Lunes 3 de septiembre de 2001


Tema para meditar
La oculta puerta de la felicidad
Luis Fernández Cuervo*

¿Por qué en los países pobres la gente sonríe y en los países ricos la gente se droga? ¿Se ha hecho usted, amable lectora o lector, esa pregunta alguna vez? Yo sí, me la he hecho muchas veces. Pero no sé si sabría darle la respuesta apropiada.

Hace poco leí la sorpresa de unos extranjeros, que prestaban algún tipo de ayuda en una zona paupérrima de África, al comprobar la alegría y sociabilidad de aquellos africanos. No hay que ir tan lejos. También sin salir de El Salvador, puede uno comprobar lo mismo. Los extranjeros que toman contacto con la gente pobre de nuestro medio rural, se asombran gratamente de su cordialidad, su hospitalidad, su alegría de vivir.

Cierto es que los medios de comunicación nos castigan y abruman, todos los días, con los datos de la cara sombría de nuestra realidad nacional: crímenes, secuestros, corrupción, etc. Pero la otra cara, sonriente, alegre y servicial, existe también. Uno la comprueba cada día y ojalá nunca la perdamos, porque en los países ricos hace tiempo que se ha ido nublando hasta casi desaparecer.

En la década de los sesenta del pasado siglo, yo vivía en Chile, insólito país latinoamericano que llevaba más de un siglo de una democracia envidiable. Pero a mí, que venía saliendo de la dictadura española del general Franco, me sorprendía un poco el tono algo emproblemado, receloso y cansino, de muchos chilenos. En el argot callejero, se definían diciendo: "Estamos apequeñados" (algo así como encogidos, empequeñecidos). Por contraste, los chilenos que volvían de España, me contaban con lujo de detalles, lo bien que lo habían pasado, cómo se habían divertido, de la gozosa y amigable vitalidad de la convivencia diaria y de la generosidad y hospitalidad con que les habían tratado los españoles.

Esos y otros datos, ya me hicieron pensar, en aquel entonces, en que el tono de felicidad de un grupo, un pueblo, o una nación, depende mucho más de las creencias profundas en las que viven y respiran, que del sistema político que soportan. El filósofo español Ortega y Gasset puntualiza que "las ideas se tienen: en las creencias se está". Creo que esa puede ser una buena clave para entender el tema en cuestión.

La mayoría de aquellos españoles compartía unas creencias religiosas y unos principios morales, arraigados y profundos, abiertos al prójimo, que se traducían en ese tipo de convivencia humana que sorprendía y entusiasmaba a los visitantes extranjeros. Sus ideas políticas eran diversas, pero asunto secundario para la mayoría de ellos. A los coetáneos chilenos les pasaba lo contrario. Tenían distintas ideas religiosas y morales, pero eso era cosa subjetiva y secundaria para la mayoría de ellos. Sus creencias más fuertes eran políticas, allí estaban. Por eso en las elecciones los candidatos tomaban siempre un tono mesiánico que se fue exacerbando en años posteriores, hasta tomar perfiles revolucionarios y de pre guerra civil.

¿En qué creencias se fundamenta la vida de las grandes mayorías de los países ricos? En escepticismo o confusionismo religioso y moral y en pensar que el placer, la comodidad y la riqueza son lo que les llevará a la felicidad. Cuanto más placer y más riquezas, obtenidos con menor esfuerzo, más felicidad. Tarde o temprano descubren que se han equivocado de puerta y de camino, que su creciente individualismo les lleva a la soledad y a que sus vidas se llenen de vacío. Y buscan la evasión en el alcohol, la droga, etc. Con ese "Yo" hipertrofiado, donde los demás son objeto de posesión o de desprecio, se encaminan a cumplir la terrible sentencia del filósofo ateo Jean Paul Sartre: "El infierno son los demás".

Eso no significa que haya que renunciar a los progresos y comodidades que proporcionan los logros científicos y técnicos. Tampoco que no haya que luchar con mayor energía para sacar a tanta gente de la pobreza material, para allanar las terribles desigualdades económicas que existen en nuestro país y en el mundo. Pero conviene subrayar que todo eso son medios para vivir mejor, pero no son el fin o meta de la vida humana. Y que la peor de las pobrezas es la pobreza moral y su egoísmo.

Más difícil resulta entender el porqué de ese tono sonriente, abierto y cordial de tantos de los que viven en la pobreza. Posiblemente porque han puesto sus metas vitales no en las cosas sino en las personas y en Dios. Es cierto que muchos de los males que padece nuestra sociedad, la delincuencia, la criminalidad, la violencia, los abusos sexuales aún dentro del ámbito familiar, se originan allí, en ambientes miserables. Pero la causa más profunda de esos males no está en la pobreza material de esos ambientes, sino en la falta de educación moral, de educación en humanidad, en la ignorancia en la que se les ha abandonado.

No podemos concluir en la explicación un tanto cínica que un amigo humorista me brindaba. "Mirá", me decía, "los ricos tienen todas las condiciones para ser felices pero como no lo saben y siempre quieren tener más, son desgraciados; en cambio los pobres tienen todas las condiciones para ser desgraciados, pero como no lo saben, como son ignorantes y se conforman con lo que tienen, son felices".

Personalmente creo que la clave para acertar en la vida, está mejor expresada en aquello que se lee en las obras del genial psiquiatra judío Víctor L. Frankl, en que se puede soportar casi cualquier modo de vivir, si se tiene una buena razón para vivir, que la felicidad no se la encuentra cuando se la busca como fin, sino que aparece, secundariamente, como premio, cuando se cumple con la propia vocación y destino, abierto al bien de los demás. Frankl lo resumía también tomando prestada una frase del filósofo, existencialista y cristiano, Sören Kierkegaard: LA PUERTA DE LA FELICIDAD SE ABRE HACIA FUERA.


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