Tiempo de vacas
flacas
- Salvador
Samayoa
Ya
no hay manera de soslayar la situación.
Ya no podemos seguir con circunloquios y
eufemismos, rebuscando las palabras para no
llamar a las cosas por su nombre. No podemos
seguir en el país de los avestruces,
enterrando la cabeza para no ver las cosas. La
mano viene mala. Los sueños se
desvanecen. Sólo nos queda el
sueño del Faraón a orillas del
Nilo.
Cuenta el libro del Génesis que cuando
Faraón despertó estremecido de su
sueño, mandó a llamar a todos los
adivinos y sabios de Egipto, pero nadie pudo
darle una explicación. Entonces
llamó a José. Vienen siete
años de hambre; siete años de
sequía y de tremenda escasez que
agotarán al país, dijo el humilde
esclavo. Y aconsejó a Faraón que
pusiera un hombre prudente y sabio al frente de
Egipto para organizar la recaudación de
una quinta parte de las cosechas mientras
hubiera todavía abundancia. De esta
manera, el pueblo no moriría de hambre en
los tiempos de vacas flacas.
Aquí la historia es un poco diferente.
Ni la recaudación del trigo se asemeja al
ahorro nacional ni la quinta parte de las
cosechas confiscadas se parece a la carga
tributaria ni estamos exhibiendo toda la
sabiduría o la prudencia necesaria en la
conducción de los asuntos del Estado.
Sólo tenemos las vacas; las feas y las
flacas.
Tenemos un dicho para referirnos a las
personas que no quieren o no pueden entender o
aceptar las cosas evidentes. Es un símil
de caseta de teléfono público. No
les cae la peseta, decimos, porque el dicho
viene de tiempos en que todo era más
barato. La idea es que a algunas personas no se
les activan los circuitos; los del cerebro, se
entiende. Pues bien, a muchos en nuestro
país no les cayó la peseta ni con
los terremotos. Simplemente siguieron viviendo
en el país de las maravillas.
La situación ya era grave. La pobreza
se había duplicado en un mes, pero
nosotros seguíamos igual. Los terremotos
sacudieron la tierra, pero no sacudieron la
conciencia nacional. Parece increíble,
pero así ocurrió: ni se
consideró seriamente la necesidad de
modificar la política fiscal en
situación de emergencia nacional.
Pocas voces se levantaron entonces, a pesar
de la llamada de atención de algunos
países en la reunión de Madrid.
¿Cómo era posible que
pidiéramos ayuda externa sin hacer el
esfuerzo fiscal que nos correspondía?
Pocas voces en medio del silencio. Pocas y sin
poder decisorio. El gobierno apostó a
otras cartas; los partidos siguieron
viéndose el ombligo. Unos más,
otros menos. Las cúpulas empresariales se
asomaron, pero al final no se atrevieron a
entrar.
La situación ya era grave sin
sequía y sin colapso del café.
Ahora es, simplemente, insostenible. Las
apuestas económicas del país
pueden ser válidas, pero tienen sus
tiempos. Lo mismo ocurre con la lógica
general de la política económica
del gobierno: puede ser válida, pero
tiene sus tiempos. La crisis, en cambio, es
ahora.
El Ministro de Hacienda ha anunciado medidas
drásticas de austeridad en el gasto
público y debe contar con el apoyo de
todos, a condición de que no se haga un
corte parejo, porque no es pareja la
situación de los salvadoreños.
Creemos que necesita, además, promulgar
medidas correspondientes en el lado de los
ingresos del Estado, pero no se atreve
aún. Y no se atreve porque este es el
tipo de cosas que un gobierno sólo puede
hacer con amplio respaldo de fuerzas
políticas, económicas y
sociales.
Aquí es donde encajan las lecciones
del relato del Génesis. Necesitamos
sabiduría y prudencia en tiempos de vacas
flacas. Sabiduría para entender que en
situaciones como ésta, el libre juego de
las fuerzas del mercado necesita más que
nunca el correctivo de la solidaridad. Prudencia
para entender que en situaciones como
ésta, el buen gobierno necesita
más que nunca del diálogo
político con todos los sectores.
La responsabilidad social no puede ser
abstracta ni quedarse en el ámbito de la
buena voluntad de las personas. La solidaridad
no es sinónimo de caridad. Para que sea
efectiva, se debe inducir y expresar claramente
en la estructura fiscal del Estado. Aquí
no se trata de que los ricos ayuden a los
pobres. Se trata de asegurar, sin dogmatismos,
en planos estructurales e institucionales, que
el Estado tenga los recursos necesarios para
corregir una situación que no debe ser
abandonada al pulso de la mano invisible del
mercado.
En tiempos de vacas flacas cualquier reforma
fiscal requiere inteligencia, sensibilidad y
arte político. La gente está
perdiendo empleos. Los que pueden conservarlos,
tienen que pagar más por los alimentos y
por los servicios básicos. Muchos
empresarios se han asomado o han caído ya
en el abismo de la quiebra. Y la paradoja es que
cuando menor capacidad y voluntad tiene la gente
para el pago de impuestos, es cuando más
recursos necesita el Estado para dar forma
institucional y efectividad a la solidaridad
social.
Con la disciplina y la austeridad en el gasto
público se pueden desactivar algunas de
las resistencias de la población al pago
de impuestos y se puede asegurar mejor la
transferencia de recursos hacia sectores
económicos y sociales más
necesitados, pero lo que más necesita el
gobierno y el país es aumentar el caudal
de la economía y de la hacienda
pública, y eso pasa, inevitablemente, por
coordenadas de diálogo y
concertación con todo el liderazgo del
país.
En este campo, los conductos están
bastante obstruidos. Eso es tanto o más
preocupante que la propia crisis
económica. Se han acumulado en los
últimos meses prejuicios y
animadversiones de toda índole. La
arrogancia ha prevalecido sobre la
sabiduría y la prudencia, hasta el punto
de dinamitar los estrechos y maltrechos puentes
de comunicación que en otro momento se
construyeron.
Es hora reconstruir esos puentes.
Todavía tenemos abundantes.
Todavía tenemos tiempo y variados
recursos para enfrentar la escasez y evitar que
el pueblo pase hambre. El Salvador puede salir
adelante, pero se debe preparar porque ya se oye
el mugido de las vacas flacas.