Ministerio
Espiga
Los que oran no
están solos|
Por Salvador
Gómez, Predicador Católico
"Velad
y orad para que no caigáis en
tentación" (Mt. 26, 41). Con estas
palabras, Jesús nos está
señalando el camino para no caer en la
tentación más grande en la que se
encuentra hundida media humanidad: la
tentación del desaliento, del cansancio,
de la frustración, de la soledad, de la
derrota. En una palabra: la pérdida del
sentido de la vida, que modernamente llamamos
"depresión".
Es alarmante la cantidad de suicidios, a toda
edad y en las diversas clases sociales, debido
al vacío existencial en el que muchos han
caído.
La oración nos cambia la manera de ver
las cosas como ocurrió con el criado del
profeta Eliseo, cuando el rey de Aram
mandó un fuerte destacamento para
tomarlos prisioneros. El sirviente le dijo: "Ay,
mi señor, ¿qué vamos a
hacer?".
Y Eliseo le respondió: "No temas, que
hay más con nosotros que con ellos". El
profeta oró y le pidió a Dios que
abriera los ojos del criado para que viera: la
montaña estaba llena de caballos y carros
de fuego celestiales en torno de Eliseo.
Verdaderamente los que oran no se sienten
solos y, sobre todo, descubren que tenemos
más razones para esperar que para
desesperarnos; más razones para vivir que
para desearnos la muerte; más fuerza para
luchar que temor para darnos por vencidos, pues,
ciertamente, como dijo el profeta: "hay
más con nosotros que con ellos". San
Pablo lo resume así: "Si Dios está
con nosotros, ¿quién contra
nosotros?" (Rm 8, 31).
Orar es ponernos en contacto con la fuente de
agua viva que nos quita la sed y llena todos los
vacíos del corazón. Orar es ir
entrando en el torrente sanador que Dios le
mostró al profeta Ezequiel. La
oración es el camino para llenarnos del
agua viva, que llena, sana y vivifica todo y a
todos. Sólo tienes que hacer la prueba y
verás los resultados.
La actitud de los discípulos de
Jesús, que le piden que les enseñe
a orar, debe desafiarnos a nosotros, los
modernos discípulos de Cristo, que muchas
veces mostramos poco interés por orar.
Incluso nos da pena que en el trabajo, en la
escuela, en la universidad, en el
autobús, etc. nos vean orar.
Es cierto que Jesús nos pide que
"cuando vayas a orar, entra en tu aposento y
después de cerrar la puerta, ora a tu
Padre, que está allí en lo
secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te
recompensará" (Mt. 6, 6).
Pero esto no significa que debemos esperar a
llegar a casa para hablar con Dios. Lo podemos
hacer en cualquier momento siempre y cuando
tengamos la disposición y la
concentración.
Afortunadamente y como un verdadero signo de
los tiempos, el Espíritu Santo va
suscitando en personas y comunidades un deseo
profundo de orar, que día con día
va creciendo.
Lo importante es que seamos insistentes,
incansables con la paciencia de la fe y que
tengamos humildad de corazón.