Una voz
en el desierto
Cambio de
corazones
Por
Mario González
La
sociedad salvadoreña está
conmovida por la ola de barbarie desatada por la
delincuencia. Niños secuestrados y
asesinados, mujeres ultrajadas, hogares
saqueados, barrios sitiados por el crimen. La
ciudadanía se ha sentido empujada a
endurecer sus recursos legales y retornar a la
pena de muerte o, en el peor de los casos, a
tomar la justicia por propia mano. Pero,
¿resolverá esto el problema?
Al parecer, muerto el perro no se
acabará la rabia. Más que cambio
de leyes, se necesita un cambio de
corazones.
El país padece un fenómeno
incubado por décadas de pérdida de
valores y escrúpulos. La
generación que nació durante la
guerra no tuvo la adecuada instrucción
cristiana como la tuvimos los mayores. Hace
todavía veinte años, cualquiera
podía andar tranquilo en la calle a la
medianoche, caminar en despoblado sin temor a
los salteadores o dar posada sin el riesgo de
que el peregrino fuera el peor de los
criminales.
También había una
espontánea sonrisa en la gente, la
amabilidad afloraba en los dependientes de
bancos y establecimientos y hasta los motoristas
de los buses ayudaban a subir a
minusválidos y ancianos y no echaban
encima el bus a las procesiones.
No era una sociedad perfecta, tenía
problemas políticos y sociales, pero
abundaban los principios, el respeto a los
demás, las misas o cultos en familia y la
oración al comenzar o terminar el
día ("el nombre de Dios") o durante las
comidas.
Ahora tenemos desobediencia civil, desgano en
las labores, absorción por el
materialismo y la búsqueda de la
comodidad, intolerancia, abusos, no le damos
tiempo a nuestros hijos para orientarlos,
prevalecen la violencia y el sexo enfermizo en
programas de televisión, y la
participación en el culto es por pura
formalidad. No hablo de todos los
salvadoreños, porque creo que la
mayoría está haciendo un gran
esfuerzo por realizar mejor su trabajo cada
día y honrar a Dios. Pero en muchos hay
una tendencia a caer en el error, en la
tentación, por buscar lo fácil,
porque "no me importan los demás" y
porque "a mí nadie me toca" o porque "a
lo mejor nadie se va a dar cuenta si me paso un
semáforo en rojo o me llevo algo
más puesto o me quedo con un dinero
ajeno".
Todos andamos a la defensiva o con la
convicción de que es mejor atacar o
aprovecharse antes de que nos lo hagan a
nosotros. Esto es el germen de la
corrupción y la prepotencia, la antesala
de los peores delitos.
Recuerdo que allá por 1971 se produjo
el último fusilamiento en la capital. Fue
precisamente por el asesinato de un niño.
Ahora la pena de muerte estuvo a punto de volver
por el asesinato de otro niño. En Estados
Unidos y en Guatemala se han producido numerosas
ejecuciones, pero la maldad no cesa.
Esto no quiere decir que no se haga un
esfuerzo por poner leyes férreas que
hagan prevalecer el orden y el respeto a la
persona. No obstante, es importante llegar a las
conciencias para que ninguno se vea tentado a
"aprovecharse de la oportunidad" o de los
demás, porque nadie nos ve o nadie se
dará cuenta. Esto es, que todos sepamos
que habrá un castigo por menor que sea la
falta y que la ley no se utilizará como
medio de venganza de la sociedad, sino como un
arma para contener a los antisociales y
regenerarlos, sobre todo, que conozcan o se
reencuentren con Dios. Que los que quieren hacer
el mal piensen que el dolor del padre de un hijo
asesinado pueden llegar a sentirlo ellos con un
hijo propio; que el dolor y la vergüenza de
una mujer violada la pueden llegar a sentir sus
hijas o madres; que la tribulación de un
hogar saqueado les puede tocar a ellos
también. ¿Qué buen ejemplo
verán sus hijos? ¿Les
gustaría que ellos murieran como perros
en la calle abatidos por las fuerzas de
seguridad? ¿Se sienten tranquilos pensando
que mientras ellos van a dar a la cárcel
sus hijos aprenderán en la calle lo mismo
que sus padres: muerte, prostitución,
etc.?
Al final, la justicia humana puede fallar
pero no la de Dios, que nos pedirá
cuentas a todos por nuestras acciones y
omisiones.
Ojalá que el sacrificio de tantas
víctimas de la sinrazón, como
Gerardo, Katya y Fernando Javier, nos ayuden a
valorar más a nuestras familias, a
nuestros hijos, nuestros vecinos y, sobre todo,
a nuestro país, y a comprender que no hay
más camino para la felicidad que Cristo y
esperar en Su promesa: "Ya no tendrán
hambre ni sed, y el sol no caerá
más sobre ellos, ni calor alguno, porque
el Cordero que está en medio del trono
los pastoreará y los guiará a
fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará
toda lágrima de los ojos de ellos..."
(Apocalipisis 7, 16-17).
Preparemos el
camino...