Tema
para meditar
La oculta puerta de la
felicidad
Luis
Fernández Cuervo*
¿Por qué en los países
pobres la gente sonríe y en los
países ricos la gente se droga? ¿Se
ha hecho usted, amable lectora o lector, esa
pregunta alguna vez? Yo sí, me la he
hecho muchas veces. Pero no sé si
sabría darle la respuesta apropiada.
Hace poco leí la sorpresa de unos
extranjeros, que prestaban algún tipo de
ayuda en una zona paupérrima de
África, al comprobar la alegría y
sociabilidad de aquellos africanos. No hay que
ir tan lejos. También sin salir de El
Salvador, puede uno comprobar lo mismo. Los
extranjeros que toman contacto con la gente
pobre de nuestro medio rural, se asombran
gratamente de su cordialidad, su hospitalidad,
su alegría de vivir.
Cierto es que los medios de
comunicación nos castigan y abruman,
todos los días, con los datos de la cara
sombría de nuestra realidad nacional:
crímenes, secuestros, corrupción,
etc. Pero la otra cara, sonriente, alegre y
servicial, existe también. Uno la
comprueba cada día y ojalá nunca
la perdamos, porque en los países ricos
hace tiempo que se ha ido nublando hasta casi
desaparecer.
En la década de los sesenta del pasado
siglo, yo vivía en Chile, insólito
país latinoamericano que llevaba
más de un siglo de una democracia
envidiable. Pero a mí, que venía
saliendo de la dictadura española del
general Franco, me sorprendía un poco el
tono algo emproblemado, receloso y cansino, de
muchos chilenos. En el argot callejero, se
definían diciendo: "Estamos
apequeñados" (algo así como
encogidos, empequeñecidos). Por
contraste, los chilenos que volvían de
España, me contaban con lujo de detalles,
lo bien que lo habían pasado, cómo
se habían divertido, de la gozosa y
amigable vitalidad de la convivencia diaria y de
la generosidad y hospitalidad con que les
habían tratado los españoles.
Esos y otros datos, ya me hicieron pensar, en
aquel entonces, en que el tono de felicidad de
un grupo, un pueblo, o una nación,
depende mucho más de las creencias
profundas en las que viven y respiran, que del
sistema político que soportan. El
filósofo español Ortega y Gasset
puntualiza que "las ideas se tienen: en las
creencias se está". Creo que esa puede
ser una buena clave para entender el tema en
cuestión.
La mayoría de aquellos
españoles compartía unas creencias
religiosas y unos principios morales, arraigados
y profundos, abiertos al prójimo, que se
traducían en ese tipo de convivencia
humana que sorprendía y entusiasmaba a
los visitantes extranjeros. Sus ideas
políticas eran diversas, pero asunto
secundario para la mayoría de ellos. A
los coetáneos chilenos les pasaba lo
contrario. Tenían distintas ideas
religiosas y morales, pero eso era cosa
subjetiva y secundaria para la mayoría de
ellos. Sus creencias más fuertes eran
políticas, allí estaban. Por eso
en las elecciones los candidatos tomaban siempre
un tono mesiánico que se fue exacerbando
en años posteriores, hasta tomar perfiles
revolucionarios y de pre guerra civil.
¿En qué creencias se fundamenta
la vida de las grandes mayorías de los
países ricos? En escepticismo o
confusionismo religioso y moral y en pensar que
el placer, la comodidad y la riqueza son lo que
les llevará a la felicidad. Cuanto
más placer y más riquezas,
obtenidos con menor esfuerzo, más
felicidad. Tarde o temprano descubren que se han
equivocado de puerta y de camino, que su
creciente individualismo les lleva a la soledad
y a que sus vidas se llenen de vacío. Y
buscan la evasión en el alcohol, la
droga, etc. Con ese "Yo" hipertrofiado, donde
los demás son objeto de posesión o
de desprecio, se encaminan a cumplir la terrible
sentencia del filósofo ateo Jean Paul
Sartre: "El infierno son los demás".
Eso no significa que haya que renunciar a los
progresos y comodidades que proporcionan los
logros científicos y técnicos.
Tampoco que no haya que luchar con mayor
energía para sacar a tanta gente de la
pobreza material, para allanar las terribles
desigualdades económicas que existen en
nuestro país y en el mundo. Pero conviene
subrayar que todo eso son medios para vivir
mejor, pero no son el fin o meta de la vida
humana. Y que la peor de las pobrezas es la
pobreza moral y su egoísmo.
Más difícil resulta entender el
porqué de ese tono sonriente, abierto y
cordial de tantos de los que viven en la
pobreza. Posiblemente porque han puesto sus
metas vitales no en las cosas sino en las
personas y en Dios. Es cierto que muchos de los
males que padece nuestra sociedad, la
delincuencia, la criminalidad, la violencia, los
abusos sexuales aún dentro del
ámbito familiar, se originan allí,
en ambientes miserables. Pero la causa
más profunda de esos males no está
en la pobreza material de esos ambientes, sino
en la falta de educación moral, de
educación en humanidad, en la ignorancia
en la que se les ha abandonado.
No podemos concluir en la explicación
un tanto cínica que un amigo humorista me
brindaba. "Mirá", me decía, "los
ricos tienen todas las condiciones para ser
felices pero como no lo saben y siempre quieren
tener más, son desgraciados; en cambio
los pobres tienen todas las condiciones para ser
desgraciados, pero como no lo saben, como son
ignorantes y se conforman con lo que tienen, son
felices".
Personalmente creo que la clave para acertar
en la vida, está mejor expresada en
aquello que se lee en las obras del genial
psiquiatra judío Víctor L. Frankl,
en que se puede soportar casi cualquier modo de
vivir, si se tiene una buena razón para
vivir, que la felicidad no se la encuentra
cuando se la busca como fin, sino que aparece,
secundariamente, como premio, cuando se cumple
con la propia vocación y destino, abierto
al bien de los demás. Frankl lo
resumía también tomando prestada
una frase del filósofo, existencialista y
cristiano, Sören Kierkegaard: LA PUERTA DE
LA FELICIDAD SE ABRE HACIA FUERA.