Recuerdos y
reflexiones
Salvador
Samayoa
Me
impresionó mucho la reacción de
Arafat, líder de la Organización
para la Liberación de Palestina (OLP),
ante los incidentes de la semana pasada. Su
posición política fue clara,
valiente, responsable y ejemplar, en un momento
y en un lugar poco propicios para la
moderación. En las situaciones más
graves y complejas se mide la estatura y la
lucidez de los dirigentes políticos. No
cabe duda: el legendario guerrillero y pacifista
palestino ha dado la talla con creces.
Conocí a Arafat en el Líbano,
en febrero de 1982, pocas semanas antes de la
invasión de Israel. Estaba enfermo, en
cama, pero tuvo la gentileza de recibirnos.
Conocí también a su hermano, que
en ese tiempo era el Director de la
organización de la Media Luna Roja,
equivalente a la Cruz Roja de los países
occidentales. Todavía conservo la "kufia"
que me regaló, idéntica a la que
usa Yasser para cubrirse la cabeza.
También conocí a Abu Jihad,
nombre de guerra de Khalil Ibrahim al-Wazir,
brazo derecho de Arafat, segundo al mando en Al
Fatah y prominente líder de la OLP. Un
tipo de personalidad exquisita, inteligente,
culto, amable y muy sofisticado. Con él y
con su esposa, mujer impresionante,
compartí en su residencia de aquellos
días una velada maravillosa, con
atenciones y manjares de las mil y una noches
que sólo puede brindar la hospitalidad de
los árabes más refinados. A Abu
Jihad lo asesinó el Mosad en
Túnez, en abril de 1988.
Conocí también a Sartawi,
egregio representante diplomático de la
OLP ante varios países de Europa
Occidental que reconocían a esta
organización después de la
resolución de Naciones Unidas. A Sartawi
lo ametrallaron en el "lobby" de uno de los
hoteles que albergaban la reunión de la
Internacional Socialista de abril de 1983, en
Albufeiras, Portugal. Lo recuerdo bien porque
estaba en ese preciso lugar, representando al
FMLN. Y lo recuerdo también porque
coincidió con el asesinato de
Mélida Anaya Montes en Managua. Aquellos
eran tiempos sórdidos, en los que se
pagaba con la vida la defensa de las ideas y la
militancia en los movimientos
políticos.
En momentos de extrema sensibilidad como los
que vivimos ahora, no es muy recomendable hacer
referencia a este tipo de relaciones. Ocurrieron
una sola vez hace veinte años, pero
siempre pueden suscitar o revivir viejos
recelos. Más prudente sería en
estos días dejar en el olvido las
historias pasadas, pero tengo una razón
política importante para no apegarme a
esa manera temerosa y vergonzante de entender la
prudencia.
La remembranza del perfil de estos
líderes palestinos que abrazaron o
habrían abrazado la paz con la misma
coherencia, valentía, convicción y
lucidez que los caracterizó en la guerra
es más que pertinente en El Salvador hoy.
Esta no es hora de ambigüedades. Es una
hora aciaga para la humanidad. Una hora que
exige liderazgo lúcido y posiciones
claras. Una hora que exige, ante todo,
responsabilidad.
La quema de la bandera de los Estados Unidos,
las pintas de apoyo &emdash;¿cuál
apoyo?&emdash; a Bin Laden y, sobre todo, las
explicaciones que han dado algunos dirigentes
del FMLN ameritan reflexiones importantes. En
los incidentes del sábado pasado se ha
proyectado una posición y una imagen
política que ha molestado profundamente a
la comunidad internacional, ha herido la
sensibilidad de muchos salvadoreños, ha
avergonzado a una gran parte de la base social
de la izquierda, ha preocupado con justa
razón al país y ha desdibujado el
perfil del FMLN como un actor político
serio, capaz de asumir de manera confiable
mayores responsabilidades en la
conducción del Estado.
Por contraste, el líder palestino, con
sus credenciales intactas en más de
cincuenta años de lucha, no sólo
no ha quemado banderas ni se ha alegrado con la
tragedia ni ha expresado apoyo alguno a los
terroristas, sino que ha actuado de la manera
más respetuosa y constructiva posible
para contribuir a desactivar la muy probable
agudización de la violencia en el Medio
Oriente.
Seguramente la triste demostración del
15 de septiembre en San Salvador no se
decidió en los organismos del FMLN, pero
ahí estaban, una vez más, algunos
de sus dirigentes inevitablemente asociados con
imágenes de destrucción, rostros
enmascarados, suciedad, violencia callejera,
quemas y otras manifestaciones de radicalismo
cómodo y absurdo.
El deslinde de responsabilidades es
increíble, sobre todo porque no es la
primera vez. Aún admitiendo que este tipo
de conducta no haya sido orientada por el FMLN,
es inaceptable que sus dirigentes participen en
actividades en las que ocurren cosas como la del
sábado pasado.
Este es un problema de contexto
político. Ya pasó el tiempo en que
la Universidad fue intervenida por los
militares. Ya pasó el tiempo del nefasto
Consejo de Administración Provisional de
la Universidad (CAPUES). Ya pasó el
tiempo en el que no había un solo espacio
para expresar las posiciones políticas.
Ya pasó el tiempo en el que Estados
Unidos ponía y quitaba a su antojo los
gobiernos y respaldaban represiones sangrientas
en nuestros países. No se puede seguir
viviendo en el pasado. Se supone que ya
pasó también el tiempo en el que
la pinta y pega tenían la función
de preparar a los militantes para armarse de
espíritu combativo y asumir los riesgos
mayores de la lucha armada revolucionaria.
También es un problema de coherencia y
claridad de la línea política.
Cuando el Frente asumió en el pasado la
lucha frontal contra el imperialismo, la
violencia, la ilegalidad y otros métodos
de lucha fue respetable por su coherencia, por
su audacia y por su coraje. Si ahora asumiera
una línea similar sería tal vez
incomprensible, pero al menos tendría
claridad. La coherencia de una línea
política puede respetarse, aunque no se
comparta. La incoherencia no la respeta ni la
entiende nadie.
Arafat tuvo el coraje de expresar su
posición ante unas bases muy
radicalizadas. El Frente tuvo ese mismo coraje
hace diez años. Antes se supo siempre con
claridad dónde estaba parado, tanto en la
guerra como en la negociación y en la
paz. Los verdaderos líderes no asumen el
papel de pasivos transeúntes en los actos
políticos. No son uno más entre la
masa. No aceptan pasivamente que un
puñado de militantes de última
hora marque la pauta y defina la
posición. Algunos de los dirigentes que
participaron en la manifestación tienen
una larga trayectoria de lucha en tiempos en los
que el radicalismo no era gratis como ahora. Por
respeto a su propio pasado no debieran diluirse
en pequeñas masas anónimas.
El Salvador necesita una fuerza de izquierda
sólida y responsable. Si eso incluye
posiciones críticas a la política
exterior de los Estados Unidos, bienvenidas
sean, siempre que no alienten percepciones de
insensibilidad, alegría, tolerancia o
respaldo a la matanza de seres humanos; siempre
que no sean expresión de anquilosamiento
y de pereza intelectual para incidir en el
debate público. Tal vez la estatura, la
lucidez y el coraje de Arafat deje a los
"radicales" de nuestro país unas cuantas
lecciones, comenzando por la de no ser
más papistas que el Papa.