Martes 11 de septiembre de 2001


El primer televisor de Comacarán

Don Adán era una de las personas más "acomodadas" de la zona de Comacarán, en el norte de San Miguel. Tenía extensas propiedades en donde cultivaba algodón. Sus haciendas eran fecundas y su vida placentera. Con tanta abundancia, él fue quien llevó el primer televisor a esa zona.

Por Oscar Tenorio

Aquel mágico acontecimiento maravilló a propios y extraños. Unos quedaron estupefactos ante las borrosas imágenes en blanco y negro. La década de los 60 apenas comenzaba.

Ante la revolución que provocó tal aparato, don Adán convirtió en una pequeña sala de cine uno de los corredores de su amplia casa. Acomodado en uno de los salones, aquel aparato, que funcionaba gracias a una pequeña planta de energía, era casi una deidad, porque podían ver a la gente adentro de semejante artefacto. Se le acercaban con respeto y temor. Absortos, lo contemplaban.

Para ver televisión, don Adán puso una condición a los cipotes: tenían que de ir a limpiar las plantas de algodón y quitarles los parásitos que las afectaban.

Así, los pequeños se pasaban horas enteras quitándole las plagas a las plantas. Aparecían con las bolsas llenas de animalitos muertos, los entregaban y lograban entrar a ver "el telivisor".

El rumor de la existencia de aquel aparato se expandió rápido por los cantones cercanos. Uno de los primeros en llegar fue "la Picuda", un cipote ingenuo y divertido. Recogió cuanto animalito pudo y se los llevó a don Adán, quien los convidó a ver televisión.

Ya todos los cipotes adentro de la pequeña sala, el televisor fue activado. Inmediatamente, apareció una película de indios y vaqueros. Al ver aquello, "la Picuda" enmudeció.

En una de las escenas más emocionantes, los rivales se enfrentaron. Uno de los vaqueros sacó su revolver y comenzó a disparar. En una de esas, apuntó hacia el frente -como quien se dirige al público- y soltó el primer disparo. Le siguió un estruendo.

Intempestivamente, "la Picuda" se tiró al suelo, se enrolló como una serpiente, y se protegió la cabeza con ambas manos, justo cuando el vaquero dejaba ir el segundo disparo. Todos los demás cipotes se asustaron y se apartaron.

"¿Qué te pasa Picuda?", preguntaron. Tan sólo respondió: "Güevos". Pálido y tembloroso, se levantó y se fue. Creía que, en realidad, los disparos iban a salirse de la pantalla y los iban a matar.

Así de abrupto fue el cambio de vida que provocó en muchos, el pequeño aparato. Años después vendrían los vidrios entintados, para ver televisión a color.


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