Domingo 22 de julio de 2001


Ministerio Espiga
Sinceridad ante todo
Por Salvador Gómez, Predicador Católico

En la anterior columna decíamos que María y Aarón trataron de desprestigiar y suplantar en el liderazgo a su hermano, Moisés, porque se casó con una extranjera, Kusita.

El libro de Números dice que "Moisés era un hombre muy humilde, más que hombre alguno sobre la faz de la tierra" (Num. 12). Por eso supo perdonar.

No es una casualidad que la discusión comenzara por una cuñada. Muchos hermanos se llevan bien pero cuando entran en juego los demás miembros de las respectivas familias comienzan los celos, las diferencias que conducen al distanciamiento y en más de una oportunidad al enfrentamiento.

Cuánta razón tenía que el que dijo que "entre hermanos y casados que nadie meta las manos".

Además de las dificultades causadas por terceras personas, recordemos que los hermanos no somos iguales; tenemos diferentes habilidades. Esto no debe ser motivo de celos y envidias, sino la oportunidad de complentarnos y ayudarnos.

Pero la Biblia dice que, después de aquel incidente, María se puso leprosa, lo cual en el contexto en el que ellos vivían, representaba mejor la condición del pecador. El que la padece está marcado como impuro y debía vivir solo, aislado, fuera de las ciudades.

La lepra en el cuerpo de María sólo era el reflejo del grave pecado que llevaba en el interior. Toda envidia, celos, resentimiento, salieron de su corazón en forma de aquella enfermedad.

El odio y los rencores afectan más al que los padece que a quien los ha causado.

Parece mentira, pero cuántos no sólo guardan en su interior los odios que sienten para con sus hermanos, sino que los difaman, buscan que otras personas se pongan en contra de ellos, tratan de hacerles el mayor daño posible, llegando al extremo no sólo de pelear, enjuiciar, encarcelar, sino de matar o mandar a matar a sus propios hermanos.

Dios nos sane de la lepra de la envidia y los resentimientos, antes de que ésta salga por nuestras palabras o actos del fondo del corazón.

Aarón, al ver lo que pasó con su hermana, pronto comprendió que aquella lepra era el resultado visible del pecado que tenían escondido en la mente y en el corazón, y antes de que él se le manifestara la misma enfermedad acudió a su hermano Moisés y le pidió perdón.

Este noble gesto nos enseña que no debemos quedarnos con lo que sentimos.

Es posible que con culpa o sin ella los hermanos digamos o hagamos algo que pueda dañarnos. Es entonces cuando debemos hablar, para expresar el desacuerdo que sentimos.

Es necesario pedir o dar explicaciones. Lo peor de todo sería guardar silencio y acumular resentimientos que luego estallarán. Los verdaderos hermanos se hieren con la verdad, no viven engañándose ni odiándose en silencio.


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