Sentido
común
Cuando el río suena
RICARDO
RIVAS*
Ha
venido Steve Forbes y ha dicho que el
país va bien. Alvin Toffler, que ya
había venido antes, insinuó lo
mismo. Enrique Iglesias, del BID, lo dice cada
vez que puede y que viene. Bush no oculta su
admiración por Francisco Flores y ya es
obvio que le tiene en su lista de "mis
favoritos". Nuestro Presidente cautiva a sus
audiencias en el exterior y, de paso, hace
buenas migas con media humanidad. Quienes vienen
de afuera nos han contado que El Salvador suena,
y suena bien. Los organismos internacionales
apuestan por el "Pulgarcito" y algunos hasta se
atreven a decir que somos algo así como
un modelo, o modelito, no sé, para otras
naciones pobres y emproblemadas con guerras y
demás. Aquí en el país
existen distintos grados de percepción
sobre el tema. Los que más ruido hacen
son los que tienden a exagerar las cosas.
Así, mientras a algunos amigos se les
enrolla la lengua en elogios hablando de este
nuevo "tigre" centroamericano, a otros se les
hace nudo la lengua pero para chiflarles "la
vieja": "¿Cuál "Tigre" -parecen
decir-, a lo mucho menino aguacatero".
Unos y otros le apuestan a la
hipérbole, y a medida que se acercan las
campañas políticas tienden a subir
el tono de sus exageraciones: o somos el nuevo
Singapur o estamos a punto de convertirnos en la
nueva Burkina Faso; o la dolarización nos
roqueteó casi a la altura de los
países industrializados, o el cambio de
moneda nos convirtió en un triste
apéndice de la Reserva Federal. Y
así. El resto -la mayoría-, somos
ligeramente más conservadores en nuestras
apreciaciones y el tema lo solemos ver desde una
perspectiva más realista. Ni tigre ni
gato. En fin, al margen de lo que cada quien
crea o le convenga creer, en lo que todos
estamos de acuerdo es que a la respetable
afición, el pistillo cada vez nos alcanza
menos.
Para comprender la situación
económica de la familia
salvadoreña no es necesario leer
profundos tratados de densimetría
microeconómica o internarse en los
últimos informes de coyuntura que
periódicamente prepara FUSADES. Basta con
vivir aquí, salir a la calle y mirar a
nuestro alrededor. Hablar con la gente, escuchar
al amigo, al colega, al pariente. Leer los
diarios, ver la televisión y oir la
radio. Fijarnos en lo que decimos. Vernos la
cara en el espejo. La situación no
está pintando bien, por lo menos, para la
mayoría de salvadoreños. No nos
engañemos. Muchos no han aguantado o no
han podido salir adelante y se han tenido que
marchar a engrosar el ejército de
hermanos lejanos; otros ya se lo están
pensando.
Esto no es ficción, es la realidad.
Sabemos que no somos los únicos, que el
mundo está complicado, que hay cosas que
no podemos controlar, que nuestros vecinos
están peor, que hemos sido más
prudentes que otros, que el gobierno hace lo que
puede, etc. ...pero igual, el agua sigue
subiendo y la humedad se comienza a sentir en lo
profundo de nuestras fosas nasales. Algo
más habrá que hacer. Si bien es
cierto muchos de los argumentos que nos dan,
además de abundantes y sensatos son
perfectamente comprensibles, no menos cierto es
que se están volviendo insuficientes. El
tiempo apremia.
Para hablar de estas cosas con honestidad y
franqueza, es necesario desprenderse de tics
ideológicos o falsas apariencias de
neutralidad, y decir las cosas tal cual le
parecen a uno. Si no, en lugar de practicar una
sano ejercicio de libertad de expresión
ciudadana -que es para lo que sirven estos
espacios de opinión-, se cae en el riesgo
de hacer una pura politiquería partidista
asolapada. El país, en términos
generales, se ha manejado con prudencia y
eficiencia. Tomando en cuenta de dónde
venimos y cómo quedamos después de
tanta catástrofe bélica y natural,
podemos decir que hemos caminado más
eficientemente que otras naciones hacia la
modernización y fortalecimiento
institucional. Lastimosamente, en otras
áreas no hemos sido lo suficientemente
eficientes ni diligentes, y eso, quiera que no,
es un bulto que cargamos todos, que nos dobla la
espalda, y nos sienta, y nos aplasta, y no nos
deja caminar como quisiéramos. Hablamos
de la probidad con la que se viene manejando la
cosa pública. Aquí, en donde la
pobreza y la miseria cachetea al más
pintado, aún suceden cosas que dan
vergüenza.
Cada licitación amañada, cada
"favor" recibido, cada "regalito" aceptado, cada
"negocio" relacionado, cada "premiecito"
otorgado , es una bofetada a la dignidad de cada
uno de nosotros. El Órgano Ejecutivo, que
es adonde se mueve el grueso de los recursos del
Estado, ha dado muestras de querer acabar con la
cultura del "chanfle", la mamandurria y la
corrupción; desafortunadamente los
resultados aún son insuficientes. Los
miembros del presente gabinete de gobierno,
conformado en su mayoría por gente
honesta, que ha demostrado querer hacer las
cosas distinto y bien, deberían ser los
más interesados en identificar
quiénes se están valiendo de su
cargo para enriquecerse ilícitamente. Por
estos pocos se va a dañar el prestigio de
todos. Por ellos van a pagar justos por
pecadores. Por ellos se les está bajando
el promedio al grupo. Éstas serán
las muestras a tomar para ser explotadas en
detrimento del sistema de libertades por el que
tanto hemos luchado todos los
salvadoreños.
Para convertirnos en el país que
queremos y podemos ser, conviene que el gobierno
mismo dé una lección
pública a los que tienen la manía
de ver al Estado como un botín al que hay
que saquear. El gobierno mismo tiene los medios
y los recursos para averiguar esos casos
particulares sobre los cuales, la "respetable"
insistentemente comenta. Es pura cuestión
de voluntad. De todas formas, cuando el
río suena tanto