrosas de los sobadores.

"A saber qué había en esa toma", comentó Catalina entre dientes.

Poca investigación

Existen pocos estudios sobre las etnoprácticas en el país, lo que contrasta con el uso masivo de esas prácticas por parte de la población.

El doctor Wilfrido Clará, del Hospital Benjamín Bloom, y Julio Armero, del Ministerio de Salud, en un amplio estudio que todavía no ha concluido, reafirman el riesgo que existe con los pacientes tratados por un curandero.

La investigación incluye 150 pacientes con el diagnóstico de diarrea entre el año 98 y 2000. La principal conclusión del estudio no deja lugar a dudas: asistir al curandero aumenta en un 200 por ciento el riesgo de muerte de un paciente.

Contrario a lo que se creía, el estudio revela un aspecto inquietante y que no deja al margen a Josué: de las múltiples prácticas de los curanderos (bañar en ruda, pasar el huevo, colgarlos, chupar la mollera,...), los conocidos brebajes o la toma aumentan, en un 190 por ciento y, por tanto, más que ningún otra, el riesgo de muerte del paciente.

La composición de las tomas es, todavía, una incógnita que varía con cada persona que se dedica a este ancestral oficio. De lo que no hay duda es de que hay componentes que favorecen las hemorragias que les provocan etnoprácticas como chupar la mollera o colgar cabeza abajo al niño mientras le golpean las plantas de los pies.

Aquel día de junio del 99, el tiempo se detuvo para Josué. En su retina, posiblemente, quedaron unas manos fuertes y desgastadas por los años; el rostro de una mujer desolada y, quizás, la sombra del conacaste que lo vio partir.

¿Y la luz?

Hoy, el ruido del disparo de un antiguo interruptor despierta al pequeño. Una luz tibia cuelga del techo y se esparce con dificultad por la habitación. A Catalina le brillan los ojos con los leves movimientos de Josué. Cree, firmemente, que la luz le despertó.

El oftalmólogo Alvaro Ronald Alfonso es uno de los dos especialistas -el otro es el neurólogo Ricardo Luengo- que, hasta la fecha y cada seis meses, examinan al pequeño en el Hospital Bloom.

El pasado 30 de mayo del 2000, un examen especial de la vista confirmó el daño, con probabilidad irreversible, en el "cortical bilateral" (atrás de la cabeza).

Es sólo una parte del grueso expediente del pequeño que recoge más de 10 citas a varios especialistas, al menos un ingreso grave por convulsiones y un sinfín de exámenes.

Josué abandonó el cuerpo de bebé y hoy es un niño de estatura y peso aparentemente normales. Supera en varios centímetros a su hermana y fiel compañera desde hace cinco meses, Saray Medrano.

Pero poco más. No se puede sentar, y pasará tiempo hasta que agarre la pacha con las manos. Por momentos, Josué recuerda al bebé que pasó por debajo del palo del conacaste, de regreso de la curandera.

Tampoco come solo, menos aún digiere cualquier alimento. El daño cerebral le afectó el área de deglución. "Sólo come blandito, puré de papas, frijoles molidos y tamales. Josué tiene problemas para tragar y digerir".

La economía familiar es, literalmente, para el niño. Todos los días, cada seis u ocho horas, toma un medicamento para evitar las convulsiones. El frasco le dura ocho días, y cada uno cuesta 40 colones.

Josué padre, la única fuente de ingresos, trabaja en la construcción y el salario que deja mensualmente sobre la mesa, rara vez sobrepasa los 750 colones.

Las pruebas tampoco son gratuitas. "A veces, tenemos que pagar 200 y 300 pesos para los exámenes", comenta Josué padre.

Si hay algo en este baile de cifras es que las matemáticas no cuadran. Es entonces cuando al exiguo salario, incapaz de hacer frente a los gastos de Josué, se suma el préstamo de su tío, también empleado de la construcción, y la caridad de la abuela.

Todos los miércoles, desde hace dos años, Catalina toma un par de buses con un mismo destino: el Instituto Salvadoreño de Rehabilitación Integral (SRI).

Allí le esperan tres pares de manos que, con supremo esfuerzo y fe, llegarán un día a enmendar siquiera una parte del daño que otras hicieron.

A las siete en punto, la terapeuta ocupacional, Silvia Reina de Pocasangre, pone en marcha un arsenal de movimientos lentos y dolorosos sobre la cabeza y la parte superior de Josué.

"Tiene alterada la sensibilidad en el área del cuello y cara, por eso no le gusta que le toquen", señala la terapeuta.

Con intervalos de media hora, todavía una terapeuta de lenguaje y otra física continuarán ese arduo trabajo y con resultados casi imperceptibles.

Según los especialistas, experiencias de este tipo terminan por destruir familias en medio de culpas y dificultades para enfrentar la situación.

No es el caso de los Medrano. Al contrario. Josué catapulta todo el amor, un sentimiento que se respira intensamente en todos los rincones y que les mantiene más unidos que nunca.

En los Medrano tampoco cabe el rencor y, de aquella viejita que una vez sobó a Josué, sólo recuerdan que un buen día salió para San Miguel y no regresó.

Catalina resume todo el amor por Josué en una frase: "Si lloran los dos, aunque la niña es más pequeña, me acerco hasta Josué, porque es el que necesita más cuidados".

En estos dos largos años, Catalina no ha dejado un segundo a Josué. El padre, sólo con la "excusa" de ir al trabajo.

Si, por la mañana, ella es la encargada de la terapia al pequeño, a la vuelta del trabajo, un papel colgado sobre la cama le recuerda a Josué padre que su labor diaria todavía no ha concluido.

Repite, con la alegría en los ojos, unos masajes que eviten el agarrotamiento de los miembros y, más adelante, devolverle cierta movilidad a los miembros.

"Llego bien cansado y quiere que yo lo duerma", afirma, visiblemente satisfecho y orgulloso Josué padre.

Agarró a Josué por debajo de los hombros y lo puso en pie sobre la cama. Josué balbuceó un poco, como diciendo "aquí estoy". Movió hacia delante la pierna izquierda y, con más esfuerzo, hizo lo propio con derecha. Josué caminó. Dos pasos, pero caminó.

Los pasos del pequeño, más allá de la lógica explicación que ofrecen los expedientes médicos, es el inicio de un camino lleno de esperanza para la familia Medrano.


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