Jueves 26 de julio de 2001


Entre nos
Quedar bien
Juan Bosco Martín

A todos nos gusta quedar bien. ¿A usted no? No se engañe: por supuesto que sí. Por amabilidad, pero -reconozcámoslo- también por efecto de esa ridícula compañera de todo ser humano que se llama vanidad. Entre las personas que realizan labores sometidas al escrutinio público, como los políticos y periodistas, la tentación de presentarse como la progenitora de Tarzán se cierne como como león sobre su presa.

La vanidad del político me parece mucho más comprensible que la del periodista. Al fin y al cabo, el político debe hacernos creer, aunque sea falso, que tiene la solución de todo en el bolsillo. La vanidad del periodista, sin embargo, se me antoja peligrosa, además de ridícula. Y la que no soporto es la de los que ejercen el periodismo sin amar las luces y sin combatir las sombras de esta profesión.

El día del periodista, que si no me equivoco se celebra dentro de poco, me parece una estupenda oportunidad para combatir con más ahínco la vanidad, ese parásito demoledor que nos llena la cabeza de delirios de grandeza.

La mayor muestra de que un periodista es un ser perfectamente sustituible (como en la mayoría de las profesiones) es que, cuando sale de vacaciones, el medio de comunicación en que trabaja sigue funcionando como si nada hubiera pasado. Generalmente, lo mismo ocurre cuando sale para no volver. O cuando muere, momento propicio para convertir en noticia, parca y de escasa continuidad, al que suele confeccionarlas.

Si un periodista recibe invitaciones para actos a los que sólo se convoca a la "crème de la crème"; si se codea con presidentes, grandes empresarios, altos funcionarios y demás pléyade de dignidades, se lo debe, principalmente, al medio que le paga. A la trascendencia e influencia de su empresa. Y en muy menor grado, a su desempeño profesional, bueno o malo. El periodista, sin su micrófono, cámara o periódico, realmente no es nadie profesionalmente hablando. Por eso abundan los frustrados que, sin ser periodistas, anhelan un micrófono, una cámara, o un periódico: para ser "alguien". Para parecer, en definitiva, lo que no son.

Cuando no caemos en la cuenta de que el buen trabajo de un periodista, pese a su enorme influencia, tiene exactamente la misma dignidad que la de un buen empleado de la limpieza del hogar más humilde, estamos perdiendo el norte.

Quizá por deformación profesional, me encanta leer periódicos, saborearlos, descubrir lo que dicen entre líneas. Me gusta analizar incluso los clasificados. Lo que más disfruto leyendo, quizá, son las columnas. Pero las de periódicos extranjeros, por desgracia. Me decepcionan las que leo en El Salvador por su evidente falta de franqueza y su afición a teñir de moralina cualquier tema de actualidad. Y no hablemos ya del estilo.

Tolero, y me puede gustar según lo que escriba, que un obispo, o un pastor, o un ayatolah, pontifique en un periódico, si le piden la colaboración ocasionalmente. Pero lo que me supera son los "ex cathedra" de un montón de laicos con vocación de predicadores. O que eso parecen.

Estos columnistas a los que me refiero -la mayoría de ellos ajenos a la práctica y el estudio del periodismo, todo hay que decirlo- no escriben para el público. Escriben para su tufoso círculo de amistades, su círculo de parroquianos, su círculo de rancias vaginósofas, o, lo peor de todo, su círculo de poder e influencia. En definitiva, para medrar. Para ganar imagen. Para quedar bien, actitud que debiéramos delegar a aquellos confunden los crímenes de sus amos y señores con las travesuras y los deslices de los niños.

Como decía un viejo del oficio, "lo más a lo que puede aspirar un periodista honesto es a que le lean". Y añado yo, que no soy viejo todavía, en el caso de las columnas: a generar más expresiones, coincidentes o refractarias de la suya, que ante todo debe ser sincera, espontánea y, en definitiva, libre.

El precio de ocupar esos espacios de opinión que se erigen en las tribunas públicas se paga (o se debería pagar) en cuotas de franqueza. Franqueza para analizar, describir, elogiar o criticar, sin esperar nada a cambio. Por eso permítanme dar las gracias por los gratos momentos de franqueza -y no por el contenido de sus columnas, porque algunas no me gustan- a Cristian Villalta, Raúl Gallegos, Salvador Samayoa, Francisco Ayala, Carlos Hermann Bruch, José Luis Sanz, y a aquellos que no cito pero que no se les resiente la vanidad por el hecho de que su nombre no aparezca entre los mencionados.


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