Martes 17 de julio de 2001


Sus huellas en la capital

Caminando en tierras desconocidas, su brújula es la ayuda que las personas le brindan en el camino.

Carlos L. Vides

Se aproximan las ocho de la mañana. Mi asignación es sencilla: debo acompañar a Jean Beliveau, un canadiense que camina por todo el mundo, durante un tramo por San Salvador. .

Me transporto con el fotoperiodista hacia el norte de la capital, en Zacamil. Allí, ultimando detalles, está el literal 'trotamundos'. Aún no decide partir, porque no ha trazado cuál ruta lo sacará de la capital. Algo sí tiene claro: tiene que llegar a San Vicente, según su 'programa'.

Saca un mapa de su carrito. Es una especie de triciclo combinado con carretilla, donde transporta tienda de campaña, ropa, medicinas, documentos y algún alimento. Aun le queda espacio para varios mapas y un álbum con imágenes para el recuerdo, las cuales me muestra orgulloso.

Cuando Intenta ubicarse en el mapa, sonrío cuando lo coloca completamente al revés. "Eh, perdón", dice apenado. Su español lo ha adquirido por su paso en México y Guatemala, por lo que ambos recurrimos al inglés para comunicarnos mejor.

Al fin, el caminante decide viajar por la Carretera Panamericana en lugar de la del Litoral. "Me han dicho que por ahí hay más pueblos", razona. Esto es clave: buscará cobijo donde la noche comience a aparecer, como ha ocurrido en todo su viaje.

La partida

Abrazos y muchos 'cuídate' inundan la cochera de la casa, mientras Jean impulsa su carrito y atraviesa el portal a eso de las 9 a.m. El gesto de pulgar arriba en su mano describe el ánimo con el que arranca de nuevo su aventura.

Decido acompañarlo un par de cuadras, hasta la zona de la Universidad Nacional. En el camino le pregunto si no le causa temor la célebre inseguridad de nuestro país. "Me dijeron en Chiapas que tuviera cuidado, pero estaré bien", comenta. Es como decir que si sobrevivió en México, no tendrá problemas en Centroamérica.

Al despedirme, cerca de la UES, pienso que aún no lo he visto de verdad 'solo contra el mundo'. Por eso, decido hacerme de una bicicleta y observar, desde lejos, su solitaria caminata.

Me tardo unos 20 minutos en esta operación. Más adelante, logro darle alcance cerca del Colegio Externado San José. Su ritmo es intermedio pero efectivo: 5 kms. por hora.

En una gasolinera cercana, hace una parada estratégica: pide prestado el baño. Su carrito queda solitario, asediado por la curiosidad de empleados y consumidores.

Al conocer sus intenciones de caminar por todo el mundo, uno de ellos lanza: "A lo mucho llega a San Martín". Las risas, consecuencia lógica, no ocultan la admiración.

Paso a paso

Ya cerca de Metrocentro, detiene un poco su marcha para observar con detenimiento a un indigente que, postrado en una acera, dormita a plenas diez de la mañana. Hace un gesto de impotencia y dolor. Sigue su marcha.

Más adelante, vuelvo a sonreír ante sus intentos consecutivos por sacar dinero de tres distintos cajeros automáticos. Está corto de efectivo, pero sigue su jornada, subiendo y bajando constantemente su carrito entre calles y aceras. La falta de ramplas para personas en sillas de rueda dificultan su paso, además del fuerte tráfico que ignora su misión.

Decido platicar con él en otra estación, una gasolinera cercana al centro de Gobierno, cuando ya ha alcanzado la Alameda Juan Pablo II que lo llevará a la Zona Oriental del país.

Aún le restan varios kilómetros, pero se le ve tranquilo. Cuando al fin me despido, le pregunto cómo pasará de Panamá a Colombia. "No sé", responde. Y agrega: "si todavía no sé dónde voy a dormir en San Vicente".


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