De escapes y
escapatorias
Hoy, no sé por qué se me
hizo hasta frívolo escribir de libros. Y
es que, mi estimado lector, digo "se me hizo
frívolo" porque antes de escribir
imaginé una columna en la que, como
siempre, diría que los libros son el
escape perfecto de la realidad, que sin quererlo
ellos se han convertido en psicólogos,
maestros, padres, consejeros, amigos, referencia
del mundo y para algunos en cerebros de
alquiler.
Por
Telena
Iba
a escribir (que vergüenza) de manera
terrible. Una desgracia. Iba a escribir de los
libros que todos, o casi todos,
deberíamos leer para bien de nuestras
pobres neuronas. Algo así como
"llévese de vacaciones a su cerebro y
paséelo por un estimulante libro", pero
no. Al final me pareció ofensivo para los
lectores. Sí, porque apuesto a que usted
lee.
Entonces empecé a dar vueltas, a
pensar ideas pero no vino ninguna. No las culpo.
Mi mente está, últimamente, en
otra parte.
Como muchos, pensé en abandonar el
país. La violencia, como siempre, la
violencia.
Y para no echarle la culpa a una sola cosa
también pensé en la
situación económica. Luego, para
que le hiciera compañía a la
economía recordé a los muy
conocidos terremotos. Sí, ellos
también tienen la culpa. ¿Por
qué no? Hay quienes se van del
país por falta de oportunidades, porque
nos pasa como a los árboles cerca de la
Matías Delgado: no los dejaron
crecer.
Porque yo puedo escribir mucho sobre la
lectura y los libros pero a veces no estoy
segura si sirve de algo en un país donde
las casas de valor histórico caen antes
de ser reconstruídas, donde hay libros
excelentes de escritores salvadoreños que
no son leídos y donde el espacio, en
general, para la cultura es poco.
Pero claro, están aquellas personas
que no necesitan motivos para marcharse del
país.
Sea cual sea la razón es triste
desalojar un país, especialmente si es
bello como éste y si su gente es, por
naturaleza, de alma sencilla y alegre.
Es triste tener que marcharse pero
también es triste vivir así. Vivir
sin espacios, vivir con miedo, vivir sin anhelos
y cada día con más rabia y
frustración.
Al final, me imagino que estoy en una inmensa
novela cuyo descenlace desconozco.
¿Cómo escapar de lo que no
existe?
¿Seré uno de esos personajes que
desaparecen en medio del relato o uno de esos
que se quedan y resisten? ¿Seré uno
de esos personajes alegres o uno lúgubre?
¿Cuál personaje cree que es
usted?