Oriente agobiado por
la sequía
En 60 días de austeridad, la
sequía ha acabado con la mayoría
de cultivos de la zona oriental del país.
Enterrados quedaron los pocos recursos de miles
de campesinos, sus fuerzas y la esperanza de un
buen porvenir. La aflictiva situación
podría agravarse
- Oscar
Tenorio
- El Diario
de Hoy
El
clima, como la vida, es engañoso muchas
veces. Sobre los moribundos cultivos de La
Unión se posa una gigantesca nube gris,
que viene del mar, del cercano sur. Todo se
oscurece. El fresco viento corre, baja al suelo
y sacude una y otra vez a las raquíticas
plantas de maíz. Pero de nada sirve la
alegría, porque no llueve. Con semejante
burla, la sequía ya acabó con
buena parte de los cultivos del oriente del
país.
Desde el 23 de mayo, ya no volvió a
llover sobre las tierras de esos departamentos,
al otro lado del río Lempa. Las tormentas
sólo se ponen, pero no caen. La primera
vez que llovió fue el 13 de mayo, el
día de la Virgen de Fátima. Mejor
regalo no pudieron recibir quienes al día
siguiente salieron a sus parcelas a sembrar el
maíz.
Pero esa cabalística milenaria
falló. Durante todo junio no
llovió. En julio, apenas dos chubascos
cayeron. De nada sirvieron.
Desde hace mucho, sobre esas áridas
tierras sólo reposan desnutridas matas de
maíz, raquíticas plantas que a
fuerza de necedad, sólo han crecido
apenas unos 75 centímetros. Muchas ya han
florecido, pero su frutos no regocijan, sino que
dan lástima y angustian. El frijol, la
sandía y otros cultivos también se
han perdido, mientras los precios de los granos
comienzan a subir rápidamente, como la
desesperación.
De acuerdo con estimaciones oficiales, se ha
perdido entre el 75 y el 100 por ciento de los
cultivos en esa áreas. El departamento de
La Unión es el más afectado.
El calvario
Por la polvosa calle que lleva a San Alejo,
en La Unión, sólo se observan
parches de un verde pálido en las laderas
de los cerros. Al apresurar el paso, esas
pequeñas cuadrículas se convierten
en desoladas parcelas con sus matas de
maíz escuálidas y enfermas.
Al otro lado de la alambrada, un solitario
hombre se pasea entre sus desgracias y revisa
una que otra mata. Es don José
Julián Torres. Desesperado, busca aunque
sea un par de mazorcas, que le ayuden a mitigar
las penas. El húmedo viento comienza a
soplar con más fuerza y él se
acomoda el sombrero y lo sujeta a su
mentón con dos pajillas que le sirven
como correas. A pesar de la lluvia que pasea en
las alturas, su expresión es la misma:
descompuesto y sudoroso.
"Así
se pone siempre y nunca llueve", se lamenta
mientras corta con su cuma un arbusto que se ha
levantado junto a una de las pocas matas que
podría dar aunque sea una pequeña
mazorca.
Se sienta entre la maleza y comienza a hacer
cuentas: "Mire, aquí sembré
maíz capulín, ese elote así
se hace de grande (y mueve sus manos para
demostrar el buen tamaño). Sembré
dos manzanas y lo he perdido todo. Aquí
he perdido el maíz, el abono y un mes de
trabajo. Eso era de todos los días,
comenzar a trabajar desde las seis de la
mañana hasta las cuatro de la tarde, para
quitar el monte y después quemarlo".
"En los 61 años que tengo, toda mi
vida me he dedicado a esto y nunca antes
había visto una sequía así.
Mire qué va a dar esto, si no sirve de
nada (mientras revisa una pequeña mata de
maíz). Este es todo mi patrimonio y ahora
qué...".
La carestía
En el campo, miles y miles de campesinos,
como don José, viven de su cosecha. Una
parte la venden y la otra es guardada para
alimentarse durante el verano. El maíz,
los frijoles y los huevos son la
alimentación de todos los
días.
Como siempre ocurre, la carestía de
unos es la abundancia de otros. En el pueblo, el
precio del maíz se ha duplicado. El saco
de doscientas libras lo están vendiendo
en 350 colones (a un colón con setenta y
cinco centavos cada libra), cuando antes de la
sequía el saco costaba 150 colones.
Con semejante desgracia, lo peor está
por venir. Sin cosecha y mucho menos sin dinero
&emdash;lo poco que tenían lo gastaron
para la siembra&emdash;, el hambre es como otra
oscura nube que comienza a deslizarse lentamente
en el oriente.
En San Alejo toda la siembra se
perdió. Lo mismo ha ocurrido en otros
pueblos de La Unión, como Polorós,
El Carmen, Conchagua, Anamorós y Nueva
Esparta, según estudios oficiales.
Además de maíz, en la zona
también se cultiva frijol y
sandías.
La esperanza
Don José echa a la matata lo poco que
ha podido recuperar -unas 15 mazorcas, cada una
del tamaño de un guineo- y deja el
sembrado a la buena de Dios. Ya en la polvosa
calle, otra vez, la procesión de los
desamparados avanza sin rumbo.
Cualquiera que se encuentre, cuesta abajo, ha
perdido todo lo sembrado. Todos tienen el mismo
pesar y la angustia, que arrastran la
incertidumbre y las preocupaciones.
Uno
de los más afligidos aparece entre la
polvareda, que recién acaba de levantar
el autobús que ha pasado. Luis Armando
Villatoro también lo ha pedido todo.
Enfermo, no tiene nada que dar de comer a sus
cuatro hijos que lo esperan en La Pila, al otro
lado del pueblo.
"Perdí dos manzanas cultivadas con
maíz. Allí se fueron cuatro sacos
de abono, a doscientos diez colones cada uno,
son 840 colones. Más 360 colones de
veneno para las plagas. Y, ahora, qué
vamos a hacer, pues, que Dios nos ayude y nos
guarde".
"Y, mire, aunque uno quiera, aquí no
se consigue trabajo. Si aquí hay
días que aguantamos hambre y qué
vamos a hacer, a quién le vamos a pedir.
A veces, lo que hago es salir a recoger
leña para venderla y, así, irla
pasando. Estamos tristes y Dios sabrá
qué hacer. Ojalá que todo cambie y
logremos aunque sea la siembra postrera (que va
de agosto a octubre)".
El agua que el 13 de mayo se las
concedió la virgen de Fátima, se
las ha negado por estos días San Isidro
Labrador, el patrono de los labriegos y las
cosechas. De nada han servido los rezos y los
ofrecimientos en las misas. La sequía los
está consumiendo a todos.
Don José, Luis Armando y decenas de
frustrados campesinos han regresado a sus
humildes casas. Ya es de noche y la gigantesca
nube gris, de estruendos y relámpagos,
todavía se reposa sobre los cerros de La
Unión. La brisa no se detiene, pero no
llueve. Así, han pasado 59 días de
sequía. El calor agobia y el hambre
aprieta.