- Riesgos
que debemos evitar
- La acción
ciudadana que necesitamos
- Raymundo
A. Rodríguez Barrera*
A
veces pareciera que la sociedad
salvadoreña se encuentra en un franco
proceso de desarticulación y de
deterioro, ante la incontenible recurrencia de
secuestros, asesinatos, asaltos a mano armada,
robos, hurtos, violaciones, casos de maltrato
intrafamiliar, accidentes de tránsito,
irrespeto a las normas de tránsito
terrestre, falta de cumplimiento de obligaciones
civiles y mercantiles, corrupción, etc.,
etc.; circunstancias que de manera directa o
indirecta están generando en la
ciudadanía honrada actitudes de
desesperante inseguridad, acompañadas de
estados anímicos de desesperanza y de
angustia, que van desde un simple temor
razonable a situaciones de verdaderas paranoias,
que de alguna manera están entrampando
las nuevas iniciativas de inversión y
desestimulando la voluntad de continuar en el
hacer cotidiano productivo de algunos sectores
de la población activa, con el grave
riesgo de que se profundice el desarraigo
afectivo por la Patria, que más y
más gente pierda su identidad con el
país, y que la mayoría de los
ciudadanos se incline por desertar de todo, ante
la trágica disyuntiva de continuar
viviendo en el país, armado hasta los
dientes y en vigilia permanente.
El lamentable y repugnante rapto y posterior
asesinato de un menor de nueve años,
ocurrido recientemente, llevado a cabo por un
grupo de facinerosos organizados, todos de
mediana edad, sin un verdadero oficio u
ocupación acreditable, y probablemente
provenientes de sectores marginales, a quienes
la justicia deberá hacerlos pagar con
severidad por tan execrable delito, debe
movernos a reflexionar detenidamente a todos los
que conformamos este conglomerado social
salvadoreño, a efecto de dar paso a
nuestras fuerzas morales que nos identifican
como país y a que tomemos la
disposición de concurrir con nuestra
particular contribución ciudadana a
impulsar los verdaderos cambios que nuestro
país necesita para erradicar la
violencia, vencer a la impunidad, acabar con la
marginación social, terminar con la
desigualdad jurídica, extirpar la
corrupción, sanear las instituciones
públicas, vencer los resabios del pasado
conflicto bélico y todo lo que sigue
siendo su consecuencia, y hacer desaparecer
todos aquellos factores que contaminan con
inmoralidad la conciencia ciudadana y que
envilece la actividad social.
Necesitamos que el cuerpo social no
sólo se consterne ante tanto hecho
delictivo, es preciso que no se acobarde y que
se amalgame dentro de una acción civil
organizada, valiente, visionaria y propositiva,
que impulse los cambios morales que desde hace
algunos años pide a gritos el
país; cambios que deben modificar
actitudes, comportamientos, compromisos,
conceptos arcaicos, visiones y misiones
socio-económicas, arquetipos
políticos y toda concepción que
conlleva lastres de deshumanización y de
injuria social.
No sigamos permitiendo que la nobleza de
nuestro pueblo se deteriore,
fortalezcámosle la esperanza y la
certidumbre de que la acción conjunta de
todos los salvadoreños, tiene la
capacidad de civilizar y armonizar todas las
interrelaciones grupales sociales, en la medida
en que se rescaten con honestidad y
valentía los paradigmas y valores
esenciales que con culpa o sin culpa nuestra,
hemos permitido que se desvanezcan de alguna
manera, en perjuicio de la salud de todo el
cuerpo social.
Unámonos todos en una campaña
sin tiempo en contra de todo lo que nos parezca
antisocial y dañino al bien común.
Combatamos los factores endógenos y
exógenos que buscan infectar nuestra
convivencia pacífica. Liberémonos
de todo lo que implique claudicación
moral.
* Dr. en
Derecho.