Esa tradición
de la bajada
La bajada es una costumbre muy
salvadoreña. Aunque su celebración
litúrgica se constriñe a la
capital, todos los habitantes de este
país somos sus frecuentes
partícipes, en activo o pasivo.
Por Cristian
Villalta
Según
el Diccionario Larousse, versión pedante
del infalible Bristol (otra de nuestras
enternecedoras tradiciones), entíendese
por 'bajada' el camino "por donde se baja". Esa
acepción no nos sirve, pero sí la
otra donde se le define como "acción de
bajar".
Bajar tiene dos sentidos. Uno, pueril,
consiste en ir de un lugar a otro que
está más bajo. El otro, innoble
pero más nuestro es el de engañar,
ver la cara de tonto, burlarse de.
¿Cómo no celebrar la bajada,
incluso la del Divino Salvador del Mundo, si
somos los campeones mundiales en eso de ser
bajados?
Nos 'baja' el gobierno (con perdón de
los lectores susceptibles, por el sabor vulgar
del verbo). Lo hizo dolarizando, lo hace
encareciendo la energía con la excusa de
que no llueve lo suficiente, o disminuyendo en
un quince por ciento el presupuesto de todas las
carteras, excepto los de Salud, Educación
y Seguridad Pública.
Nos 'bajan' los diputados con discursos
altisonantes y prácticas de pistolero
impune.
Nos 'bajan' nuestros líderes
espirituales, enemigos de adquirir compromisos
con la verdad justo en estos tiempos en que el
mérito de hacerlo ya no raya, como antes,
con el martirio.
Nos 'bajan' los empresarios de buses,
subiéndole al pasaje a su antojo, sin un
funcionario que diga pío, o al menos lo
mantenga.
Nos 'bajan' los izquierdistas ortodoxos,
haciéndose pasar por socialistas, y los
socialistas, haciéndose pasar por
renovadores, y los renovadores haciéndose
pasar por derechistas, y los derechistas,
haciéndose pasar por buenas gentes. Lo
malo es que no hay buenas gentes ortodoxas.
Nos 'bajan' los sindicalistas que se rasgan
las vestiduras, los policías con cara de
yo no fui, los taxistas que hacen la carrera por
menos, los niños bien que van a la Zona
Rosa a socializar y no a drogarse, y las
autoridades que les creen.
Todos se bajan a todos. La única
bajada que vale la pena es la del Divino
Salvador del Mundo, que no mintió al
decir que la verdad nos hará libres. De
todos los líderes de la historia, fue el
único que, al final, no nos
bajó.