Ministerio
Espiga
Sinceridad ante
todo
Por
Salvador Gómez, Predicador
Católico
En
la anterior columna decíamos que
María y Aarón trataron de
desprestigiar y suplantar en el liderazgo a su
hermano, Moisés, porque se casó
con una extranjera, Kusita.
El libro de Números dice que
"Moisés era un hombre muy humilde,
más que hombre alguno sobre la faz de la
tierra" (Num. 12). Por eso supo perdonar.
No es una casualidad que la discusión
comenzara por una cuñada. Muchos hermanos
se llevan bien pero cuando entran en juego los
demás miembros de las respectivas
familias comienzan los celos, las diferencias
que conducen al distanciamiento y en más
de una oportunidad al enfrentamiento.
Cuánta razón tenía que
el que dijo que "entre hermanos y casados que
nadie meta las manos".
Además de las dificultades causadas
por terceras personas, recordemos que los
hermanos no somos iguales; tenemos diferentes
habilidades. Esto no debe ser motivo de celos y
envidias, sino la oportunidad de complentarnos y
ayudarnos.
Pero la Biblia dice que, después de
aquel incidente, María se puso leprosa,
lo cual en el contexto en el que ellos
vivían, representaba mejor la
condición del pecador. El que la padece
está marcado como impuro y debía
vivir solo, aislado, fuera de las ciudades.
La lepra en el cuerpo de María
sólo era el reflejo del grave pecado que
llevaba en el interior. Toda envidia, celos,
resentimiento, salieron de su corazón en
forma de aquella enfermedad.
El odio y los rencores afectan más al
que los padece que a quien los ha causado.
Parece mentira, pero cuántos no
sólo guardan en su interior los odios que
sienten para con sus hermanos, sino que los
difaman, buscan que otras personas se pongan en
contra de ellos, tratan de hacerles el mayor
daño posible, llegando al extremo no
sólo de pelear, enjuiciar, encarcelar,
sino de matar o mandar a matar a sus propios
hermanos.
Dios nos sane de la lepra de la envidia y los
resentimientos, antes de que ésta salga
por nuestras palabras o actos del fondo del
corazón.
Aarón, al ver lo que pasó con
su hermana, pronto comprendió que aquella
lepra era el resultado visible del pecado que
tenían escondido en la mente y en el
corazón, y antes de que él se le
manifestara la misma enfermedad acudió a
su hermano Moisés y le pidió
perdón.
Este noble gesto nos enseña que no
debemos quedarnos con lo que sentimos.
Es posible que con culpa o sin ella los
hermanos digamos o hagamos algo que pueda
dañarnos. Es entonces cuando debemos
hablar, para expresar el desacuerdo que
sentimos.
Es necesario pedir o dar explicaciones. Lo
peor de todo sería guardar silencio y
acumular resentimientos que luego
estallarán. Los verdaderos hermanos se
hieren con la verdad, no viven
engañándose ni odiándose en
silencio.