Jueves 28 de junio de 2001


Meditando
¡Qué bello es vivir!
Juan Bosco Martín

Este título tan peliculero me viene como anillo al dedo para comentar la danza macabra a la que asistimos en estas últimas semanas. Que un individuo resuelva a tiros las disputas por el derecho de vía; que un soldado mate a puntapiés a un subalterno; que unos secuestradores, después de cobrar el producto de la más cruel de las extorsiones, asesinen a su víctima y abandonen el cadáver, nos debería replantear los problemas prioritarios del país. Por si quedaba algún vestigio de crueldad inexplorada, los niños también jalonan este camino al matadero. Secuestran y asesinan a Gerardo Villeda. Hallan los restos de otro infante ¡de cuatro años! con señales de tortura en Santa Ana. Violan y machetean hasta la muerte a madre e hijo en Nahuizalco. Estamos hablando de sucesos que han ocurrido hace unos pocos días. Y, síntoma de la descomposición del sistema judicial de este país, los presos ahorcaron ayer al presunto asesino de Gerardo, o se suicidó, sin que el personal de seguridad se diera cuenta.

Me pregunto: ¿qué vale la vida en este país, que se atrevió a protegerla constitucionalmente desde el momento de su concepción? Para mí, la vida tiene un valor infinito. Y no hablo de mi vida, sino de la vida de cualquier ser humano, hasta la de los miserables que asesinan niños. Si la vida es un don, como afirma la mayoría de la población salvadoreña que dice creer en Dios, no debería permitirse a ningún poder sobre la faz de la tierra que la elimine.

Si nuestras convicciones íntimas son tan endebles que varían en función de las barbaridades que cometemos, entonces, ¿por qué no la tortura? ¿por qué no las ejecuciones públicas? ¿por qué no comenzamos los juicios sumarísimos ante tribunales populares, olvidándonos de fiscales y abogados, para entronizar el veredicto de la muchedumbre a mano alzada? ¿por qué no confesamos que para nosotros la palabra "Dios" sirve más para excitar sentimientos -buenos o malos- que para orientar la razón, que es la facultad que nos distingue de los animales?

Parece muy lógico, y muy lamentable, que si el Estado no puede evitar que masacren a los inocentes, mucho menos lo evitará con los presuntos culpables, sobre todo los que parecen tener poco de presuntos y mucho de culpables. Precisamente esa impotencia se manifestó ayer en el penal de Gotera, porque no se pudo garantizar los derechos que a todos nos gustaría gozar si nos acusaran de cometer una ilegalidad.

A mi juicio, antes que la pobreza, la injusticia, la impunidad o la desigualdad, El Salvador necesita recuperar el aprecio por la vida y manifestarlo públicamente. Como sociedad, estamos enfermos, y la danza macabra de estos últimos días es sólo un síntoma.

La conciencia nacional es como un músculo. Si no se ejercita, aunque sea de forma refleja, pierde sus propiedades motoras. Cuando no se siente asco, ni se manifiesta ostensiblemente, ante los miles de asesinatos que salpican nuestra cotidianidad, reflejamos la mayor de las parálisis morales como sociedad civilizada. ¿No va siendo hora que nos movilicemos, con los tres poderes del Estado al frente, en un grito que exteriorice la sanidad moral de los muchísimos ciudadanos de bien que no quieren vivir en medio de un cementerio?


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