Sábado 21 de julio de 2001


Orientando
Estos caminos son míos, ¿y qué?
Daniel L. Wisecarver*

Todos los años en El Salvador, los conductores de buses matan y lesionan a un número impresionante de personas: pasajeros suyos, pasajeros en los otros vehículos chocados o simples inocentes que tuvieron la mala suerte de estar cerca del lugar donde pasaba el bus; en términos de la cantidad de muertes, los buses constituyen un terremoto al año. Para los accidentes que merecen informes periodísticos, el recuento casi siempre es el mismo: el conductor (a veces los conductores) se dio a la fuga, y queda como problema para los lesionados, familiares de los muertos y otros arreglar su situación particular como mejor puedan.

Permítanme sugerir el bosquejo de una solución. ¿Qué puede saber un economista sobre el sistema de transporte público terrestre? En realidad, es muy poco lo que sabemos los economistas sobre la mecánica de los buses, el adiestramiento de los conductores, el diseño de las rutas óptimas. Pero lo que sí manejamos son las implicaciones de los incentivos que emergen del régimen explícito o implícito de los derechos de propiedad, y dicho régimen en El Salvador debe darse una vuelta de 180 grados.

Hoy en día, cada persona en El Salvador que tiene un vehículo cree que toda calle y carretera son suyas, y que para cualquier problema de tránsito que ocurre, la culpa la tienen todos los demás que están usando su camino. Y todos tienen razón. El espacio en la red de calles, caminos y carreteras es lo que se llama un "recurso de propiedad común" y, cuando demasiados "propietarios" lo utilizan simultáneamente, se produce el fenómeno de la congestión vial.

Pero una cosa es la congestión vial, que genera molestias y costos en términos de tiempo o combustible perdido, y de que todos tienen la culpa. Otra muy diferente son los costos que sufren algunos por los actos irresponsables de algunos. Cuando los buses están involucrados en un accidente y huye el conductor, ¿qué pasa con el dueño del bus? Bien, gracias. No sabía quién manejaba ni dónde vive ni nada, y por lo tanto, ¿qué culpa? O cuando se alegan "fallas mecánicas", pues ¿quién fue el responsable de la revisión y/o reparación del vehículo defectuoso? Según el dueño del bus, no fue él.

Todo esto debe cambiar. En definitivo, quien contrata a los conductores malos y paga los servicios mecánicos deficientes, pero quien queda con las utilidades, es el dueño. Corresponde que la ley explicite que el dueño también es el responsable por todos los daños causados por su negocio. ¿Hay alguien que cree TACA no sabe quiénes son sus pilotos, o quiénes son los mecánicos que revisan sus aviones? ¿Por qué se conforma con tanto menos al tratarse del transporte terrestre en el país?

Hay que crear los incentivos para que el dueño del bus se interese en serio por evitar estos problemas, que sea el primero en querer saber quién está manejando sus máquinas y quién las repara. El interés deseado se lograría automáticamente al promulgar una ley que estipule expresamente que, en caso de cualquier accidente que involucra un bus, el dueño del bus será civil y penalmente responsable por todos los daños ocasionados. Dicha responsabilidad se puede levantar únicamente al comprobar que: (a) la culpa la tuvo el conductor, conocido, identificado, ubicado y asegurado; (b) la culpa la tuvo el otro vehículo (o el árbol, o la casa, según el caso), (c) el accidente se debió a una falla mecánica, y el mecánico o el taller mecánico responsable por la revisión y reparación de la máquina haya sido identificado, ubicado y es susceptible de ser tenido como responsable por el accidente.

Con este cambio en las reglas del juego, de repente serían los dueños de los buses quienes se interesarían por saber exactamente quién está manejando sus vehículos y cuán bien lo hace. Contratarían servicios mecánicos con talleres honestos y responsables, o capacitaría a sus propios mecánicos. Se produciría un cambio notable en lo que día a día sucede en los caminos salvadoreños bajo las reglas actuales -mejor dicho, bajo la falta actual de reglas-. Y, como los accidentes suceden aún con operadores responsables, los dueños de los buses se preocuparían ellos mismos por contratar su propio seguro, buscando la mejor combinación de primas, cobertura y confiabilidad (y nacionalidad) de la aseguradora.

Otro beneficio sería la desaparición de las discusiones estériles que surgen de vez en cuando entre el Viceministerio de Transporte, los diputados y los buseros (ejemplo: El Diario de Hoy de fecha 22 de mayo de 2001), en las cuales todos se acusan a los otros por la falta de claridad, de no exigir el cumplimiento con el seguro obligatorio, de no determinar quién administrará el tema, los costos, coberturas, etc. Toda la discusión tiene un trasfondo de paternalismo, desconocimiento del sistema de mercado, y la indisposición de asumir las responsabilidades involucradas. Y para mientras, no pasa nada para mejorar la seguridad y responsabilidad en el transporte terrestre.

En cambio, al responsabilizar legalmente a los dueños de los buses de todos los daños ocasionados por sus máquinas, ellos tendrán que asumir los costos correspondientes, y así debe ser, porque están muy dispuestos a asumir los beneficios del transporte terrestre. De esta manera, los caminos del país seguirán siendo de ellos, pero habrá un precio implícito para aprovechar su "patrimonio".

*Director académico Escuela Superior de Economía y Negocios


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