- Tomando
la palabra
- G-8, jóvenes y
violencia
- Beatrice
de Carrillo
- beatricealamanni@hotmail.com
Génova
es una ciudad antigua, silenciosa y solemne; un
puerto grandioso e histórico, que fue
parte de una monarquía libre y milenaria.
Palacios austeros y hermosos, calles apacibles y
avenidas llenas de árboles centenarios,
yacen a la par de una ensenada pintoresca en el
Mar Tirreno.
Tal vez por eso fue escogida, por cierto de
manera extraña, esta especial y callada
ciudad para ser la sede del G-8, es decir, la
última reunión de los "grandes del
planeta". Las ocho máximas potencias del
mundo se dieron cita en Génova para
decidir los destinos de la Tierra. Los
ciudadanos de esta "inusual sede" estaban
dudando, y con razón, de los desenlaces
que podrían darse a consecuencia de esta
reunión, ubicada en el majestuoso Palacio
Ducal, residencia perenne de los señores
de Génova.
En efecto, de toda Europa, por no decir de
todo el mundo, fueron acercándose al
puerto italiano nutridas delegaciones de
manifestantes contrarios a la política
imperialista de los "ocho señores del
mundo". Con la llegada de los grupos opositores
de presión, se multiplicaron las medidas
de seguridad, ineficaces, prevaricadoras y poco
ágiles (por no decir obstaculizadoras del
proceso). Ante las evidentes expresiones
amenazadoras de las fuerzas de seguridad, se
enardecieron inmediatamente los ánimos y
los hechos se desarrollaron entre vidrios rotos
y violencia sobre las cosas y los bienes
públicos y privados.
Pero la agudización de la protesta,
exacerbada por el rechazo no sólo de las
conversaciones del G-8, sino también por
las fuerzas encargadas de reprimir la misma,
provocó episodios sombríos, que
mancharon cualquier deliberación de las
grandes potencias.
Entre los hechos más contundentes y
trágicos de esos días, destaca la
muerte, a sangre fría, televisada por
cadenas y emisoras del mundo, de un joven
estudiante, por mano de las fuerzas de
seguridad, sin excusa y sin perdón, a la
vista de todos, en total estado de
indefensión. Pocos, de los que
presenciaron o conocieron por los medios este
atroz suceso, podrán olvidarlo.
Otro semejante &emdash;que recuerda
más las incursiones nazis en los ghettos
durante la última guerra mundial, en
lugar de ser un operativo policiaco conforme a
la democracia&emdash; se realizó de
noche, en una escuela que se utilizaba como
albergue para miles de jóvenes
manifestantes.
Hubo heridos de gravedad y destrozos
inconmensurables de las pobres pertenencias de
los adolescentes, así como sobre la
infraestructura de la institución
educativa. Lo peor fue la inutilidad de dicha
intervención, pues fue realizada
posterior a la sesión del G-8,
quizás como una forma de castigo.
De inmediato presentaron su renuncia al cargo
el Director de la Policía y el Cuestor de
Génova; pero dichos "autos de fe" fueron
tardíos e inútiles. Los ilustres y
excelentes líderes del mundo
habían presionado demasiado al gobierno
italiano &emdash;conservador y precavido&emdash;
para obtener medidas de seguridad absolutamente
desproporcionadas y aplastantes. Dicha
desproporción entre el riesgo y la
amenaza no abona a un discurso de diálogo
y de democracia.
Cuando el primer mundo da semejantes muestras
de sí y de su poder, en contra de
manifestaciones, aunque desatinadas y violentas,
pero controlables seguramente con métodos
científicos, civilizados y modernos,
debemos temer muchísimo por la paz en el
Planeta.
Millones de seres humanos sufren sin salida,
en condiciones inaguantables de violación
a sus derechos fundamentales, empezando por la
vida y la integridad. Ante esta realidad, no
solucionada ni enfrentada directamente por los
grandes de la Tierra, las protestas de los
jóvenes de todos los países del
globo suenan más como una advertencia,
que como una amenaza.
Desafortunadamente, el "miedo" de los
más poderosos cerró en forma
violenta el testimonio, concluyéndose con
la decisión de realizar la próxima
cumbre del G-8, nada menos que en la soledad de
las Montañas Rocosas de Estados Unidos,
lejos de los peligros y de las quejas.
Ojalá, que este deseo de privacidad y
paz, para tomar las decisiones más
trascendentales del planeta, no se vuelve un
monólogo solitario, ciego y sordo al
clamor de la Tierra.
El papa Juan Pablo II ha advertido sobre este
riesgo, sobre este pecado.
Ojalá, que los que todo lo tienen no
crean que lo seguirán teniendo a costa de
quienes no tienen nada.
Los tiempos apremian y los jóvenes,
testigos sinceros, limpios y hermosos del sentir
de los tiempos, han dado su veredicto, en cuanto
a quien se debe apoyar y privilegiar. Se trata
de miles de millones de seres humanos,
indigentes, moribundos y analfabetos.
No se trata, entonces, de "beneficiar"
caritativamente a la mayoría del mundo;
se trata de redistribuir lo que es de todos,
para que se cumpla el principio más
obvio, pero no acatado desde la noche de los
tiempos, es decir, que todos somos iguales y
hermanos.
La pobreza del tercer mundo, "perdonada" muy
débilmente por los grandes, con una
condonación estrecha de su deuda externa
a uno que otro país, entre los cuales,
por cierto, no figura El Salvador, no se
solucionará ni ahora ni nunca, en la
soledad y la seguridad de las grandes
fortalezas, que no dejan escapar la equidad y
que no dejan entrar la justicia.