Jueves 20 de septiembre de 2001


La dialéctica del terror

D esde tiempo inmemorial el terror se emplea como un terrible y contundente discurso que traslada el mensaje de la muerte y la destrucción. Es de una brutal y espantosa sencillez: violencia ejercida sobre inocentes, para que otros hagan lo que el terrorista exige.

Por Rolando Monterrosa

El holocausto en las Torres Gemelas mueve a reflexionar que el terrorismo no sólo da continuidad a su sangriento pasado, sino que se cierne hoy sobre la humanidad con mayor magnitud, eficiencia y perversidad.

Aquí y en otros países, los actos terroristas visten ropaje político, ideológico o religioso y se justifican como reinvindicación de derechos. Pero al igual que el secuestro, la víctima inocente es ofrecida a cambio de un rescate.

En los años 80, como en una reciente manifestación de la izquierda, se escuchó a mucha gente -en las universidades, en las agencias noticiosas y en los foros internacionales- dar por legítima la destrucción de la propiedad y el asesinato indiscriminado de centenares de inocentes "en aras de una causa popular", en contra del "imperio".

Todavía peor fue, y sigue siéndolo, el matiz cristiano que algunos clérigos se aprestaron a dar a la masacre desencadenada por los movimientos terroristas de liberación nacional, como si la violencia pudiera ser beatificada.

En este lenguaje, existen varios niveles de expresión que, como los tonos de una voz amenazante, pueden ir desde el grito salvaje hasta el índice levantado que advierte sobre futuro daño.

En el primero de los planos se encuentra el terrorista que coloca una bomba en un lugar público, el que ametralla a un grupo desarmado en un café al aire libre, el que dispara contra el ganado que pasta o el que dinamita la estructura de un puente.

Este tiene como propósito fundamental infundir miedo, demostrar fuerza y capacidad ilimitada para destruir y matar, a menos que se le entregue el poder.

En negociaciones de paz, como actualmente se ve en el caso de la guerrilla colombiana, suelen desempeñar el papel del compinche violento, mientras sus pares políticos juegan a ser más razonables.

Sin embargo ambos trabajan para el mismo fin y son cómplices de la destrucción y la matanza.

A veces alcanzamos un atisbo de esta feroz expresión en las llantas incendiadas, los rostros enmascarados, las amenazas escritas con aerosol en las paredes y muros de las ciudades, los niños y mujeres usados como escudos, las huelgas que perjudican a millares de enfermos, de escolares y de trabajadores honestos.

La diferencia entre las amenazas del talibán, las privaciones que se hacen sufrir aquí a inocentes ciudadanos, los secuestros es sólo cuestión de grado, pero el concepto viene a ser el mismo.


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