Sentido
común
Septiembre y
noviembre
Ricardo
Rivas*
Stalin
decía que implantar el socialismo en
Polonia era tan complicado como ensillar una
vaca -y tenía razón-. La
metáfora me asalta la cabeza, cuando me
percato de la desazón con la que algunos
conciudadanos perciben las elecciones internas
de ARENA y el FMLN, programadas para septiembre
y noviembre, respectivamente. Al tenor de tan
respetables opiniones, casi casi que
sería más fácil ensillar la
vaca de Stalin a esperar que algo bueno pueda
resultar de esos procesos. Aunque uno entiende
los motivos de semejante zozobra, pienso que
aún existen buenas y suficientes razones
para seguir, con sana expectativa, los sucesos
políticos que ambos institutos tienen en
agenda para esos meses.
Comencemos por hacer un reconocimiento
tácito con el que muy pocos
podrían estar en desacuerdo: El Salvador
de hoy ya no es El Salvador de antes, ni de
antes de la guerra ni de antes de la paz. El
país ha cambiado, y para bien.
Sólo alguien con "ojo" o "pujo"
escaparía a tan evidente
observación.
Unos más, otros menos, los partidos
políticos también han cambiado. De
hecho, el lío que hoy se tienen ARENA y
del FMLN tiene que ver con este tema y con las
presiones que de ahí resultan; presiones
por todos lados, unos para cambiar y otros para
no hacerlo. En ARENA, la pugna es generacional y
se da entre los que condujeron el partido
durante la guerra y los que le conducen -o le
pretenden conducir- en la paz. En el Frente,
donde ese espacio generacional aún no se
abre, la disputa por la dirección se
plantea entre los que hicieron la guerra, y los
que también hicieron la guerra. De
ahí, quizá, el desempate en favor
de ARENA.
Si las cosas le salen bien al partido en el
gobierno, esta no sería la primera vez
que ARENA se adelanta a sus adversarios
políticos, y logra, sin mayores
traumatismos, anteponer la modernidad y la
cohesión institucional por delante de los
pleitos internos y de quienes pretenden
anquilosarse por los siglos de los siglos, en
las marquesinas partidarias. El primer
movimiento en este sentido se dio en 1989 con
Alfredo Cristiani: el jaque fue de d'Aubuisson a
la Democracia Cristiana. El segundo vino nueve
años después con Francisco Flores:
el jaque fue de Flores al FMLN y a algunas
estructuras de su mismo partido. Ahora ARENA se
prepara a efectuar el tercero y no menos
importante de sus movimientos, y aunque -al
menos en apariencia- el humo blanco parezca
revolotear circunspecto sobre las cabezas de dos
de sus líderes tradicionales, algo nos
dice que el ungido terminará siendo un
tercero. La manija de ARENA la tiene el
presidente Flores.
Por el lado del Frente, las cosas
están menos claras. El traqueteo sigue
siendo entre ex comandantes y, sobre la
dirigencia nacional, aún es prematuro
advertir la posibilidad de un refrescamiento
parecido al que se dio hace casi un año
en el COENA. Eso nos lleva a pensar que, en el
FMLN, la manija aún no tiene
dueño.
La presión generacional por un cambio
en la forma de hacer las cosas en
política ya es inevitable. La
cuestión no es tanto de edades cuanto de
criterios. Todos somos hijos de una época
concreta, de un lugar concreto y de un conjunto
único de relaciones. Lo que fue bueno
ayer, no tiene necesariamente por qué
serlo ahora. Además, mucho de lo positivo
y negativo del ayer, ya ni siquiera existe en la
mente de las nuevas generaciones. Eso explica,
en parte, el porqué una clase
política que funciona en el ayer, se
esté topando con la indiferencia de
quienes vivimos en el hoy.
La amenaza para nuestras democracias ya no
son los polos ideológicos, tan contrarios
a la naturaleza misma de la gente; ahí
están el comunismo y el fascismo para
parar de contar. Ahora el peligro latente se
llama populismo, y eso es lo que nos puede caer
encima si nuestros partidos le apuestan a la
esclerosis política.
El Salvador no necesita de "especialistas" en
derecha o izquierda, lo que necesitamos son
salvadoreños con el impulso ético
suficiente para comprometerse con sus ideales.
Además de lealtad a los principios, se
requiere también de voluntad, fuerza,
autoorganización, cooperación
solidaria y, sobre todo, capacidad para entender
que ni los abolengos partidarios ni la
experiencia política sirven de mucho, si
al final de cuentas no son empleados para
resolver los problemas concretos de la
gente.
Nunca antes unas elecciones internas
sirvieron para advertir con meridiana claridad y
anticipación el futuro político de
ARENA y el FMLN, como las programadas para
septiembre y noviembre próximo. Si
triunfa la modernidad, triunfaremos todos. Si
no, perderemos todos.