Entre
nos
Quedar bien
Juan
Bosco Martín
A
todos nos gusta quedar bien. ¿A usted no?
No se engañe: por supuesto que sí.
Por amabilidad, pero -reconozcámoslo-
también por efecto de esa ridícula
compañera de todo ser humano que se llama
vanidad. Entre las personas que realizan labores
sometidas al escrutinio público, como los
políticos y periodistas, la
tentación de presentarse como la
progenitora de Tarzán se cierne como como
león sobre su presa.
La vanidad del político me parece
mucho más comprensible que la del
periodista. Al fin y al cabo, el político
debe hacernos creer, aunque sea falso, que tiene
la solución de todo en el bolsillo. La
vanidad del periodista, sin embargo, se me
antoja peligrosa, además de
ridícula. Y la que no soporto es la de
los que ejercen el periodismo sin amar las luces
y sin combatir las sombras de esta
profesión.
El día del periodista, que si no me
equivoco se celebra dentro de poco, me parece
una estupenda oportunidad para combatir con
más ahínco la vanidad, ese
parásito demoledor que nos llena la
cabeza de delirios de grandeza.
La mayor muestra de que un periodista es un
ser perfectamente sustituible (como en la
mayoría de las profesiones) es que,
cuando sale de vacaciones, el medio de
comunicación en que trabaja sigue
funcionando como si nada hubiera pasado.
Generalmente, lo mismo ocurre cuando sale para
no volver. O cuando muere, momento propicio para
convertir en noticia, parca y de escasa
continuidad, al que suele confeccionarlas.
Si un periodista recibe invitaciones para
actos a los que sólo se convoca a la
"crème de la crème"; si se codea
con presidentes, grandes empresarios, altos
funcionarios y demás pléyade de
dignidades, se lo debe, principalmente, al medio
que le paga. A la trascendencia e influencia de
su empresa. Y en muy menor grado, a su
desempeño profesional, bueno o malo. El
periodista, sin su micrófono,
cámara o periódico, realmente no
es nadie profesionalmente hablando. Por eso
abundan los frustrados que, sin ser periodistas,
anhelan un micrófono, una cámara,
o un periódico: para ser "alguien". Para
parecer, en definitiva, lo que no son.
Cuando no caemos en la cuenta de que el buen
trabajo de un periodista, pese a su enorme
influencia, tiene exactamente la misma dignidad
que la de un buen empleado de la limpieza del
hogar más humilde, estamos perdiendo el
norte.
Quizá por deformación
profesional, me encanta leer periódicos,
saborearlos, descubrir lo que dicen entre
líneas. Me gusta analizar incluso los
clasificados. Lo que más disfruto
leyendo, quizá, son las columnas. Pero
las de periódicos extranjeros, por
desgracia. Me decepcionan las que leo en El
Salvador por su evidente falta de franqueza y su
afición a teñir de moralina
cualquier tema de actualidad. Y no hablemos ya
del estilo.
Tolero, y me puede gustar según lo que
escriba, que un obispo, o un pastor, o un
ayatolah, pontifique en un periódico, si
le piden la colaboración ocasionalmente.
Pero lo que me supera son los "ex cathedra" de
un montón de laicos con vocación
de predicadores. O que eso parecen.
Estos columnistas a los que me refiero -la
mayoría de ellos ajenos a la
práctica y el estudio del periodismo,
todo hay que decirlo- no escriben para el
público. Escriben para su tufoso
círculo de amistades, su círculo
de parroquianos, su círculo de rancias
vaginósofas, o, lo peor de todo, su
círculo de poder e influencia. En
definitiva, para medrar. Para ganar imagen. Para
quedar bien, actitud que debiéramos
delegar a aquellos confunden los crímenes
de sus amos y señores con las travesuras
y los deslices de los niños.
Como decía un viejo del oficio, "lo
más a lo que puede aspirar un periodista
honesto es a que le lean". Y añado yo,
que no soy viejo todavía, en el caso de
las columnas: a generar más expresiones,
coincidentes o refractarias de la suya, que ante
todo debe ser sincera, espontánea y, en
definitiva, libre.
El precio de ocupar esos espacios de
opinión que se erigen en las tribunas
públicas se paga (o se debería
pagar) en cuotas de franqueza. Franqueza para
analizar, describir, elogiar o criticar, sin
esperar nada a cambio. Por eso permítanme
dar las gracias por los gratos momentos de
franqueza -y no por el contenido de sus
columnas, porque algunas no me gustan- a
Cristian Villalta, Raúl Gallegos,
Salvador Samayoa, Francisco Ayala, Carlos
Hermann Bruch, José Luis Sanz, y a
aquellos que no cito pero que no se les resiente
la vanidad por el hecho de que su nombre no
aparezca entre los mencionados.