Meditando
Los verdaderos
héroes de nuestros días
Harold
C. Lantan*
Vivimos en un mundo decadente y
frívolo, aceptémoslo. Muchas veces
los sagrados valores que la generación de
nuestros padres nos inculcó, chocan con
la decadente realidad.
Nos rodean muchas veces personas sin
escrúpulos, que siempre parecen "salirse
con la suya". "Puritanos" que se rasgan sus
vestiduras, pero no actúan o han actuado
conforme a sus prédicas. La arrogancia,
el materialismo, la falta de sensibilidad hacia
el prójimo, la corrupción, han
hecho su nido en nuestra sociedad. Con tristeza
observamos cómo los que personifican
estos antivalores cosechan "el éxito y
prosperidad"... aparentemente, y esa parece, de
manera desafortunada, ser la guía o
patrón de conducta más
resaltada.
Sin embargo, estas líneas están
dedicadas al denominado "salvadoreño
común", haciendo la salvedad que
realmente ningún ser humano es
común: cada uno de nosotros está
dotados de cualidades y virtudes dadas por Dios,
que nos hacen especiales y únicos. Nos
referimos al salvadoreño que usualmente
no sale en primera plana del periódico o
en la televisión, pero es él quien
cotidianamente sostiene este país, con su
trabajo honrado y apego a los verdaderos
valores. Me refiero a padres de familia que
realizan denodados esfuerzos para sacar adelante
a sus hijos y pagar la cuota de su
crédito hipotecario; el empresario audaz
que pese al actual panorama económico
confía en Dios y en su ingenio para
iniciar su nuevo negocio; el obrero sencillo que
se levanta de madrugada y regresa cansado de
noche a su casa, después de trabajar
horas arduas para llevar el sustento a su hogar;
los ancianos que dieron lo mejor de sus
días y al final del camino pueden
levantar su frente en alto; los jóvenes
que pese a la presión de falsos amigos
toman la decisión correcta de apegarse a
sus principios. En suma, me refiero a aquellos
que pese a cualquier tentación y
desaliento han confiado en los designios de los
Providencia, en el esfuerzo honrado y han hecho
lo que es moralmente correcto. Todos ellos son
fuentes de orgullo e inspiración y
constituyen el verdadero modelo a seguir.
Lastimosamente quizá no reciban con
ceremonias suntuosas un reconocimiento de alguna
institución. Ni tampoco su actitud, como
todo en esta vida, puede garantizar que
materialmente lo que emprendan llenará
todas sus expectativas, pero puedo garantizarles
que desde ya tienen la maravillosa recompensa de
estar en paz con Dios y consigo mismos; llevarse
el pan a la boca orgullosamente, y la facultad
de mirar a cualquiera de frente con dignidad...
Y esa, mis estimados lectores, es una
maravillosa e invaluable riqueza que el dinero
no puede comprar.
* Abogado y mediador