Meditando
¡Qué bello
es vivir!
Juan
Bosco Martín
Este
título tan peliculero me viene como
anillo al dedo para comentar la danza macabra a
la que asistimos en estas últimas
semanas. Que un individuo resuelva a tiros las
disputas por el derecho de vía; que un
soldado mate a puntapiés a un subalterno;
que unos secuestradores, después de
cobrar el producto de la más cruel de las
extorsiones, asesinen a su víctima y
abandonen el cadáver, nos debería
replantear los problemas prioritarios del
país. Por si quedaba algún
vestigio de crueldad inexplorada, los
niños también jalonan este camino
al matadero. Secuestran y asesinan a Gerardo
Villeda. Hallan los restos de otro infante
¡de cuatro años! con señales
de tortura en Santa Ana. Violan y machetean
hasta la muerte a madre e hijo en Nahuizalco.
Estamos hablando de sucesos que han ocurrido
hace unos pocos días. Y, síntoma
de la descomposición del sistema judicial
de este país, los presos ahorcaron ayer
al presunto asesino de Gerardo, o se
suicidó, sin que el personal de seguridad
se diera cuenta.
Me pregunto: ¿qué vale la vida en
este país, que se atrevió a
protegerla constitucionalmente desde el momento
de su concepción? Para mí, la vida
tiene un valor infinito. Y no hablo de mi vida,
sino de la vida de cualquier ser humano, hasta
la de los miserables que asesinan niños.
Si la vida es un don, como afirma la
mayoría de la población
salvadoreña que dice creer en Dios, no
debería permitirse a ningún poder
sobre la faz de la tierra que la elimine.
Si nuestras convicciones íntimas son
tan endebles que varían en función
de las barbaridades que cometemos, entonces,
¿por qué no la tortura? ¿por
qué no las ejecuciones públicas?
¿por qué no comenzamos los juicios
sumarísimos ante tribunales populares,
olvidándonos de fiscales y abogados, para
entronizar el veredicto de la muchedumbre a mano
alzada? ¿por qué no confesamos que
para nosotros la palabra "Dios" sirve más
para excitar sentimientos -buenos o malos- que
para orientar la razón, que es la
facultad que nos distingue de los animales?
Parece muy lógico, y muy lamentable,
que si el Estado no puede evitar que masacren a
los inocentes, mucho menos lo evitará con
los presuntos culpables, sobre todo los que
parecen tener poco de presuntos y mucho de
culpables. Precisamente esa impotencia se
manifestó ayer en el penal de Gotera,
porque no se pudo garantizar los derechos que a
todos nos gustaría gozar si nos acusaran
de cometer una ilegalidad.
A mi juicio, antes que la pobreza, la
injusticia, la impunidad o la desigualdad, El
Salvador necesita recuperar el aprecio por la
vida y manifestarlo públicamente. Como
sociedad, estamos enfermos, y la danza macabra
de estos últimos días es
sólo un síntoma.
La conciencia nacional es como un
músculo. Si no se ejercita, aunque sea de
forma refleja, pierde sus propiedades motoras.
Cuando no se siente asco, ni se manifiesta
ostensiblemente, ante los miles de asesinatos
que salpican nuestra cotidianidad, reflejamos la
mayor de las parálisis morales como
sociedad civilizada. ¿No va siendo hora que
nos movilicemos, con los tres poderes del Estado
al frente, en un grito que exteriorice la
sanidad moral de los muchísimos
ciudadanos de bien que no quieren vivir en medio
de un cementerio?