Domingo 22 de julio de 2001


Oriente agobiado por la sequía

En 60 días de austeridad, la sequía ha acabado con la mayoría de cultivos de la zona oriental del país. Enterrados quedaron los pocos recursos de miles de campesinos, sus fuerzas y la esperanza de un buen porvenir. La aflictiva situación podría agravarse

Oscar Tenorio
El Diario de Hoy

El clima, como la vida, es engañoso muchas veces. Sobre los moribundos cultivos de La Unión se posa una gigantesca nube gris, que viene del mar, del cercano sur. Todo se oscurece. El fresco viento corre, baja al suelo y sacude una y otra vez a las raquíticas plantas de maíz. Pero de nada sirve la alegría, porque no llueve. Con semejante burla, la sequía ya acabó con buena parte de los cultivos del oriente del país.

Desde el 23 de mayo, ya no volvió a llover sobre las tierras de esos departamentos, al otro lado del río Lempa. Las tormentas sólo se ponen, pero no caen. La primera vez que llovió fue el 13 de mayo, el día de la Virgen de Fátima. Mejor regalo no pudieron recibir quienes al día siguiente salieron a sus parcelas a sembrar el maíz.

Pero esa cabalística milenaria falló. Durante todo junio no llovió. En julio, apenas dos chubascos cayeron. De nada sirvieron.

Desde hace mucho, sobre esas áridas tierras sólo reposan desnutridas matas de maíz, raquíticas plantas que a fuerza de necedad, sólo han crecido apenas unos 75 centímetros. Muchas ya han florecido, pero su frutos no regocijan, sino que dan lástima y angustian. El frijol, la sandía y otros cultivos también se han perdido, mientras los precios de los granos comienzan a subir rápidamente, como la desesperación.

De acuerdo con estimaciones oficiales, se ha perdido entre el 75 y el 100 por ciento de los cultivos en esa áreas. El departamento de La Unión es el más afectado.

El calvario

Por la polvosa calle que lleva a San Alejo, en La Unión, sólo se observan parches de un verde pálido en las laderas de los cerros. Al apresurar el paso, esas pequeñas cuadrículas se convierten en desoladas parcelas con sus matas de maíz escuálidas y enfermas.

Al otro lado de la alambrada, un solitario hombre se pasea entre sus desgracias y revisa una que otra mata. Es don José Julián Torres. Desesperado, busca aunque sea un par de mazorcas, que le ayuden a mitigar las penas. El húmedo viento comienza a soplar con más fuerza y él se acomoda el sombrero y lo sujeta a su mentón con dos pajillas que le sirven como correas. A pesar de la lluvia que pasea en las alturas, su expresión es la misma: descompuesto y sudoroso.

"Así se pone siempre y nunca llueve", se lamenta mientras corta con su cuma un arbusto que se ha levantado junto a una de las pocas matas que podría dar aunque sea una pequeña mazorca.

Se sienta entre la maleza y comienza a hacer cuentas: "Mire, aquí sembré maíz capulín, ese elote así se hace de grande (y mueve sus manos para demostrar el buen tamaño). Sembré dos manzanas y lo he perdido todo. Aquí he perdido el maíz, el abono y un mes de trabajo. Eso era de todos los días, comenzar a trabajar desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde, para quitar el monte y después quemarlo".

"En los 61 años que tengo, toda mi vida me he dedicado a esto y nunca antes había visto una sequía así. Mire qué va a dar esto, si no sirve de nada (mientras revisa una pequeña mata de maíz). Este es todo mi patrimonio y ahora qué...".

La carestía

En el campo, miles y miles de campesinos, como don José, viven de su cosecha. Una parte la venden y la otra es guardada para alimentarse durante el verano. El maíz, los frijoles y los huevos son la alimentación de todos los días.

Como siempre ocurre, la carestía de unos es la abundancia de otros. En el pueblo, el precio del maíz se ha duplicado. El saco de doscientas libras lo están vendiendo en 350 colones (a un colón con setenta y cinco centavos cada libra), cuando antes de la sequía el saco costaba 150 colones.

Con semejante desgracia, lo peor está por venir. Sin cosecha y mucho menos sin dinero &emdash;lo poco que tenían lo gastaron para la siembra&emdash;, el hambre es como otra oscura nube que comienza a deslizarse lentamente en el oriente.

En San Alejo toda la siembra se perdió. Lo mismo ha ocurrido en otros pueblos de La Unión, como Polorós, El Carmen, Conchagua, Anamorós y Nueva Esparta, según estudios oficiales. Además de maíz, en la zona también se cultiva frijol y sandías.

La esperanza

Don José echa a la matata lo poco que ha podido recuperar -unas 15 mazorcas, cada una del tamaño de un guineo- y deja el sembrado a la buena de Dios. Ya en la polvosa calle, otra vez, la procesión de los desamparados avanza sin rumbo.

Cualquiera que se encuentre, cuesta abajo, ha perdido todo lo sembrado. Todos tienen el mismo pesar y la angustia, que arrastran la incertidumbre y las preocupaciones.

Uno de los más afligidos aparece entre la polvareda, que recién acaba de levantar el autobús que ha pasado. Luis Armando Villatoro también lo ha pedido todo. Enfermo, no tiene nada que dar de comer a sus cuatro hijos que lo esperan en La Pila, al otro lado del pueblo.

"Perdí dos manzanas cultivadas con maíz. Allí se fueron cuatro sacos de abono, a doscientos diez colones cada uno, son 840 colones. Más 360 colones de veneno para las plagas. Y, ahora, qué vamos a hacer, pues, que Dios nos ayude y nos guarde".

"Y, mire, aunque uno quiera, aquí no se consigue trabajo. Si aquí hay días que aguantamos hambre y qué vamos a hacer, a quién le vamos a pedir. A veces, lo que hago es salir a recoger leña para venderla y, así, irla pasando. Estamos tristes y Dios sabrá qué hacer. Ojalá que todo cambie y logremos aunque sea la siembra postrera (que va de agosto a octubre)".

El agua que el 13 de mayo se las concedió la virgen de Fátima, se las ha negado por estos días San Isidro Labrador, el patrono de los labriegos y las cosechas. De nada han servido los rezos y los ofrecimientos en las misas. La sequía los está consumiendo a todos.

Don José, Luis Armando y decenas de frustrados campesinos han regresado a sus humildes casas. Ya es de noche y la gigantesca nube gris, de estruendos y relámpagos, todavía se reposa sobre los cerros de La Unión. La brisa no se detiene, pero no llueve. Así, han pasado 59 días de sequía. El calor agobia y el hambre aprieta.


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