Lunes 13 de agosto de 2001


Tema para meditar
En el umbral de la posmodernidad
Luis Fernández Cuervo

La modernidad es una época de límites borrosos, que abarca más o menos desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta la octava década del siglo XX. Todas las ilusiones que tenían los "Ilustrados" del siglo XVIII en que el avance del racionalismo y de la ciencia traerían años de paz y de felicidad para todo el mundo en los siglos venideros, se vinieron abajo cuando, tras la sangrienta Revolución Francesa y la tiranía napoleónica, vinieron las revoluciones y guerras europeas del siglo XIX, para desembocar después en las guerras y calamidades mundiales del siglo XX, en el que las revoluciones, tiranías, atentados terroristas y matanzas de millones de personas alcanzaron dimensiones universales, superando con mucho a todo el conjunto de barbaridades de los anteriores siglos.

¿Qué había pasado con aquel fanatismo por la diosa Razón? Goya, el pintor español que vio y sufrió los desastres de la guerra contra Napoleón, lo sentenció, proféticamente, en uno de sus grabados más geniales: "El sueño de la razón produce monstruos". La soberbia de una Razón desvinculada de la moral y enemiga de Dios, había engendrado en la sangre de innumerables víctimas del nazismo, del comunismo en sus distintas versiones y países, de la doble masacre de las bombas atómicas sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki, para culminar en lo que el gran historiador Pierre Chaunu ha definido como "la vergüenza de esta época": el genocidio silencioso del aborto legal en tantos países, con un largo etcétera de diversos atentados contra la felicidad humana.

¿La modernidad había muerto? Muchos intelectuales así lo dijeron y comenzó a hablarse de la posmodernidad, aunque los rasgos, perfiles y actitudes de esta nueva época de la historia universal no se ven aún muy definidos ni se puede decir que el nuevo tercer milenio en el que vamos entrando vaya a superar, a corto plazo, los peores aspectos de lo que deja atrás.

¿Cuáles son esos perfiles de la posmodernidad? Apuntaré algunos.

Seguirá el progreso científico y tecnológico, con protagonistas de muy distinto origen racial, cultural y religioso, pero con un predominio claro de los Estados Unidos en poderío de medios. La aventura espacial logrará récords ahora impensables. En cuanto a recursos naturales y fabricados, entramos en este milenio con una abundancia patente. El bienestar material alcanza niveles cada vez mayores. El gran aumento de la población, contra las predicciones catastrofistas, fue superado por un muchísimo mayor aumento de alimentos y recursos minerales e industriales. Hasta ahí todo es exitoso y lo lógico es que siga creciendo a igual o mayor ritmo.

Pero los aspectos sombríos no faltan en este panorama.

Cabe preguntarse: Esas riquezas, ese bienestar material, ¿están repartidos con justicia? ¿Lo científico y lo técnico seguirán desligados de otros aspectos y posicionamientos vitales? ¿Seguirán las masacres de los seres humanos no nacidos?

La ciencia trabajó ayer en ese mundo casi autónomo donde la ética poco tenía que decir. Pero hoy, y especialmente en lo que se refiere a la tecnobiología, será muy difícil que se desligue de la ética sin producir graves problemas humanos de consecuencias sociales terribles. Pues de la fabricación de niños en laboratorio, hemos pasado a la posibilidad técnica de clonaciones humanas y no faltará alguno que quiera hacer hibridaciones monstruosas, mezclando células humanas y animales.

Ante este panorama ambiguo, de luces esplendorosas y tenebrosas sombras, posiblemente es Juan Pablo II la personalidad que, a pesar de sus años y su disminuida salud, entra en el tercer milenio con mayor empuje, optimismo y esperanza, como demuestra en su Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte.

El Papa pone gran parte de esa esperanza en la juventud (nombrándola "centinela de la mañana" en la aurora del nuevo milenio) pues nadie ha podido reunir como él esas entusiastas y juveniles multitudes. Del Jubileo del año 2000, señala como imagen más viva y memorable su encuentro con la multitud de jóvenes "con los cuales he podido establecer una especie de diálogo privilegiado, basado en una recíproca simpatía y un profundo entendimiento"... "Después los vi deambular por la ciudad, alegres como deben ser los jóvenes, pero también reflexivos, deseosos de oración, de sentido y de amistad verdadera". Señala después la sorpresa, para él y para tantos, al comprobar "el mensaje de una juventud que expresa un deseo profundo, a pesar de posibles ambigüedades, de aquellos valores auténticos que tienen su plenitud en Cristo. ¿No es, tal vez, Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda del corazón? ¿No es Cristo el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad auténtica?"

Juan Pablo II señala, como retos actuales, el desequilibrio ecológico, los problemas de la paz, el injusto reparto de los bienes materiales ("dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana). "Denuncia también "el vilipendio de los derechos humanos fundamentales" de tantas personas especialmente de los niños. Pide un serio y valiente compromiso "en la defensa del respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su ocaso natural".

En cuanto al ecumenismo y el "diálogo interreligioso", el Papa mantiene y recuerda el compromiso suyo y de la Iglesia Católica de establecer "una relación de apertura y diálogo con representantes de otras religiones", sin que ese diálogo se base en la indiferencia religiosa y en cambio sea una firme base para la paz mundial y para "alejar el espectro funesto de las guerras de religión que han bañado de sangre tantos períodos en la historia de la humanidad.

"El nombre del único Dios" -afirma- "tiene que ser cada vez más, como ya es de por sí, un nombre de paz y un imperativo de paz".


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