Sus huellas en la
capital
Caminando en tierras desconocidas, su
brújula es la ayuda que las personas le
brindan en el camino.
Carlos L.
Vides
Se
aproximan las ocho de la mañana. Mi
asignación es sencilla: debo
acompañar a Jean Beliveau, un canadiense
que camina por todo el mundo, durante un tramo
por San Salvador. .
Me transporto con el fotoperiodista hacia el
norte de la capital, en Zacamil. Allí,
ultimando detalles, está el literal
'trotamundos'. Aún no decide partir,
porque no ha trazado cuál ruta lo
sacará de la capital. Algo sí
tiene claro: tiene que llegar a San Vicente,
según su 'programa'.
Saca un mapa de su carrito. Es una especie de
triciclo combinado con carretilla, donde
transporta tienda de campaña, ropa,
medicinas, documentos y algún alimento.
Aun le queda espacio para varios mapas y un
álbum con imágenes para el
recuerdo, las cuales me muestra orgulloso.
Cuando Intenta ubicarse en el mapa,
sonrío cuando lo coloca completamente al
revés. "Eh, perdón", dice apenado.
Su español lo ha adquirido por su paso en
México y Guatemala, por lo que ambos
recurrimos al inglés para comunicarnos
mejor.
Al fin, el caminante decide viajar por la
Carretera Panamericana en lugar de la del
Litoral. "Me han dicho que por ahí hay
más pueblos", razona. Esto es clave:
buscará cobijo donde la noche comience a
aparecer, como ha ocurrido en todo su viaje.
La partida
Abrazos y muchos 'cuídate' inundan la
cochera de la casa, mientras Jean impulsa su
carrito y atraviesa el portal a eso de las 9
a.m. El gesto de pulgar arriba en su mano
describe el ánimo con el que arranca de
nuevo su aventura.
Decido acompañarlo un par de cuadras,
hasta la zona de la Universidad Nacional. En el
camino le pregunto si no le causa temor la
célebre inseguridad de nuestro
país. "Me dijeron en Chiapas que tuviera
cuidado, pero estaré bien", comenta. Es
como decir que si sobrevivió en
México, no tendrá problemas en
Centroamérica.
Al despedirme, cerca de la UES, pienso que
aún no lo he visto de verdad 'solo contra
el mundo'. Por eso, decido hacerme de una
bicicleta y observar, desde lejos, su solitaria
caminata.
Me tardo unos 20 minutos en esta
operación. Más adelante, logro
darle alcance cerca del Colegio Externado San
José. Su ritmo es intermedio pero
efectivo: 5 kms. por hora.
En una gasolinera cercana, hace una parada
estratégica: pide prestado el
baño. Su carrito queda solitario,
asediado por la curiosidad de empleados y
consumidores.
Al conocer sus intenciones de caminar por
todo el mundo, uno de ellos lanza: "A lo mucho
llega a San Martín". Las risas,
consecuencia lógica, no ocultan la
admiración.
Paso a paso
Ya cerca de Metrocentro, detiene un poco su
marcha para observar con detenimiento a un
indigente que, postrado en una acera, dormita a
plenas diez de la mañana. Hace un gesto
de impotencia y dolor. Sigue su marcha.
Más adelante, vuelvo a sonreír
ante sus intentos consecutivos por sacar dinero
de tres distintos cajeros automáticos.
Está corto de efectivo, pero sigue su
jornada, subiendo y bajando constantemente su
carrito entre calles y aceras. La falta de
ramplas para personas en sillas de rueda
dificultan su paso, además del fuerte
tráfico que ignora su misión.
Decido platicar con él en otra
estación, una gasolinera cercana al
centro de Gobierno, cuando ya ha alcanzado la
Alameda Juan Pablo II que lo llevará a la
Zona Oriental del país.
Aún le restan varios
kilómetros, pero se le ve tranquilo.
Cuando al fin me despido, le pregunto
cómo pasará de Panamá a
Colombia. "No sé", responde. Y agrega:
"si todavía no sé dónde voy
a dormir en San Vicente".