Domingo 2 de septiembre de 2001


Meditando
Los verdaderos héroes de nuestros días
Harold C. Lantan*

Vivimos en un mundo decadente y frívolo, aceptémoslo. Muchas veces los sagrados valores que la generación de nuestros padres nos inculcó, chocan con la decadente realidad.

Nos rodean muchas veces personas sin escrúpulos, que siempre parecen "salirse con la suya". "Puritanos" que se rasgan sus vestiduras, pero no actúan o han actuado conforme a sus prédicas. La arrogancia, el materialismo, la falta de sensibilidad hacia el prójimo, la corrupción, han hecho su nido en nuestra sociedad. Con tristeza observamos cómo los que personifican estos antivalores cosechan "el éxito y prosperidad"... aparentemente, y esa parece, de manera desafortunada, ser la guía o patrón de conducta más resaltada.

Sin embargo, estas líneas están dedicadas al denominado "salvadoreño común", haciendo la salvedad que realmente ningún ser humano es común: cada uno de nosotros está dotados de cualidades y virtudes dadas por Dios, que nos hacen especiales y únicos. Nos referimos al salvadoreño que usualmente no sale en primera plana del periódico o en la televisión, pero es él quien cotidianamente sostiene este país, con su trabajo honrado y apego a los verdaderos valores. Me refiero a padres de familia que realizan denodados esfuerzos para sacar adelante a sus hijos y pagar la cuota de su crédito hipotecario; el empresario audaz que pese al actual panorama económico confía en Dios y en su ingenio para iniciar su nuevo negocio; el obrero sencillo que se levanta de madrugada y regresa cansado de noche a su casa, después de trabajar horas arduas para llevar el sustento a su hogar; los ancianos que dieron lo mejor de sus días y al final del camino pueden levantar su frente en alto; los jóvenes que pese a la presión de falsos amigos toman la decisión correcta de apegarse a sus principios. En suma, me refiero a aquellos que pese a cualquier tentación y desaliento han confiado en los designios de los Providencia, en el esfuerzo honrado y han hecho lo que es moralmente correcto. Todos ellos son fuentes de orgullo e inspiración y constituyen el verdadero modelo a seguir.

Lastimosamente quizá no reciban con ceremonias suntuosas un reconocimiento de alguna institución. Ni tampoco su actitud, como todo en esta vida, puede garantizar que materialmente lo que emprendan llenará todas sus expectativas, pero puedo garantizarles que desde ya tienen la maravillosa recompensa de estar en paz con Dios y consigo mismos; llevarse el pan a la boca orgullosamente, y la facultad de mirar a cualquiera de frente con dignidad... Y esa, mis estimados lectores, es una maravillosa e invaluable riqueza que el dinero no puede comprar.

* Abogado y mediador


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