Miércoles 8 de agosto de 2001


Ministerio Espiga
Los que oran no están solos|
Por Salvador Gómez, Predicador Católico

"Velad y orad para que no caigáis en tentación" (Mt. 26, 41). Con estas palabras, Jesús nos está señalando el camino para no caer en la tentación más grande en la que se encuentra hundida media humanidad: la tentación del desaliento, del cansancio, de la frustración, de la soledad, de la derrota. En una palabra: la pérdida del sentido de la vida, que modernamente llamamos "depresión".

Es alarmante la cantidad de suicidios, a toda edad y en las diversas clases sociales, debido al vacío existencial en el que muchos han caído.

La oración nos cambia la manera de ver las cosas como ocurrió con el criado del profeta Eliseo, cuando el rey de Aram mandó un fuerte destacamento para tomarlos prisioneros. El sirviente le dijo: "Ay, mi señor, ¿qué vamos a hacer?".

Y Eliseo le respondió: "No temas, que hay más con nosotros que con ellos". El profeta oró y le pidió a Dios que abriera los ojos del criado para que viera: la montaña estaba llena de caballos y carros de fuego celestiales en torno de Eliseo.

Verdaderamente los que oran no se sienten solos y, sobre todo, descubren que tenemos más razones para esperar que para desesperarnos; más razones para vivir que para desearnos la muerte; más fuerza para luchar que temor para darnos por vencidos, pues, ciertamente, como dijo el profeta: "hay más con nosotros que con ellos". San Pablo lo resume así: "Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?" (Rm 8, 31).

Orar es ponernos en contacto con la fuente de agua viva que nos quita la sed y llena todos los vacíos del corazón. Orar es ir entrando en el torrente sanador que Dios le mostró al profeta Ezequiel. La oración es el camino para llenarnos del agua viva, que llena, sana y vivifica todo y a todos. Sólo tienes que hacer la prueba y verás los resultados.

La actitud de los discípulos de Jesús, que le piden que les enseñe a orar, debe desafiarnos a nosotros, los modernos discípulos de Cristo, que muchas veces mostramos poco interés por orar. Incluso nos da pena que en el trabajo, en la escuela, en la universidad, en el autobús, etc. nos vean orar.

Es cierto que Jesús nos pide que "cuando vayas a orar, entra en tu aposento y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mt. 6, 6).

Pero esto no significa que debemos esperar a llegar a casa para hablar con Dios. Lo podemos hacer en cualquier momento siempre y cuando tengamos la disposición y la concentración.

Afortunadamente y como un verdadero signo de los tiempos, el Espíritu Santo va suscitando en personas y comunidades un deseo profundo de orar, que día con día va creciendo.

Lo importante es que seamos insistentes, incansables con la paciencia de la fe y que tengamos humildad de corazón.


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