La pena
capital
Marvin Galeas
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Marvin@telemovil.com
El
asesinato de Gerardo Miguel Villeda
Kattán nos ha golpeado a todos. Pero
ningún pesar solidario se compara con el
infinito dolor y desgarramiento del padre y la
madre. Ninguno. El sábado pasado estuve,
como periodista, en casa de don Miguel Villeda.
Estaban las tías, los cuñados, las
primas, los amigos de siempre. Estaban
allí dándose mutuo calor, como
tapando cada espacio de la casa, cada
rinconcito: para que la enorme ausencia, el hoyo
gigantesco dejado por un simpático y
tierno niño no se notara mucho.
Imposible. Cada juguete tirado. Cada ropita
puesta por allí, cada sonrisa del
hermanito, traía inevitablemente el
recuerdo del angelito que se fue.
Don Miguel, un hombre bueno y de actitud
serena, miraba hacia ninguna parte. Los ojos
apagados y el mentón caído. "Me
han arrancado el alma", dijo en el entierro. La
madre, que agotó toda la dotación
de lágrimas con la que vino al mundo,
mostraba esa serena resignación que
sólo Dios da en esos momentos terribles.
"Vamos a pedir la pena de muerte,
ayúdenos", me dijo una de las
tías.
La pena de muerte, otra vez, se ha colocado
en el tapete de la discusión
pública. Los que están en contra
de la pena capital argumentan que no se ha
comprobado que sea efectiva para disuadir a los
criminales. O que no podemos asumir el papel de
Dios para decidir quién vive y
quién no. También algunos dicen
que no podemos aceptar la pena de muerte, porque
está siendo demandada por una sociedad en
extremo estado de emotividad.
En lo particular pienso que la pena de muerte
no debe tener como fin disuadir a los
criminales. Se trata, lisa y llanamente, de un
acto de justicia para los crímenes
horrendos como el asesinato de Gerardo Miguel.
Una bestia como ese asesino, no merece seguir
circulando ni aún en los pocos metros
cuadrados de una celda o un penal. "La paga del
pecado es muerte", dice la Biblia. ¿Y
qué peor pecado que meterle un tiro en la
cabeza a un inocente niño? Como dijo el
presidente Bush, en el caso de Timoty Mc Veigh:
"No es un acto de venganza, sino de
justicia".
Esto nos lleva al segundo argumento: "No
somos Dios para decidir quién vive y
quién no". ¿Pero, es que acaso Dios
no nos dio libre albedrío y el
conocimiento del bien y del mal? Como seres
humanos libres y racionales debemos asumir la
total responsabilidad de la organización
de nuestra sociedad. Las personas decentes
tienen todo el derecho de defenderse de las
alimañas con cuerpo de hombre. Por
supuesto que para ello el ser humano ha creado
las leyes, los tribunales, los procedimientos,
las penas y las cárceles. El mandamiento
que dice "No matarás" está
dirigido los chacales, no a los encargados de
castigarlos.
Es cierto que con la poca transparencia de
nuestro aparato de administración de
justicia, con cada pícaro que ejerce de
abogado, con la calidad de algunos jueces, la
aplicación de la pena de muerte en
nuestro país y en las actuales
circunstancias es poco recomendable. Pero
entonces no se trata de poner parches en un
momento de gran emotividad sino de pensar en la
reforma total de nuestro sistema judicial.
Convencernos de una vez por todas que no se le
puede hacer frente a los secuestradores,
violadores y demás ratas con leyes como
la del Menor Infractor, y con las
incomprensibles ataduras de los códigos
Penal y Procesal Penal.
El Estado debe mostrarse fuerte y poderoso
para garantizar un eficiente sistema de
administración de justicia y no en
elefantes blancos con pretensiones de
reglamentar la vida económica. Pienso que
debemos tener leyes claras y duras, sin espacios
para las maniobras de los tinterillos, que
incluso contenga la pena de muerte para ciertos
delitos. Pero al mismo tiempo creo que, como
individuos y como sociedad, debemos luchar
tenazmente para que castigos como la pena de
muerte se vuelvan innecesarios.
La emotividad que el caso de Gerardito ha
desatado es, en cierta forma, una buena noticia.
Todavía, como sociedad, el crimen no nos
es indiferente. Todavía tenemos la
capacidad de indignarnos por el mal que se la
hace a gente buena como la familia Villeda
Kattán. Y eso es bueno.