Jueves 26 de julio de 2001


Tiempo de vacas flacas
Salvador Samayoa

Ya no hay manera de soslayar la situación. Ya no podemos seguir con circunloquios y eufemismos, rebuscando las palabras para no llamar a las cosas por su nombre. No podemos seguir en el país de los avestruces, enterrando la cabeza para no ver las cosas. La mano viene mala. Los sueños se desvanecen. Sólo nos queda el sueño del Faraón a orillas del Nilo.

Cuenta el libro del Génesis que cuando Faraón despertó estremecido de su sueño, mandó a llamar a todos los adivinos y sabios de Egipto, pero nadie pudo darle una explicación. Entonces llamó a José. Vienen siete años de hambre; siete años de sequía y de tremenda escasez que agotarán al país, dijo el humilde esclavo. Y aconsejó a Faraón que pusiera un hombre prudente y sabio al frente de Egipto para organizar la recaudación de una quinta parte de las cosechas mientras hubiera todavía abundancia. De esta manera, el pueblo no moriría de hambre en los tiempos de vacas flacas.

Aquí la historia es un poco diferente. Ni la recaudación del trigo se asemeja al ahorro nacional ni la quinta parte de las cosechas confiscadas se parece a la carga tributaria ni estamos exhibiendo toda la sabiduría o la prudencia necesaria en la conducción de los asuntos del Estado. Sólo tenemos las vacas; las feas y las flacas.

Tenemos un dicho para referirnos a las personas que no quieren o no pueden entender o aceptar las cosas evidentes. Es un símil de caseta de teléfono público. No les cae la peseta, decimos, porque el dicho viene de tiempos en que todo era más barato. La idea es que a algunas personas no se les activan los circuitos; los del cerebro, se entiende. Pues bien, a muchos en nuestro país no les cayó la peseta ni con los terremotos. Simplemente siguieron viviendo en el país de las maravillas.

La situación ya era grave. La pobreza se había duplicado en un mes, pero nosotros seguíamos igual. Los terremotos sacudieron la tierra, pero no sacudieron la conciencia nacional. Parece increíble, pero así ocurrió: ni se consideró seriamente la necesidad de modificar la política fiscal en situación de emergencia nacional.

Pocas voces se levantaron entonces, a pesar de la llamada de atención de algunos países en la reunión de Madrid. ¿Cómo era posible que pidiéramos ayuda externa sin hacer el esfuerzo fiscal que nos correspondía? Pocas voces en medio del silencio. Pocas y sin poder decisorio. El gobierno apostó a otras cartas; los partidos siguieron viéndose el ombligo. Unos más, otros menos. Las cúpulas empresariales se asomaron, pero al final no se atrevieron a entrar.

La situación ya era grave sin sequía y sin colapso del café. Ahora es, simplemente, insostenible. Las apuestas económicas del país pueden ser válidas, pero tienen sus tiempos. Lo mismo ocurre con la lógica general de la política económica del gobierno: puede ser válida, pero tiene sus tiempos. La crisis, en cambio, es ahora.

El Ministro de Hacienda ha anunciado medidas drásticas de austeridad en el gasto público y debe contar con el apoyo de todos, a condición de que no se haga un corte parejo, porque no es pareja la situación de los salvadoreños. Creemos que necesita, además, promulgar medidas correspondientes en el lado de los ingresos del Estado, pero no se atreve aún. Y no se atreve porque este es el tipo de cosas que un gobierno sólo puede hacer con amplio respaldo de fuerzas políticas, económicas y sociales.

Aquí es donde encajan las lecciones del relato del Génesis. Necesitamos sabiduría y prudencia en tiempos de vacas flacas. Sabiduría para entender que en situaciones como ésta, el libre juego de las fuerzas del mercado necesita más que nunca el correctivo de la solidaridad. Prudencia para entender que en situaciones como ésta, el buen gobierno necesita más que nunca del diálogo político con todos los sectores.

La responsabilidad social no puede ser abstracta ni quedarse en el ámbito de la buena voluntad de las personas. La solidaridad no es sinónimo de caridad. Para que sea efectiva, se debe inducir y expresar claramente en la estructura fiscal del Estado. Aquí no se trata de que los ricos ayuden a los pobres. Se trata de asegurar, sin dogmatismos, en planos estructurales e institucionales, que el Estado tenga los recursos necesarios para corregir una situación que no debe ser abandonada al pulso de la mano invisible del mercado.

En tiempos de vacas flacas cualquier reforma fiscal requiere inteligencia, sensibilidad y arte político. La gente está perdiendo empleos. Los que pueden conservarlos, tienen que pagar más por los alimentos y por los servicios básicos. Muchos empresarios se han asomado o han caído ya en el abismo de la quiebra. Y la paradoja es que cuando menor capacidad y voluntad tiene la gente para el pago de impuestos, es cuando más recursos necesita el Estado para dar forma institucional y efectividad a la solidaridad social.

Con la disciplina y la austeridad en el gasto público se pueden desactivar algunas de las resistencias de la población al pago de impuestos y se puede asegurar mejor la transferencia de recursos hacia sectores económicos y sociales más necesitados, pero lo que más necesita el gobierno y el país es aumentar el caudal de la economía y de la hacienda pública, y eso pasa, inevitablemente, por coordenadas de diálogo y concertación con todo el liderazgo del país.

En este campo, los conductos están bastante obstruidos. Eso es tanto o más preocupante que la propia crisis económica. Se han acumulado en los últimos meses prejuicios y animadversiones de toda índole. La arrogancia ha prevalecido sobre la sabiduría y la prudencia, hasta el punto de dinamitar los estrechos y maltrechos puentes de comunicación que en otro momento se construyeron.

Es hora reconstruir esos puentes. Todavía tenemos abundantes. Todavía tenemos tiempo y variados recursos para enfrentar la escasez y evitar que el pueblo pase hambre. El Salvador puede salir adelante, pero se debe preparar porque ya se oye el mugido de las vacas flacas.


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