Miércoles 29 de agosto de 2001



























Alondra con voz de cristal

Marta Guillén Álvarez es una de las sopranos consagradas de El Salvador. Su inigualable y exquisita voz la llevaron a presentarse en teatros extranjeros. Hoy, a sus 86 años, recuerda con nostalgia sus años de gloria.

José Osmín Monge
El Diario de Hoy
Fotos Cesar Aviles

"No hay mejor herencia que la educación y la cultura", dice un pensamiento, y al parecer éste hizo eco en don Joaquín Guillén y doña María Álvarez de Guillén, padres de la llamada "voz de cristal": Martita Guillén Álvarez.

Esta pareja de esposos se tomó la tarea de educar a su hija de la mejor manera y de encaminarla en el fascinante mundo de las artes y de la música.

Su madre, una escritora y poetisa salvadoreña, y su padre, un reconocido diplomático, fomentaron en ella el amor por el canto lírico.

Fue así como Martita se convirtió en una de las mejores cantantes de ópera de nuestro país. Su singular talento se manifestó en teatros de Italia, Costa Rica y El Salvador.

Hoy en día, a sus 86 años, vive junto a uno de sus hijos y nietos, remembrando sus momentos de gloria y deleitando con su inigualable voz a sus allegados.

En tierras lejanas

Nacida en Santa Ana, Martita Guillén desde pequeña demostró su devoción por las artes, especialmente por la música.

Sus inicios como artista se remontan cuando era pequeña. Sus primeras lecciones de canto las aprendió al lado del maestro italiano Adriano La Rosa, con quien hizo su primera presentación. Un tiempo después recibió clases con el barítono salvadoreño Luis Contreras Molina.

"Desde pequeña andaba de un lado para otro cantando. Mi papá me pedía que cantara frente a sus amigos. Muchos quedaban admirados por mi voz", recuerda con alegría doña Martita.

Al notar el prodigio de la adolescente, su padre le brindó la oportunidad de viajar a Italia, en donde perfeccionó la impostación y la emisión de la voz. Fue en un famoso conservatorio de Milán donde la soprano Poly Randaccio y el maestro Leopoldo Jennai instruyeron a la joven salvadoreña.

En esas tierras lejanas tuvo el privilegio de presentarse en diferentes teatros, alternando con famosos tenores de aquella época e interpretando grandes trozos operáticos.

Después de permanecer tres años en aquel país, Martita regresó a El Salvador convertida en una soprano lírica de grandes cualidades.

Época de oro

A su llegada a El Salvador participó en la obra "La Bohemia", de Puccini, al lado del eminente tenor costarricense Melico Salazar. Luego llegaron otras presentaciones, entre las que destacan "Cavallería rusticana" (donde interpretó el personaje de Santuzza) y "Pagliacci", interpretando a Nedda y compartiendo honores estelares con los famosos tenores salvadoreños Mario Farrar, Rafael Montes y Juan de Dios Orantes. En Costa Rica tuvo el honor de participar en la opereta "La mazurca azul".

Eran las décadas de los cuarenta y cincuenta cuando Martita se consagró como la mejor cantante lírica dramática. Los teatros en aquel entonces lucían abarrotados por centenares de espectadores, quienes acudían a ver a "La Alondra", como le llamaban cariñosamente.

Otros de los calificativos que le daban a la soprano eran "La ruiseñora de El Salvador" y "La voz de cristal".

"Al oírme cantar, la gente no creía que yo era salvadoreña", expresa doña Martita, una mujer de carácter afable, blancos cabellos, ojos rasgados y amplia sonrisa.

Pero sus presentaciones artísticas no sólo se llevaron a cabo en teatros, sino también en fiestas de amigos y en algunas radios. En esa "época de oro" tenía su propio programa radial, en el que era acompañada por el pianista Gonzalo Vela.

Artista de noble corazón

Pero no ha sido sólo el talento artístico lo que ha hecho grande a Martita Guillén Álvarez, sino su corazón generoso.

"Ha sido una artista muy querida. Su simpatía, su calor humano y sus muestras de bondad hacia otras personas la han convertido en una mujer especial", manifiesta el señor Nelson Portillo, uno de los amigos más cercanos de la diva salvadoreña.

Han sido todas estas cualidades las fuentes de inspiración de muchos poetas, entre ellos el portorriqueño Salvador Monclus, y los salvadoreños David Escobar Galindo y David Ernesto Marenco. Este último escribió: "Si yo te escuchara cantar otra vez, volaría lejos… Traería bardos, poetas, arcanos, para que, embebidos, aclamaran tu nombre con loca impresión".

Hoy en día, doña Martita sigue recordando los años de gloria, añorando al público que otrora la ovacionó de pie en sus presentaciones e imaginando los suntuosos vestidos usados en las presentaciones.

Han pasado los años, pero no así el carisma y la simpatía que siempre caracterizaron a esta famosa cantante de ópera. Su amplia sonrisa, su mirada tierna y melancólica y su exquisita voz están aún presentes, deleitando los ojos y los oídos de sus seres y amigos queridos.





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