Cuando un
ángel se va
No existe nada más doloroso que ver
morir a un niño, un hijo, por quien se
daría todo -hasta el último
céntimo acumulado en estas andanzas
terrenales- para salvarle la vida. Y, más
cruel aún es ver padecer a sus padres,
derrotados y desamparados, arrastrando sus penas
en un estrecho camino de espinas y
recuerdos.
Por Oscar
Tenorio
En
este azaroso oficio, somos testigos, a diario,
de historias tan tristes, que el alma se nos va
llenando de parches. Basta pararse, un par de
minutos, en sala de urgencias del Hospital de
Niños Benjamín Bloom, para
palidecer.
La historia más desgarradora que
conocí fue aquella de una jovencita que
había venido desde el norte de San
Miguel. Su hijo padecía de dengue
hemorrágico y murió a los
días de ingresado en el Bloom.
No tenía ni un centavo para comprar el
más sencillo de los ataúdes. Como
pudo, logró recolectar el dinero entre
desconocidos y desconsolados.
Y cuando le entregaron los restos de su
pequeño, no sabía qué
hacer. Apenas le habían sobrado unos
cuantos colones y no conocía la
ciudad.
Salió a la calle, sobre la 25 Avenida
Norte, y en el obligado alto de un
semáforo, le preguntó a un
motorista de la ruta 9, si ese autobús
pasaba por la terminal de oriente. El hombre le
dijo que sí y ella, con gran esfuerzo,
subió cargando su muerto.
Una hora después, viajaba, perdida
entre el dolor y las ausencias, en uno de los
buses que van hacia el oriente del país.
Aquel triste episodio pasó ante la
indiferencia de tantos. Y saber que la historia
se repite una y otra vez.
A diario, decenas y decenas de
pequeños son traídos desde los
cantones más extraviados del país
o de las zonas más pobres de la ciudad,
en busca del alivio y el consuelo. No importa
cuál sea la enfermedad, la pobreza los
hace más vulnerables.
El año pasado, fue el dengue. Esta
vez, la neumonía y las enfermedades
gastrointestinales las que están
devorando tanta inocencia. Ante tanta calamidad,
el sistema de salud tiene que lidiar con las
consecuencias de un problema estructural, que va
más allá de poner inyecciones o
repartir volantes.
Dichosos aquellos que tienen los recursos
para pagar un médico y comprar la
medicina, ante cualquier emergencia o enfermedad
que padecen los pequeños.
Desgraciadamente, esa accesibilidad es un
beneficio de pocos en este país. Para la
gran mayoría, sólo queda el dolor
y la resignación.