Martes 17 de julio de 2001


Cuando un ángel se va

No existe nada más doloroso que ver morir a un niño, un hijo, por quien se daría todo -hasta el último céntimo acumulado en estas andanzas terrenales- para salvarle la vida. Y, más cruel aún es ver padecer a sus padres, derrotados y desamparados, arrastrando sus penas en un estrecho camino de espinas y recuerdos.

Por Oscar Tenorio

En este azaroso oficio, somos testigos, a diario, de historias tan tristes, que el alma se nos va llenando de parches. Basta pararse, un par de minutos, en sala de urgencias del Hospital de Niños Benjamín Bloom, para palidecer.

La historia más desgarradora que conocí fue aquella de una jovencita que había venido desde el norte de San Miguel. Su hijo padecía de dengue hemorrágico y murió a los días de ingresado en el Bloom.

No tenía ni un centavo para comprar el más sencillo de los ataúdes. Como pudo, logró recolectar el dinero entre desconocidos y desconsolados.

Y cuando le entregaron los restos de su pequeño, no sabía qué hacer. Apenas le habían sobrado unos cuantos colones y no conocía la ciudad.

Salió a la calle, sobre la 25 Avenida Norte, y en el obligado alto de un semáforo, le preguntó a un motorista de la ruta 9, si ese autobús pasaba por la terminal de oriente. El hombre le dijo que sí y ella, con gran esfuerzo, subió cargando su muerto.

Una hora después, viajaba, perdida entre el dolor y las ausencias, en uno de los buses que van hacia el oriente del país. Aquel triste episodio pasó ante la indiferencia de tantos. Y saber que la historia se repite una y otra vez.

A diario, decenas y decenas de pequeños son traídos desde los cantones más extraviados del país o de las zonas más pobres de la ciudad, en busca del alivio y el consuelo. No importa cuál sea la enfermedad, la pobreza los hace más vulnerables.

El año pasado, fue el dengue. Esta vez, la neumonía y las enfermedades gastrointestinales las que están devorando tanta inocencia. Ante tanta calamidad, el sistema de salud tiene que lidiar con las consecuencias de un problema estructural, que va más allá de poner inyecciones o repartir volantes.

Dichosos aquellos que tienen los recursos para pagar un médico y comprar la medicina, ante cualquier emergencia o enfermedad que padecen los pequeños. Desgraciadamente, esa accesibilidad es un beneficio de pocos en este país. Para la gran mayoría, sólo queda el dolor y la resignación.


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