Fábrica de
ilusiones
La Villa Olímpica es un hervidero
de ilusiones. Cientos de adolescentes, reunidos
en un cónclave deportivo llamado
CODICADER, sueñan con ganar. Más
allá de las posibilidades, todos llevan
en el pecho la fuerza de querer.
Roberto
Aguila
A
la hora de convivir como una gran familia, hacer
amigos y disfrutar con ellos los ratos de
descanso, acaso la nacionalidad y los rivales de
ayer o de mañana importen poco. Lo que si
es importante y se refleja en cada gesto de
estos cientos de muchachos que viven el
CODICADER en carne propia, es competir con
dignidad y soñar con un lugar en el
podio.
A esta conclusión llegamos luego de
realizar un recorrido por la Villa
Olímpica, convertida más en una
fábrica de ilusiones que en el refugio
grato de los cientos de adolescentes de seis
países centroamericanos que se han
juntado para competir en los Juegos
Estudiantiles.
Es un ambiente para repasar varias veces.
Unos descansan, otros juegan, los más
bromean, sin que a nadie le importe el color del
uniforme y mucho menos el de la piel. Muchachos
y muchachas ya olvidaron el triunfo o la derrota
de ayer y se entregan a lo que la edad les
proporciona: las ganas de vivir.
Todos se sienten a gusto, dicen que la vida
en la Villa se desliza suave porque se duerme
bien y se come mejor. Sin embargo, para matar el
rato mientras se llega el momento de competir,
en los habitantes del albergue se distinguen las
preferencias para vivir el ocio: unos se sientan
frente al televisor, otros se informan de los
resultados en el mural de noticias y otros
simplemente disfrutan de la tertulia con amigos
de otra nacionalidd.
En este sentido, el lugar más
frecuentado es donde están las
máquinas electrónicas para juegos.
Hay que echarles un colón, se topa de
muchachos hasta el borde, y los más
graciosos ya la bautizaron como el salón
"Molins's Games" en alusión al presidente
del INDES.
Lo inevitable
Algunos varones ya rompieron las
líneas de control establecidas por las
chaperonas. Tiraron la vista en derredor y
encontraron respuesta en la mirada de la
muchacha de allá, y ahora los dos caminan
de manita sudada por los pasillos. En esto hay
una cosa muy singular: casi siempre el romance
nace entre parejas de distinta nacionalidad.
Lo único que no se transgrede es un
rótulo grande que cuelga de la puerta de
los dormitorios de las chicas: "Prohibido el
ingreso de varones", dice el cartel. Los
muchachos hacen bromas de todo tipo con respecto
al cartel, y prometieron poner otro en el
dormitorio masculino. Uno que diga: "Aquí
sí se admiten hembras".
Todo no pasa de ser una broma. Sin embargo,
no se puede evitar la atracción natural
entre hembras y varones. Para Luis Monroy,
integrante del equipo de voleibol de Guatemala,
las niñas del albergue que él
encuentra más irresistibles son las
nicaragüenses, mientras que todas las
muchachas, sin distingos de nacionalidad, se
mueren por los costarricenses.
Cuando llega lo serio
Al momento de darse el llamado para abordar
el bus que llevará a determinado equipo
al entreno o al compromiso programado, el asunto
cambia. Aquí es donde aparece el gesto
serio, el que denuncia la ilusión de
hacer las cosas bien para alcanzar un lugar en
el podio. Desaparece las broma y la vida del
muchacho se carga de sueños.
Así encontramos a los muchachos del
Thomas Jefferson en un apartado de la Villa,
metidos en una práctica exigente.
Celín Morán, el técnico
cocotero, estaba tratando de reforzar el
cabeceo.
Con esa misma seriedad se fueron los equipos
de voleibol a sus compromisos del día. Al
fín y al cabo, mañana habrá
lugar para volver a la broma, a la amistad sin
fronteras. Como esa que viven cientos de
adolescentes de distintas nacionalidades en la
Villa Olímpica.