Miércoles 8 de agosto de 2001


Tomando la palabra
G-8, jóvenes y violencia
Beatrice de Carrillo
beatricealamanni@hotmail.com

Génova es una ciudad antigua, silenciosa y solemne; un puerto grandioso e histórico, que fue parte de una monarquía libre y milenaria. Palacios austeros y hermosos, calles apacibles y avenidas llenas de árboles centenarios, yacen a la par de una ensenada pintoresca en el Mar Tirreno.

Tal vez por eso fue escogida, por cierto de manera extraña, esta especial y callada ciudad para ser la sede del G-8, es decir, la última reunión de los "grandes del planeta". Las ocho máximas potencias del mundo se dieron cita en Génova para decidir los destinos de la Tierra. Los ciudadanos de esta "inusual sede" estaban dudando, y con razón, de los desenlaces que podrían darse a consecuencia de esta reunión, ubicada en el majestuoso Palacio Ducal, residencia perenne de los señores de Génova.

En efecto, de toda Europa, por no decir de todo el mundo, fueron acercándose al puerto italiano nutridas delegaciones de manifestantes contrarios a la política imperialista de los "ocho señores del mundo". Con la llegada de los grupos opositores de presión, se multiplicaron las medidas de seguridad, ineficaces, prevaricadoras y poco ágiles (por no decir obstaculizadoras del proceso). Ante las evidentes expresiones amenazadoras de las fuerzas de seguridad, se enardecieron inmediatamente los ánimos y los hechos se desarrollaron entre vidrios rotos y violencia sobre las cosas y los bienes públicos y privados.

Pero la agudización de la protesta, exacerbada por el rechazo no sólo de las conversaciones del G-8, sino también por las fuerzas encargadas de reprimir la misma, provocó episodios sombríos, que mancharon cualquier deliberación de las grandes potencias.

Entre los hechos más contundentes y trágicos de esos días, destaca la muerte, a sangre fría, televisada por cadenas y emisoras del mundo, de un joven estudiante, por mano de las fuerzas de seguridad, sin excusa y sin perdón, a la vista de todos, en total estado de indefensión. Pocos, de los que presenciaron o conocieron por los medios este atroz suceso, podrán olvidarlo.

Otro semejante &emdash;que recuerda más las incursiones nazis en los ghettos durante la última guerra mundial, en lugar de ser un operativo policiaco conforme a la democracia&emdash; se realizó de noche, en una escuela que se utilizaba como albergue para miles de jóvenes manifestantes.

Hubo heridos de gravedad y destrozos inconmensurables de las pobres pertenencias de los adolescentes, así como sobre la infraestructura de la institución educativa. Lo peor fue la inutilidad de dicha intervención, pues fue realizada posterior a la sesión del G-8, quizás como una forma de castigo.

De inmediato presentaron su renuncia al cargo el Director de la Policía y el Cuestor de Génova; pero dichos "autos de fe" fueron tardíos e inútiles. Los ilustres y excelentes líderes del mundo habían presionado demasiado al gobierno italiano &emdash;conservador y precavido&emdash; para obtener medidas de seguridad absolutamente desproporcionadas y aplastantes. Dicha desproporción entre el riesgo y la amenaza no abona a un discurso de diálogo y de democracia.

Cuando el primer mundo da semejantes muestras de sí y de su poder, en contra de manifestaciones, aunque desatinadas y violentas, pero controlables seguramente con métodos científicos, civilizados y modernos, debemos temer muchísimo por la paz en el Planeta.

Millones de seres humanos sufren sin salida, en condiciones inaguantables de violación a sus derechos fundamentales, empezando por la vida y la integridad. Ante esta realidad, no solucionada ni enfrentada directamente por los grandes de la Tierra, las protestas de los jóvenes de todos los países del globo suenan más como una advertencia, que como una amenaza.

Desafortunadamente, el "miedo" de los más poderosos cerró en forma violenta el testimonio, concluyéndose con la decisión de realizar la próxima cumbre del G-8, nada menos que en la soledad de las Montañas Rocosas de Estados Unidos, lejos de los peligros y de las quejas.

Ojalá, que este deseo de privacidad y paz, para tomar las decisiones más trascendentales del planeta, no se vuelve un monólogo solitario, ciego y sordo al clamor de la Tierra.

El papa Juan Pablo II ha advertido sobre este riesgo, sobre este pecado.

Ojalá, que los que todo lo tienen no crean que lo seguirán teniendo a costa de quienes no tienen nada.

Los tiempos apremian y los jóvenes, testigos sinceros, limpios y hermosos del sentir de los tiempos, han dado su veredicto, en cuanto a quien se debe apoyar y privilegiar. Se trata de miles de millones de seres humanos, indigentes, moribundos y analfabetos.

No se trata, entonces, de "beneficiar" caritativamente a la mayoría del mundo; se trata de redistribuir lo que es de todos, para que se cumpla el principio más obvio, pero no acatado desde la noche de los tiempos, es decir, que todos somos iguales y hermanos.

La pobreza del tercer mundo, "perdonada" muy débilmente por los grandes, con una condonación estrecha de su deuda externa a uno que otro país, entre los cuales, por cierto, no figura El Salvador, no se solucionará ni ahora ni nunca, en la soledad y la seguridad de las grandes fortalezas, que no dejan escapar la equidad y que no dejan entrar la justicia.


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