Domingo 22 de julio de 2001


Una voz en el desierto
Cambio de corazones
Por Mario González

La sociedad salvadoreña está conmovida por la ola de barbarie desatada por la delincuencia. Niños secuestrados y asesinados, mujeres ultrajadas, hogares saqueados, barrios sitiados por el crimen. La ciudadanía se ha sentido empujada a endurecer sus recursos legales y retornar a la pena de muerte o, en el peor de los casos, a tomar la justicia por propia mano. Pero, ¿resolverá esto el problema?

Al parecer, muerto el perro no se acabará la rabia. Más que cambio de leyes, se necesita un cambio de corazones.

El país padece un fenómeno incubado por décadas de pérdida de valores y escrúpulos. La generación que nació durante la guerra no tuvo la adecuada instrucción cristiana como la tuvimos los mayores. Hace todavía veinte años, cualquiera podía andar tranquilo en la calle a la medianoche, caminar en despoblado sin temor a los salteadores o dar posada sin el riesgo de que el peregrino fuera el peor de los criminales.

También había una espontánea sonrisa en la gente, la amabilidad afloraba en los dependientes de bancos y establecimientos y hasta los motoristas de los buses ayudaban a subir a minusválidos y ancianos y no echaban encima el bus a las procesiones.

No era una sociedad perfecta, tenía problemas políticos y sociales, pero abundaban los principios, el respeto a los demás, las misas o cultos en familia y la oración al comenzar o terminar el día ("el nombre de Dios") o durante las comidas.

Ahora tenemos desobediencia civil, desgano en las labores, absorción por el materialismo y la búsqueda de la comodidad, intolerancia, abusos, no le damos tiempo a nuestros hijos para orientarlos, prevalecen la violencia y el sexo enfermizo en programas de televisión, y la participación en el culto es por pura formalidad. No hablo de todos los salvadoreños, porque creo que la mayoría está haciendo un gran esfuerzo por realizar mejor su trabajo cada día y honrar a Dios. Pero en muchos hay una tendencia a caer en el error, en la tentación, por buscar lo fácil, porque "no me importan los demás" y porque "a mí nadie me toca" o porque "a lo mejor nadie se va a dar cuenta si me paso un semáforo en rojo o me llevo algo más puesto o me quedo con un dinero ajeno".

Todos andamos a la defensiva o con la convicción de que es mejor atacar o aprovecharse antes de que nos lo hagan a nosotros. Esto es el germen de la corrupción y la prepotencia, la antesala de los peores delitos.

Recuerdo que allá por 1971 se produjo el último fusilamiento en la capital. Fue precisamente por el asesinato de un niño. Ahora la pena de muerte estuvo a punto de volver por el asesinato de otro niño. En Estados Unidos y en Guatemala se han producido numerosas ejecuciones, pero la maldad no cesa.

Esto no quiere decir que no se haga un esfuerzo por poner leyes férreas que hagan prevalecer el orden y el respeto a la persona. No obstante, es importante llegar a las conciencias para que ninguno se vea tentado a "aprovecharse de la oportunidad" o de los demás, porque nadie nos ve o nadie se dará cuenta. Esto es, que todos sepamos que habrá un castigo por menor que sea la falta y que la ley no se utilizará como medio de venganza de la sociedad, sino como un arma para contener a los antisociales y regenerarlos, sobre todo, que conozcan o se reencuentren con Dios. Que los que quieren hacer el mal piensen que el dolor del padre de un hijo asesinado pueden llegar a sentirlo ellos con un hijo propio; que el dolor y la vergüenza de una mujer violada la pueden llegar a sentir sus hijas o madres; que la tribulación de un hogar saqueado les puede tocar a ellos también. ¿Qué buen ejemplo verán sus hijos? ¿Les gustaría que ellos murieran como perros en la calle abatidos por las fuerzas de seguridad? ¿Se sienten tranquilos pensando que mientras ellos van a dar a la cárcel sus hijos aprenderán en la calle lo mismo que sus padres: muerte, prostitución, etc.?

Al final, la justicia humana puede fallar pero no la de Dios, que nos pedirá cuentas a todos por nuestras acciones y omisiones.

Ojalá que el sacrificio de tantas víctimas de la sinrazón, como Gerardo, Katya y Fernando Javier, nos ayuden a valorar más a nuestras familias, a nuestros hijos, nuestros vecinos y, sobre todo, a nuestro país, y a comprender que no hay más camino para la felicidad que Cristo y esperar en Su promesa: "Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno, porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los guiará a fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos..." (Apocalipisis 7, 16-17).

Preparemos el camino...


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Escenarios] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'01] [Portada] [Planeta Alternativo]

Copyright 1995 - 2001. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o
parcial sin autorización escrita de su titular.
www.elsalvador.com