Jueves 28 de junio de 2001


La pena capital
Marvin Galeas

E-mail: Marvin@telemovil.com

El asesinato de Gerardo Miguel Villeda Kattán nos ha golpeado a todos. Pero ningún pesar solidario se compara con el infinito dolor y desgarramiento del padre y la madre. Ninguno. El sábado pasado estuve, como periodista, en casa de don Miguel Villeda. Estaban las tías, los cuñados, las primas, los amigos de siempre. Estaban allí dándose mutuo calor, como tapando cada espacio de la casa, cada rinconcito: para que la enorme ausencia, el hoyo gigantesco dejado por un simpático y tierno niño no se notara mucho. Imposible. Cada juguete tirado. Cada ropita puesta por allí, cada sonrisa del hermanito, traía inevitablemente el recuerdo del angelito que se fue.

Don Miguel, un hombre bueno y de actitud serena, miraba hacia ninguna parte. Los ojos apagados y el mentón caído. "Me han arrancado el alma", dijo en el entierro. La madre, que agotó toda la dotación de lágrimas con la que vino al mundo, mostraba esa serena resignación que sólo Dios da en esos momentos terribles. "Vamos a pedir la pena de muerte, ayúdenos", me dijo una de las tías.

La pena de muerte, otra vez, se ha colocado en el tapete de la discusión pública. Los que están en contra de la pena capital argumentan que no se ha comprobado que sea efectiva para disuadir a los criminales. O que no podemos asumir el papel de Dios para decidir quién vive y quién no. También algunos dicen que no podemos aceptar la pena de muerte, porque está siendo demandada por una sociedad en extremo estado de emotividad.

En lo particular pienso que la pena de muerte no debe tener como fin disuadir a los criminales. Se trata, lisa y llanamente, de un acto de justicia para los crímenes horrendos como el asesinato de Gerardo Miguel. Una bestia como ese asesino, no merece seguir circulando ni aún en los pocos metros cuadrados de una celda o un penal. "La paga del pecado es muerte", dice la Biblia. ¿Y qué peor pecado que meterle un tiro en la cabeza a un inocente niño? Como dijo el presidente Bush, en el caso de Timoty Mc Veigh: "No es un acto de venganza, sino de justicia".

Esto nos lleva al segundo argumento: "No somos Dios para decidir quién vive y quién no". ¿Pero, es que acaso Dios no nos dio libre albedrío y el conocimiento del bien y del mal? Como seres humanos libres y racionales debemos asumir la total responsabilidad de la organización de nuestra sociedad. Las personas decentes tienen todo el derecho de defenderse de las alimañas con cuerpo de hombre. Por supuesto que para ello el ser humano ha creado las leyes, los tribunales, los procedimientos, las penas y las cárceles. El mandamiento que dice "No matarás" está dirigido los chacales, no a los encargados de castigarlos.

Es cierto que con la poca transparencia de nuestro aparato de administración de justicia, con cada pícaro que ejerce de abogado, con la calidad de algunos jueces, la aplicación de la pena de muerte en nuestro país y en las actuales circunstancias es poco recomendable. Pero entonces no se trata de poner parches en un momento de gran emotividad sino de pensar en la reforma total de nuestro sistema judicial. Convencernos de una vez por todas que no se le puede hacer frente a los secuestradores, violadores y demás ratas con leyes como la del Menor Infractor, y con las incomprensibles ataduras de los códigos Penal y Procesal Penal.

El Estado debe mostrarse fuerte y poderoso para garantizar un eficiente sistema de administración de justicia y no en elefantes blancos con pretensiones de reglamentar la vida económica. Pienso que debemos tener leyes claras y duras, sin espacios para las maniobras de los tinterillos, que incluso contenga la pena de muerte para ciertos delitos. Pero al mismo tiempo creo que, como individuos y como sociedad, debemos luchar tenazmente para que castigos como la pena de muerte se vuelvan innecesarios.

La emotividad que el caso de Gerardito ha desatado es, en cierta forma, una buena noticia. Todavía, como sociedad, el crimen no nos es indiferente. Todavía tenemos la capacidad de indignarnos por el mal que se la hace a gente buena como la familia Villeda Kattán. Y eso es bueno.


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