El primer televisor
de Comacarán
Don Adán era una de las personas
más "acomodadas" de la zona de
Comacarán, en el norte de San Miguel.
Tenía extensas propiedades en donde
cultivaba algodón. Sus haciendas eran
fecundas y su vida placentera. Con tanta
abundancia, él fue quien llevó el
primer televisor a esa zona.
Por Oscar
Tenorio
Aquel
mágico acontecimiento maravilló a
propios y extraños. Unos quedaron
estupefactos ante las borrosas imágenes
en blanco y negro. La década de los 60
apenas comenzaba.
Ante la revolución que provocó
tal aparato, don Adán convirtió en
una pequeña sala de cine uno de los
corredores de su amplia casa. Acomodado en uno
de los salones, aquel aparato, que funcionaba
gracias a una pequeña planta de
energía, era casi una deidad, porque
podían ver a la gente adentro de
semejante artefacto. Se le acercaban con respeto
y temor. Absortos, lo contemplaban.
Para ver televisión, don Adán
puso una condición a los cipotes:
tenían que de ir a limpiar las plantas de
algodón y quitarles los parásitos
que las afectaban.
Así, los pequeños se pasaban
horas enteras quitándole las plagas a las
plantas. Aparecían con las bolsas llenas
de animalitos muertos, los entregaban y lograban
entrar a ver "el telivisor".
El rumor de la existencia de aquel aparato se
expandió rápido por los cantones
cercanos. Uno de los primeros en llegar fue "la
Picuda", un cipote ingenuo y divertido.
Recogió cuanto animalito pudo y se los
llevó a don Adán, quien los
convidó a ver televisión.
Ya todos los cipotes adentro de la
pequeña sala, el televisor fue activado.
Inmediatamente, apareció una
película de indios y vaqueros. Al ver
aquello, "la Picuda" enmudeció.
En una de las escenas más
emocionantes, los rivales se enfrentaron. Uno de
los vaqueros sacó su revolver y
comenzó a disparar. En una de esas,
apuntó hacia el frente -como quien se
dirige al público- y soltó el
primer disparo. Le siguió un
estruendo.
Intempestivamente, "la Picuda" se tiró
al suelo, se enrolló como una serpiente,
y se protegió la cabeza con ambas manos,
justo cuando el vaquero dejaba ir el segundo
disparo. Todos los demás cipotes se
asustaron y se apartaron.
"¿Qué te pasa Picuda?",
preguntaron. Tan sólo respondió:
"Güevos". Pálido y tembloroso, se
levantó y se fue. Creía que, en
realidad, los disparos iban a salirse de la
pantalla y los iban a matar.
Así de abrupto fue el cambio de vida
que provocó en muchos, el pequeño
aparato. Años después
vendrían los vidrios entintados, para ver
televisión a color.