La dialéctica
del terror
D esde tiempo inmemorial el terror se
emplea como un terrible y contundente discurso
que traslada el mensaje de la muerte y la
destrucción. Es de una brutal y espantosa
sencillez: violencia ejercida sobre inocentes,
para que otros hagan lo que el terrorista exige.
Por Rolando
Monterrosa
El
holocausto en las Torres Gemelas mueve a
reflexionar que el terrorismo no sólo da
continuidad a su sangriento pasado, sino que se
cierne hoy sobre la humanidad con mayor
magnitud, eficiencia y perversidad.
Aquí y en otros países, los
actos terroristas visten ropaje político,
ideológico o religioso y se justifican
como reinvindicación de derechos. Pero al
igual que el secuestro, la víctima
inocente es ofrecida a cambio de un rescate.
En los años 80, como en una reciente
manifestación de la izquierda, se
escuchó a mucha gente -en las
universidades, en las agencias noticiosas y en
los foros internacionales- dar por
legítima la destrucción de la
propiedad y el asesinato indiscriminado de
centenares de inocentes "en aras de una causa
popular", en contra del "imperio".
Todavía peor fue, y sigue
siéndolo, el matiz cristiano que algunos
clérigos se aprestaron a dar a la masacre
desencadenada por los movimientos terroristas de
liberación nacional, como si la violencia
pudiera ser beatificada.
En este lenguaje, existen varios niveles de
expresión que, como los tonos de una voz
amenazante, pueden ir desde el grito salvaje
hasta el índice levantado que advierte
sobre futuro daño.
En el primero de los planos se encuentra el
terrorista que coloca una bomba en un lugar
público, el que ametralla a un grupo
desarmado en un café al aire libre, el
que dispara contra el ganado que pasta o el que
dinamita la estructura de un puente.
Este tiene como propósito fundamental
infundir miedo, demostrar fuerza y capacidad
ilimitada para destruir y matar, a menos que se
le entregue el poder.
En negociaciones de paz, como actualmente se
ve en el caso de la guerrilla colombiana, suelen
desempeñar el papel del compinche
violento, mientras sus pares políticos
juegan a ser más razonables.
Sin embargo ambos trabajan para el mismo fin
y son cómplices de la destrucción
y la matanza.
A veces alcanzamos un atisbo de esta feroz
expresión en las llantas incendiadas, los
rostros enmascarados, las amenazas escritas con
aerosol en las paredes y muros de las ciudades,
los niños y mujeres usados como escudos,
las huelgas que perjudican a millares de
enfermos, de escolares y de trabajadores
honestos.
La diferencia entre las amenazas del
talibán, las privaciones que se hacen
sufrir aquí a inocentes ciudadanos, los
secuestros es sólo cuestión de
grado, pero el concepto viene a ser el
mismo.