Jueves 20 de septiembre de 2001


Recuerdos y reflexiones
Salvador Samayoa

Me impresionó mucho la reacción de Arafat, líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), ante los incidentes de la semana pasada. Su posición política fue clara, valiente, responsable y ejemplar, en un momento y en un lugar poco propicios para la moderación. En las situaciones más graves y complejas se mide la estatura y la lucidez de los dirigentes políticos. No cabe duda: el legendario guerrillero y pacifista palestino ha dado la talla con creces.

Conocí a Arafat en el Líbano, en febrero de 1982, pocas semanas antes de la invasión de Israel. Estaba enfermo, en cama, pero tuvo la gentileza de recibirnos. Conocí también a su hermano, que en ese tiempo era el Director de la organización de la Media Luna Roja, equivalente a la Cruz Roja de los países occidentales. Todavía conservo la "kufia" que me regaló, idéntica a la que usa Yasser para cubrirse la cabeza.

También conocí a Abu Jihad, nombre de guerra de Khalil Ibrahim al-Wazir, brazo derecho de Arafat, segundo al mando en Al Fatah y prominente líder de la OLP. Un tipo de personalidad exquisita, inteligente, culto, amable y muy sofisticado. Con él y con su esposa, mujer impresionante, compartí en su residencia de aquellos días una velada maravillosa, con atenciones y manjares de las mil y una noches que sólo puede brindar la hospitalidad de los árabes más refinados. A Abu Jihad lo asesinó el Mosad en Túnez, en abril de 1988.

Conocí también a Sartawi, egregio representante diplomático de la OLP ante varios países de Europa Occidental que reconocían a esta organización después de la resolución de Naciones Unidas. A Sartawi lo ametrallaron en el "lobby" de uno de los hoteles que albergaban la reunión de la Internacional Socialista de abril de 1983, en Albufeiras, Portugal. Lo recuerdo bien porque estaba en ese preciso lugar, representando al FMLN. Y lo recuerdo también porque coincidió con el asesinato de Mélida Anaya Montes en Managua. Aquellos eran tiempos sórdidos, en los que se pagaba con la vida la defensa de las ideas y la militancia en los movimientos políticos.

En momentos de extrema sensibilidad como los que vivimos ahora, no es muy recomendable hacer referencia a este tipo de relaciones. Ocurrieron una sola vez hace veinte años, pero siempre pueden suscitar o revivir viejos recelos. Más prudente sería en estos días dejar en el olvido las historias pasadas, pero tengo una razón política importante para no apegarme a esa manera temerosa y vergonzante de entender la prudencia.

La remembranza del perfil de estos líderes palestinos que abrazaron o habrían abrazado la paz con la misma coherencia, valentía, convicción y lucidez que los caracterizó en la guerra es más que pertinente en El Salvador hoy. Esta no es hora de ambigüedades. Es una hora aciaga para la humanidad. Una hora que exige liderazgo lúcido y posiciones claras. Una hora que exige, ante todo, responsabilidad.

La quema de la bandera de los Estados Unidos, las pintas de apoyo &emdash;¿cuál apoyo?&emdash; a Bin Laden y, sobre todo, las explicaciones que han dado algunos dirigentes del FMLN ameritan reflexiones importantes. En los incidentes del sábado pasado se ha proyectado una posición y una imagen política que ha molestado profundamente a la comunidad internacional, ha herido la sensibilidad de muchos salvadoreños, ha avergonzado a una gran parte de la base social de la izquierda, ha preocupado con justa razón al país y ha desdibujado el perfil del FMLN como un actor político serio, capaz de asumir de manera confiable mayores responsabilidades en la conducción del Estado.

Por contraste, el líder palestino, con sus credenciales intactas en más de cincuenta años de lucha, no sólo no ha quemado banderas ni se ha alegrado con la tragedia ni ha expresado apoyo alguno a los terroristas, sino que ha actuado de la manera más respetuosa y constructiva posible para contribuir a desactivar la muy probable agudización de la violencia en el Medio Oriente.

Seguramente la triste demostración del 15 de septiembre en San Salvador no se decidió en los organismos del FMLN, pero ahí estaban, una vez más, algunos de sus dirigentes inevitablemente asociados con imágenes de destrucción, rostros enmascarados, suciedad, violencia callejera, quemas y otras manifestaciones de radicalismo cómodo y absurdo.

El deslinde de responsabilidades es increíble, sobre todo porque no es la primera vez. Aún admitiendo que este tipo de conducta no haya sido orientada por el FMLN, es inaceptable que sus dirigentes participen en actividades en las que ocurren cosas como la del sábado pasado.

Este es un problema de contexto político. Ya pasó el tiempo en que la Universidad fue intervenida por los militares. Ya pasó el tiempo del nefasto Consejo de Administración Provisional de la Universidad (CAPUES). Ya pasó el tiempo en el que no había un solo espacio para expresar las posiciones políticas. Ya pasó el tiempo en el que Estados Unidos ponía y quitaba a su antojo los gobiernos y respaldaban represiones sangrientas en nuestros países. No se puede seguir viviendo en el pasado. Se supone que ya pasó también el tiempo en el que la pinta y pega tenían la función de preparar a los militantes para armarse de espíritu combativo y asumir los riesgos mayores de la lucha armada revolucionaria.

También es un problema de coherencia y claridad de la línea política. Cuando el Frente asumió en el pasado la lucha frontal contra el imperialismo, la violencia, la ilegalidad y otros métodos de lucha fue respetable por su coherencia, por su audacia y por su coraje. Si ahora asumiera una línea similar sería tal vez incomprensible, pero al menos tendría claridad. La coherencia de una línea política puede respetarse, aunque no se comparta. La incoherencia no la respeta ni la entiende nadie.

Arafat tuvo el coraje de expresar su posición ante unas bases muy radicalizadas. El Frente tuvo ese mismo coraje hace diez años. Antes se supo siempre con claridad dónde estaba parado, tanto en la guerra como en la negociación y en la paz. Los verdaderos líderes no asumen el papel de pasivos transeúntes en los actos políticos. No son uno más entre la masa. No aceptan pasivamente que un puñado de militantes de última hora marque la pauta y defina la posición. Algunos de los dirigentes que participaron en la manifestación tienen una larga trayectoria de lucha en tiempos en los que el radicalismo no era gratis como ahora. Por respeto a su propio pasado no debieran diluirse en pequeñas masas anónimas.

El Salvador necesita una fuerza de izquierda sólida y responsable. Si eso incluye posiciones críticas a la política exterior de los Estados Unidos, bienvenidas sean, siempre que no alienten percepciones de insensibilidad, alegría, tolerancia o respaldo a la matanza de seres humanos; siempre que no sean expresión de anquilosamiento y de pereza intelectual para incidir en el debate público. Tal vez la estatura, la lucidez y el coraje de Arafat deje a los "radicales" de nuestro país unas cuantas lecciones, comenzando por la de no ser más papistas que el Papa.


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