Sábado 21 de julio de 2001


Al oído de los padres
Enfermedades de la voluntad
Carlos Mayora Re*

Si un niño o una niña enferman, los padres harán hasta lo imposible para lograr que se cure, y, lógicamente, cuanto más grave sea la enfermedad, más extraordinarios serán los medios que se pondrán para ayudarle a salir adelante.

Pero hay algunas enfermedades que son especialmente peligrosas, porque es muy difícil detectarlas en sus inicios, y escasean los médicos capaces de curarlas. Más aún, muchas veces es en la adolescencia cuando se manifiestan con toda su virulencia, y cuando los padres quieren intervenir para que su hijo o su hija sane, deben conformarse con reprocharse a sí mismos pues, con frase que nadie desea hacer propia, es quizá demasiado tarde...

Esas enfermedades &emdash;enfermedades de la voluntad, como el título de esta nota&emdash;, son las responsables de muchas más muertes de las que nos podemos imaginar: son culpables de la muerte del entusiasmo, de la alegría interior, del trabajo bien terminado, de las buenas notas, de muchos matrimonios, y de tantos sueños y anhelos que no se realizan, y que con frecuencia deben resignarse a permanecer guardados en el baúl de los deseos, que toda persona conserva en el fondo de su alma.

Lo malo es que son de muy fácil curación cuando se detectan en sus inicios, pero sumamente difíciles de erradicar cuando ya han echado ramas, flores y amargos frutos.

La voluntad es la capacidad que tenemos para dirigirnos hacia lo bueno, y evitar la seducción de lo malo, de lo que no nos conviene. En realidad, nadie puede querer el mal por sí mismo, y cuando los hechos parecen mostrar lo contrario, es señal de que se ha trocado el bien verdadero por uno aparente, o subjetivo, o subordinado: como el diabético cuando prefiere el bien que supone para él comerse unos pasteles, dejando de lado la consideración de que le hace daño a su salud. O el suicida que no busca en realidad el mal de la muerte, sino el bien subjetivo que le representa escapar de sus problemas.

Así, uno de los síntomas más claros de una voluntad enferma es la incapacidad de la persona para optar por el bien que le conviene, ya sea por su falta de perseverancia en el esfuerzo por conseguir las cosas que cuestan, o por su incapacidad para tomar decisiones. En el primer caso se está a merced de la impulsividad, en el segundo podemos encontrarnos frente a una personalidad compulsiva.

La impulsividad se manifiesta por la tendencia a cambiar con demasiada frecuencia de una actividad a otra, sin que se termine nada bien. O por la precipitación, que lleva a las personas a actuar antes de pensar, dejándose guiar por sus deseos más inmediatos. También la dificultad de terminar las tareas pendientes es una muestra de impulsividad, y cualquier manifestación de impaciencia, como la incapacidad de guardar el turno cuando se quiere terciar en una conversación, por ejemplo, o no poder esperar la recompensa de las propias acciones buenas y querer gozar todo de inmediato.

Pero la voluntad también puede enfermarse por tendencias de tipo compulsivo, que serían lo contrario de las anteriores, pues entonces se trataría de personas que reflexionan excesivamente y les cuesta tomar decisiones, o que tienen unos métodos para hacer las cosas y todo lo que se salga de su sistema les desconcierta y descontrola: es el que chequea tres o cuatro veces si ha dejado apagada la luz, o avisa innecesaria y repetitivamente a su hijo o a su cónyuge la misma advertencia.

No hay que olvidar que la voluntad de cada uno de nosotros es el resultado de toda una vida de esfuerzos y negaciones. Es el fruto de las propias decisiones y omisiones. Y precisamente por ello el papel de la educación en el seno de la familia es fundamental para aprender a fortalecerla. Los problemas que conlleva una voluntad enferma, no surgen de la noche a la mañana, y por lo mismo, tampoco se superan en un santiamén.

La célebre inteligencia emocional, que no es más que la menor o mayor capacidad que las personas tienen para administrar su libertad, necesita una voluntad sana y robusta, que a su vez descansa en la formación de hábitos y virtudes. De tal manera que si queremos que nuestros hijos sean mejores, es muy importante poner atención y cuidado en la educación del carácter, y no sólo en la educación meramente académica.

Sólo mediante la formación de virtudes, mediante la talla paciente y esforzada del carácter que plasma el esfuerzo por dejarse llevar siempre por el bien, pueden descubrirse a tiempo las enfermedades de la voluntad, y aplicar los remedios oportunos cuando aún se está a tiempo.


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