Santa
Ana
Demasiados
crímenes aún sin resolver
La balanza sigue inclinada a favor de los
homicidas. Seis de siete casos de menores
asesinados están archivados en la
Fiscalía de Santa Ana
- Rosemarié
Mixco/
- Wenceslao
Martínez Hijo
- El Diario
de Hoy
Los
niños fueron el objetivo de siete
criminales. Algunos sufrieron más que
otros, pero todos están muertos. Poco se
sabe de las circunstancias en que fueron
asesinados, mucho menos de la identidad de los
responsables.
En apariencia, el miedo es el culpable de que
los casos estén estancados.
Investigadores y fiscales ven frustradas sus
intenciones al chocar con la falta de
colaboración de los ciudadanos.
Comunidades enteras callan por temor a morir a
manos de los homicidas. Las pistas que
podrían aclarar los hechos son muy
pocas.
Jeffrey Rafael Menjívar Polanco, de 15
años, murió la madrugada del 29 de
junio del año pasado. Un grupo de
"mareros" le asestó ocho puñaladas
el mediodía del 28 de junio de 2000 en el
Parque Francisco Menéndez.
El motivo del homicidio: el robo. Los
pandilleros le envidiaban sus zapatos nuevos y
su reloj de puño. El menor se negó
a entregarlos y ese fue su error. El caso
está sobreaveriguar.
En agosto de ese mismo año, Sandra
Patricia Colindres, de 11 años, fue
asesinada en un punto de asalto. Ella viajaba
como pasajera en el pick up de su padre, Miguel
Angel, quien conducía.
Los delincuentes atacaron el automotor en una
de las calles del cantón Sabanetas, en
Chalchuapa, Santa Ana. Una de las balas
hirió al conductor, quien perdió
el control y volcó.
Curiosos se acercaron al carro y auxiliaron a
Miguel Angel, quien al tratar de ayudar a su
hija se dio cuenta de que estaba muerta.
Aún no han identificado a los
homicidas.
El 7 de noviembre de 2000, una granada
explotó en una humilde vivienda del
cantón Cantarrana, en la periferia de la
cabecera santaneca. Dentro departían
siete personas. La explosión causó
heridas en seis de ellas y mató a
Cristian Adonay Campos Segura, de 7 años.
En un inicio, la Policía
responsabilizó a grupos de "maras " que
operan en esa zona de la ciudad Santa Ana. Se
investiga el caso.
Antes de las fiestas navideñas de ese
año, las autoridades fiscales conocieron
de otro homicidio. Erick Alexander
Ramírez, de 14 años, fue asesinado
en un punto de asalto. Los delincuentes estaban
en el caserío Los Elizondos, de
Coatepeque.
El joven viajaba en un pick up junto con
otras personas. Los asaltantes dispararon contra
el automotor, porque su conductor no detuvo la
marcha. Una bala perforó una de las
llantas traseras del vehículo y cuatro
más hicieron blanco en el cuerpo del
adolescente. Del caso poco se sabe, de las
investigaciones menos.
Antes del quinto mes
El domingo 29 de abril de 2001, se
reportó el extravío de la joven
Sandra Guadalupe Lemus, de 16 años. La
menor fue asesinada la noche de ese día,
a 50 metros de su casa, en la ciudad
Metapán, Santa Ana.
La Policía encontró el
cadáver. No se ha establecido el
móvil del asesinato: no hubo robo ni
abusos ni maltrato. Sólo un balazo en la
cabeza.
La Fiscalía no ha avanzado en la
investigación del caso. Los resultados de
la autopsia practicada a la niña
aún se desconocen. Se ignora el nombre
del asesino.
Diecisiete días después, en la
avenida Fray Felipe de Jesús Moraga,
entre la 15a. y 17 a. calles Poniente, de Santa
Ana, Misael de Jesús Castellanos
mató a Yesenia del Carmen Mendoza
Galindo, de 8 años.
La niña miraba un programa de
televisión en la sala del comedor
Carmencita. El homicida llegó al negocio,
bebió una cerveza y luego se paró
en la entrada y disparó varias veces
hacia el interior del local.
La pequeña quedó muerta sobre
el sofá donde estaba sentada. Una turba
persiguió al responsable con deseos de
lincharlo, pero este logró refugiarse en
un puesto policial. Hoy enfrenta
detención provisional y espera un juicio
por homicidio.
Entre los últimos crímenes que
han indignado a la población santaneca
está el de Carlos Ernesto Martínez
Vega, de 4 años. El pequeño se
extravió la noche del 12 de junio, en el
cantón Loma Alta.
El cadáver del menor fue localizado en
la finca El Sinaí, contiguo a la hacienda
donde vivía con sus padres. Cerca de su
cuerpo, los investigadores encontraron una rosa
plástica de pétalos rojos y
blancos y una cinta de zapato de adulto.
Diez días después, los fiscales
recibieron los resultados de la autopsia
practicada al cadáver de Carlos Ernesto.
El homicida le metió una piedra en su
garganta que le provocó asfixia. La
presión dentro del cuello provocó
que la roca se fragmentara. Los tímpanos
del niño estallaron antes de morir.
Los forenses efectuaron un hisopado rectal al
cadáver del niño, para verificar
si había sido agredido sexualmente. Los
resultados fueron negativos. Las averiguaciones
continúan.