Al
oído de los padres
Enfermedades de la
voluntad
Carlos
Mayora Re*
Si
un niño o una niña enferman, los
padres harán hasta lo imposible para
lograr que se cure, y, lógicamente,
cuanto más grave sea la enfermedad,
más extraordinarios serán los
medios que se pondrán para ayudarle a
salir adelante.
Pero hay algunas enfermedades que son
especialmente peligrosas, porque es muy
difícil detectarlas en sus inicios, y
escasean los médicos capaces de curarlas.
Más aún, muchas veces es en la
adolescencia cuando se manifiestan con toda su
virulencia, y cuando los padres quieren
intervenir para que su hijo o su hija sane,
deben conformarse con reprocharse a sí
mismos pues, con frase que nadie desea hacer
propia, es quizá demasiado tarde...
Esas enfermedades &emdash;enfermedades de la
voluntad, como el título de esta
nota&emdash;, son las responsables de muchas
más muertes de las que nos podemos
imaginar: son culpables de la muerte del
entusiasmo, de la alegría interior, del
trabajo bien terminado, de las buenas notas, de
muchos matrimonios, y de tantos sueños y
anhelos que no se realizan, y que con frecuencia
deben resignarse a permanecer guardados en el
baúl de los deseos, que toda persona
conserva en el fondo de su alma.
Lo malo es que son de muy fácil
curación cuando se detectan en sus
inicios, pero sumamente difíciles de
erradicar cuando ya han echado ramas, flores y
amargos frutos.
La voluntad es la capacidad que tenemos para
dirigirnos hacia lo bueno, y evitar la
seducción de lo malo, de lo que no nos
conviene. En realidad, nadie puede querer el mal
por sí mismo, y cuando los hechos parecen
mostrar lo contrario, es señal de que se
ha trocado el bien verdadero por uno aparente, o
subjetivo, o subordinado: como el
diabético cuando prefiere el bien que
supone para él comerse unos pasteles,
dejando de lado la consideración de que
le hace daño a su salud. O el suicida que
no busca en realidad el mal de la muerte, sino
el bien subjetivo que le representa escapar de
sus problemas.
Así, uno de los síntomas
más claros de una voluntad enferma es la
incapacidad de la persona para optar por el bien
que le conviene, ya sea por su falta de
perseverancia en el esfuerzo por conseguir las
cosas que cuestan, o por su incapacidad para
tomar decisiones. En el primer caso se
está a merced de la impulsividad, en el
segundo podemos encontrarnos frente a una
personalidad compulsiva.
La impulsividad se manifiesta por la
tendencia a cambiar con demasiada frecuencia de
una actividad a otra, sin que se termine nada
bien. O por la precipitación, que lleva a
las personas a actuar antes de pensar,
dejándose guiar por sus deseos más
inmediatos. También la dificultad de
terminar las tareas pendientes es una muestra de
impulsividad, y cualquier manifestación
de impaciencia, como la incapacidad de guardar
el turno cuando se quiere terciar en una
conversación, por ejemplo, o no poder
esperar la recompensa de las propias acciones
buenas y querer gozar todo de inmediato.
Pero la voluntad también puede
enfermarse por tendencias de tipo compulsivo,
que serían lo contrario de las
anteriores, pues entonces se trataría de
personas que reflexionan excesivamente y les
cuesta tomar decisiones, o que tienen unos
métodos para hacer las cosas y todo lo
que se salga de su sistema les desconcierta y
descontrola: es el que chequea tres o cuatro
veces si ha dejado apagada la luz, o avisa
innecesaria y repetitivamente a su hijo o a su
cónyuge la misma advertencia.
No hay que olvidar que la voluntad de cada
uno de nosotros es el resultado de toda una vida
de esfuerzos y negaciones. Es el fruto de las
propias decisiones y omisiones. Y precisamente
por ello el papel de la educación en el
seno de la familia es fundamental para aprender
a fortalecerla. Los problemas que conlleva una
voluntad enferma, no surgen de la noche a la
mañana, y por lo mismo, tampoco se
superan en un santiamén.
La célebre inteligencia emocional, que
no es más que la menor o mayor capacidad
que las personas tienen para administrar su
libertad, necesita una voluntad sana y robusta,
que a su vez descansa en la formación de
hábitos y virtudes. De tal manera que si
queremos que nuestros hijos sean mejores, es muy
importante poner atención y cuidado en la
educación del carácter, y no
sólo en la educación meramente
académica.
Sólo mediante la formación de
virtudes, mediante la talla paciente y esforzada
del carácter que plasma el esfuerzo por
dejarse llevar siempre por el bien, pueden
descubrirse a tiempo las enfermedades de la
voluntad, y aplicar los remedios oportunos
cuando aún se está a tiempo.