Alondra con voz de
cristal
Marta Guillén Álvarez es una
de las sopranos consagradas de El Salvador. Su
inigualable y exquisita voz la llevaron a
presentarse en teatros extranjeros. Hoy, a sus
86 años, recuerda con nostalgia sus
años de gloria.
- José
Osmín Monge
- El Diario
de Hoy
- Fotos
Cesar Aviles
"No
hay mejor herencia que la educación y la
cultura", dice un pensamiento, y al parecer
éste hizo eco en don Joaquín
Guillén y doña María
Álvarez de Guillén, padres de la
llamada "voz de cristal": Martita Guillén
Álvarez.
Esta pareja de esposos se tomó la
tarea de educar a su hija de la mejor manera y
de encaminarla en el fascinante mundo de las
artes y de la música.
Su madre, una escritora y poetisa
salvadoreña, y su padre, un reconocido
diplomático, fomentaron en ella el amor
por el canto lírico.
Fue así como Martita se
convirtió en una de las mejores cantantes
de ópera de nuestro país. Su
singular talento se manifestó en teatros
de Italia, Costa Rica y El Salvador.
Hoy en día, a sus 86 años, vive
junto a uno de sus hijos y nietos, remembrando
sus momentos de gloria y deleitando con su
inigualable voz a sus allegados.
En tierras lejanas
Nacida en Santa Ana, Martita Guillén
desde pequeña demostró su
devoción por las artes, especialmente por
la música.
Sus inicios como artista se remontan cuando
era pequeña. Sus primeras lecciones de
canto las aprendió al lado del maestro
italiano Adriano La Rosa, con quien hizo su
primera presentación. Un tiempo
después recibió clases con el
barítono salvadoreño Luis
Contreras Molina.
"Desde pequeña andaba de un lado para
otro cantando. Mi papá me pedía
que cantara frente a sus amigos. Muchos quedaban
admirados por mi voz", recuerda con
alegría doña Martita.
Al
notar el prodigio de la adolescente, su padre le
brindó la oportunidad de viajar a Italia,
en donde perfeccionó la
impostación y la emisión de la
voz. Fue en un famoso conservatorio de
Milán donde la soprano Poly Randaccio y
el maestro Leopoldo Jennai instruyeron a la
joven salvadoreña.
En esas tierras lejanas tuvo el privilegio de
presentarse en diferentes teatros, alternando
con famosos tenores de aquella época e
interpretando grandes trozos
operáticos.
Después de permanecer tres años
en aquel país, Martita regresó a
El Salvador convertida en una soprano
lírica de grandes cualidades.
Época de oro
A su llegada a El Salvador participó
en la obra "La Bohemia", de Puccini, al lado del
eminente tenor costarricense Melico Salazar.
Luego llegaron otras presentaciones, entre las
que destacan "Cavallería rusticana"
(donde interpretó el personaje de
Santuzza) y "Pagliacci", interpretando a Nedda y
compartiendo honores estelares con los famosos
tenores salvadoreños Mario Farrar, Rafael
Montes y Juan de Dios Orantes. En Costa Rica
tuvo el honor de participar en la opereta "La
mazurca azul".
Eran las décadas de los cuarenta y
cincuenta cuando Martita se consagró como
la mejor cantante lírica
dramática. Los teatros en aquel entonces
lucían abarrotados por centenares de
espectadores, quienes acudían a ver a "La
Alondra", como le llamaban
cariñosamente.
Otros de los calificativos que le daban a la
soprano eran "La ruiseñora de El
Salvador" y "La voz de cristal".
"Al oírme cantar, la gente no
creía que yo era salvadoreña",
expresa doña Martita, una mujer de
carácter afable, blancos cabellos, ojos
rasgados y amplia sonrisa.
Pero sus presentaciones artísticas no
sólo se llevaron a cabo en teatros, sino
también en fiestas de amigos y en algunas
radios. En esa "época de oro"
tenía su propio programa radial, en el
que era acompañada por el pianista
Gonzalo Vela.
Artista
de noble corazón
Pero no ha sido sólo el talento
artístico lo que ha hecho grande a
Martita Guillén Álvarez, sino su
corazón generoso.
"Ha sido una artista muy querida. Su
simpatía, su calor humano y sus muestras
de bondad hacia otras personas la han convertido
en una mujer especial", manifiesta el
señor Nelson Portillo, uno de los amigos
más cercanos de la diva
salvadoreña.
Han sido todas estas cualidades las fuentes
de inspiración de muchos poetas, entre
ellos el portorriqueño Salvador Monclus,
y los salvadoreños David Escobar Galindo
y David Ernesto Marenco. Este último
escribió: "Si yo te escuchara cantar otra
vez, volaría lejos
Traería
bardos, poetas, arcanos, para que, embebidos,
aclamaran tu nombre con loca
impresión".
Hoy en día, doña Martita sigue
recordando los años de gloria,
añorando al público que otrora la
ovacionó de pie en sus presentaciones e
imaginando los suntuosos vestidos usados en las
presentaciones.
Han pasado los años, pero no
así el carisma y la simpatía que
siempre caracterizaron a esta famosa cantante de
ópera. Su amplia sonrisa, su mirada
tierna y melancólica y su exquisita voz
están aún presentes, deleitando
los ojos y los oídos de sus seres y
amigos queridos.