Tema
para meditar
En el umbral de la
posmodernidad
Luis
Fernández Cuervo
La modernidad es una época de
límites borrosos, que abarca más o
menos desde la segunda mitad del siglo XVIII
hasta la octava década del siglo XX.
Todas las ilusiones que tenían los
"Ilustrados" del siglo XVIII en que el avance
del racionalismo y de la ciencia traerían
años de paz y de felicidad para todo el
mundo en los siglos venideros, se vinieron abajo
cuando, tras la sangrienta Revolución
Francesa y la tiranía napoleónica,
vinieron las revoluciones y guerras europeas del
siglo XIX, para desembocar después en las
guerras y calamidades mundiales del siglo XX, en
el que las revoluciones, tiranías,
atentados terroristas y matanzas de millones de
personas alcanzaron dimensiones universales,
superando con mucho a todo el conjunto de
barbaridades de los anteriores siglos.
¿Qué había pasado con
aquel fanatismo por la diosa Razón? Goya,
el pintor español que vio y sufrió
los desastres de la guerra contra
Napoleón, lo sentenció,
proféticamente, en uno de sus grabados
más geniales: "El sueño de la
razón produce monstruos". La soberbia de
una Razón desvinculada de la moral y
enemiga de Dios, había engendrado en la
sangre de innumerables víctimas del
nazismo, del comunismo en sus distintas
versiones y países, de la doble masacre
de las bombas atómicas sobre la
población civil de Hiroshima y Nagasaki,
para culminar en lo que el gran historiador
Pierre Chaunu ha definido como "la
vergüenza de esta época": el
genocidio silencioso del aborto legal en tantos
países, con un largo etcétera de
diversos atentados contra la felicidad
humana.
¿La modernidad había muerto?
Muchos intelectuales así lo dijeron y
comenzó a hablarse de la posmodernidad,
aunque los rasgos, perfiles y actitudes de esta
nueva época de la historia universal no
se ven aún muy definidos ni se puede
decir que el nuevo tercer milenio en el que
vamos entrando vaya a superar, a corto plazo,
los peores aspectos de lo que deja
atrás.
¿Cuáles son esos perfiles de la
posmodernidad? Apuntaré algunos.
Seguirá el progreso científico
y tecnológico, con protagonistas de muy
distinto origen racial, cultural y religioso,
pero con un predominio claro de los Estados
Unidos en poderío de medios. La aventura
espacial logrará récords ahora
impensables. En cuanto a recursos naturales y
fabricados, entramos en este milenio con una
abundancia patente. El bienestar material
alcanza niveles cada vez mayores. El gran
aumento de la población, contra las
predicciones catastrofistas, fue superado por un
muchísimo mayor aumento de alimentos y
recursos minerales e industriales. Hasta
ahí todo es exitoso y lo lógico es
que siga creciendo a igual o mayor ritmo.
Pero los aspectos sombríos no faltan
en este panorama.
Cabe preguntarse: Esas riquezas, ese
bienestar material, ¿están
repartidos con justicia? ¿Lo
científico y lo técnico
seguirán desligados de otros aspectos y
posicionamientos vitales? ¿Seguirán
las masacres de los seres humanos no
nacidos?
La ciencia trabajó ayer en ese mundo
casi autónomo donde la ética poco
tenía que decir. Pero hoy, y
especialmente en lo que se refiere a la
tecnobiología, será muy
difícil que se desligue de la
ética sin producir graves problemas
humanos de consecuencias sociales terribles.
Pues de la fabricación de niños en
laboratorio, hemos pasado a la posibilidad
técnica de clonaciones humanas y no
faltará alguno que quiera hacer
hibridaciones monstruosas, mezclando
células humanas y animales.
Ante este panorama ambiguo, de luces
esplendorosas y tenebrosas sombras, posiblemente
es Juan Pablo II la personalidad que, a pesar de
sus años y su disminuida salud, entra en
el tercer milenio con mayor empuje, optimismo y
esperanza, como demuestra en su Carta
Apostólica Novo Millennio Ineunte.
El Papa pone gran parte de esa esperanza en
la juventud (nombrándola "centinela de la
mañana" en la aurora del nuevo milenio)
pues nadie ha podido reunir como él esas
entusiastas y juveniles multitudes. Del Jubileo
del año 2000, señala como imagen
más viva y memorable su encuentro con la
multitud de jóvenes "con los cuales he
podido establecer una especie de diálogo
privilegiado, basado en una recíproca
simpatía y un profundo entendimiento"...
"Después los vi deambular por la ciudad,
alegres como deben ser los jóvenes, pero
también reflexivos, deseosos de
oración, de sentido y de amistad
verdadera". Señala después la
sorpresa, para él y para tantos, al
comprobar "el mensaje de una juventud que
expresa un deseo profundo, a pesar de posibles
ambigüedades, de aquellos valores
auténticos que tienen su plenitud en
Cristo. ¿No es, tal vez, Cristo el secreto
de la verdadera libertad y de la alegría
profunda del corazón? ¿No es Cristo
el amigo supremo y a la vez el educador de toda
amistad auténtica?"
Juan Pablo II señala, como retos
actuales, el desequilibrio ecológico, los
problemas de la paz, el injusto reparto de los
bienes materiales ("dejando no sólo a
millones y millones de personas al margen del
progreso, sino a vivir en condiciones de vida
muy por debajo del mínimo requerido por
la dignidad humana). "Denuncia también
"el vilipendio de los derechos humanos
fundamentales" de tantas personas especialmente
de los niños. Pide un serio y valiente
compromiso "en la defensa del respeto a la vida
de cada ser humano desde la concepción
hasta su ocaso natural".
En cuanto al ecumenismo y el "diálogo
interreligioso", el Papa mantiene y recuerda el
compromiso suyo y de la Iglesia Católica
de establecer "una relación de apertura y
diálogo con representantes de otras
religiones", sin que ese diálogo se base
en la indiferencia religiosa y en cambio sea una
firme base para la paz mundial y para "alejar el
espectro funesto de las guerras de
religión que han bañado de sangre
tantos períodos en la historia de la
humanidad.
"El nombre del único Dios" -afirma-
"tiene que ser cada vez más, como ya es
de por sí, un nombre de paz y un
imperativo de paz".