Lunes 3 de septiembre de 2001


Fábrica de ilusiones

La Villa Olímpica es un hervidero de ilusiones. Cientos de adolescentes, reunidos en un cónclave deportivo llamado CODICADER, sueñan con ganar. Más allá de las posibilidades, todos llevan en el pecho la fuerza de querer.

Roberto Aguila

A la hora de convivir como una gran familia, hacer amigos y disfrutar con ellos los ratos de descanso, acaso la nacionalidad y los rivales de ayer o de mañana importen poco. Lo que si es importante y se refleja en cada gesto de estos cientos de muchachos que viven el CODICADER en carne propia, es competir con dignidad y soñar con un lugar en el podio.

A esta conclusión llegamos luego de realizar un recorrido por la Villa Olímpica, convertida más en una fábrica de ilusiones que en el refugio grato de los cientos de adolescentes de seis países centroamericanos que se han juntado para competir en los Juegos Estudiantiles.

Es un ambiente para repasar varias veces. Unos descansan, otros juegan, los más bromean, sin que a nadie le importe el color del uniforme y mucho menos el de la piel. Muchachos y muchachas ya olvidaron el triunfo o la derrota de ayer y se entregan a lo que la edad les proporciona: las ganas de vivir.

Todos se sienten a gusto, dicen que la vida en la Villa se desliza suave porque se duerme bien y se come mejor. Sin embargo, para matar el rato mientras se llega el momento de competir, en los habitantes del albergue se distinguen las preferencias para vivir el ocio: unos se sientan frente al televisor, otros se informan de los resultados en el mural de noticias y otros simplemente disfrutan de la tertulia con amigos de otra nacionalidd.

En este sentido, el lugar más frecuentado es donde están las máquinas electrónicas para juegos. Hay que echarles un colón, se topa de muchachos hasta el borde, y los más graciosos ya la bautizaron como el salón "Molins's Games" en alusión al presidente del INDES.

Lo inevitable

Algunos varones ya rompieron las líneas de control establecidas por las chaperonas. Tiraron la vista en derredor y encontraron respuesta en la mirada de la muchacha de allá, y ahora los dos caminan de manita sudada por los pasillos. En esto hay una cosa muy singular: casi siempre el romance nace entre parejas de distinta nacionalidad.

Lo único que no se transgrede es un rótulo grande que cuelga de la puerta de los dormitorios de las chicas: "Prohibido el ingreso de varones", dice el cartel. Los muchachos hacen bromas de todo tipo con respecto al cartel, y prometieron poner otro en el dormitorio masculino. Uno que diga: "Aquí sí se admiten hembras".

Todo no pasa de ser una broma. Sin embargo, no se puede evitar la atracción natural entre hembras y varones. Para Luis Monroy, integrante del equipo de voleibol de Guatemala, las niñas del albergue que él encuentra más irresistibles son las nicaragüenses, mientras que todas las muchachas, sin distingos de nacionalidad, se mueren por los costarricenses.

Cuando llega lo serio

Al momento de darse el llamado para abordar el bus que llevará a determinado equipo al entreno o al compromiso programado, el asunto cambia. Aquí es donde aparece el gesto serio, el que denuncia la ilusión de hacer las cosas bien para alcanzar un lugar en el podio. Desaparece las broma y la vida del muchacho se carga de sueños.

Así encontramos a los muchachos del Thomas Jefferson en un apartado de la Villa, metidos en una práctica exigente. Celín Morán, el técnico cocotero, estaba tratando de reforzar el cabeceo.

Con esa misma seriedad se fueron los equipos de voleibol a sus compromisos del día. Al fín y al cabo, mañana habrá lugar para volver a la broma, a la amistad sin fronteras. Como esa que viven cientos de adolescentes de distintas nacionalidades en la Villa Olímpica.


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