Jueves 28 de junio de 2001


Tomando la palabra
La ira del pueblo
Salvador Samayoa*

El asesinato de un niño ha desatado la ira del pueblo. Se palpa en el ambiente la cólera de la gente. Y no es sólo furia desbordada. Es también indignación, náusea, angustia, temor, clamor, impotencia, frustración y desesperación. Es reacción apasionada, con todos los resortes emocionales disparados. Y qué bien que así sea, porque a los tibios hasta Dios los vomita.

Cualquier reacción fría y racional ante abominables hechos de violencia sería síntoma de muy mala salud en el cuerpo social. La gente debe expresar sus sentimientos sin tapujos y sin pretensiones de rigor analítico. Esto tiene un valor catártico y terapéutico. Es como un exorcismo ante los demonios que más nos angustian. Pero también es un acto social de armarse de valor frente a poderes que se perciben como formidables y maléficos. En este sentido, el clamor popular tiene un valor de construcción y ejercicio de poder social que sólo en raras ocasiones tiene oportunidad de imponerse al poder económico y político. Esta puede ser una de esas raras ocasiones. La gente lo percibe.

Lo que debemos evitar -en palabras de Nietzsche- es que la náusea sea tan grande que nos impida limpiarnos. Que los pueblos puedan y deban expresar su reacción emocional o su angustia y desesperación es una cosa. Que se eleve la desesperación a política de Estado es otra cosa muy diferente.

Este es el contexto de la discusión actual sobre la pena de muerte. Una cosa es que la gente la exija a gritos, con todo derecho. Otra cosa diferente sería que los políticos engañaran a la gente haciéndole creer que esa es la solución al problema de la violencia y la delincuencia. Que la gente proponga soluciones mágicas en momentos de conmoción es comprensible y aceptable. Que los conductores del Estado le vendan soluciones mágicas a la gente es inaceptable.

Hay argumentos válidos a favor de la pena de muerte. El más importante es la sensación de compensación musical y la sensación de compensación emocional y la sensación de poder social de la población frente a los agresores. Pero también hay aumentos válidos en contra. El más importante es que en ninguna parte ha probado ser un factor real de disuasión.

En esta discusión convendría tomar como referencia el país que, por cultura y por desarrollo tecnológico e informático, tiene las bases de datos y las estadísticas más confiables del mundo.

Un estudio realizado a lo largo de 13 años y publicado en 1999 reveló que en el estado de Texas -el que tiene mayor número de condenas a muerte y ejecuciones-, la tasa de homicidios se ha mantenido inalterada. Otros estudios en estados como Oklahoma, que han restablecido la pena de muerte después de una moratoria de 25 años, revelaron un "significativo incremento" de homicidios después de reimplantar la pena de muerte. En California, después de uno de los casos más sonados y ejemplares de aplicación de la pena de muerte -el de Robert Hattis en 1992-, aumentaron los homicidios durante los 8 meses subsiguiente a la ejecución.

Otro estudio, a escala nacional en Estados Unidos, comparó por pares 293 condados ubicados en estados vecinos. Para aislar la incidencia de otras variables, se escogieron pares de condados con la misma ubicación geográfica, el mismo desarrollo histórico y casi idénticos índicos demográficos y económicos. La única diferencia en cada par era que en un condado estaba vigente la pena de muerte y en el otro no. El estudio encontró mayores índices de homicidios en los condados que tenían la pena de muerte.

Otro estudio por regiones demostró que el sur de los Estados Unidos, con el 80% de las ejecuciones a nivel nacional, repetidamente salió con el mayor índice de homicidios de todo el país, mientras que la región noreste -Nueva Inglaterra-, que sólo participa del 1% de las condenas a muerte a nivel nacional, ha mantenido reiteradamente el índice más bajo de homicidios de todo el país.

Diez de los doce estados que no tienen pena de muerte presentan tasas de homicidios por debajo de la media nacional, mientras que más de la mitad de los estados que tienen pena de muerte tiene tasas de homicidios por encima del promedio nacional. A lo largo de los últimos 20 años, la tasa de homicidios en los estados que tienen pena de muerte ha sido entre 48% y 101% mayor que en los estados que no tienen pena de muerte.

En 1995, una encuesta pasada a jefes de policía de todo Estados Unidos reveló que el 67% no veía la pena de muerte como un instrumento efectivo para evitar los crímenes violentos. Más aún, la encuesta ubicó la pena de muerte como la más inefectiva entre las medidas más usuales para reducir los crímenes violentos.

En otro estudio se consultó a expertos de la Sociedad Americana de Criminología, la Academia de Ciencias de Justicia Penal y otras instituciones de igual peso e indisputado prestigio en los Estados Unidos. El 80% de estos expertos opinó que, a la luz de todas las investigaciones existentes, no se podía establecer un efecto disuasivo de la pena de muerte.

La gente no tiene manera ni razón para opinar con criterio científico sobre temas tan sensibles, pero las autoridades del estado están obligadas a informarse antes de tomar decisiones.

La pena de muerte puede satisfacer sicológicamente el clamor social de castigo a los criminales, pero definitivamente no es efectiva para reducir los homicidios u otras modalidades de graves delitos. Y más importante aún que su inefectividad es el riesgo de implantarla como solución mágica, en vez de modificar otros factores de la vida social que sí tienen una correlación estadística probada con la incidencia de hechos delictivos.

Este es el caso del consumo de drogas, la portación de armas de fuego, el abuso en el consumo de bebidas alcohólicas, la impunidad, la ineficiencia del sistema de justicia penal y otros aspectos que han tenido en nuestro país un tratamiento marcado por la blandenguería, las medias tintas, la irresponsabilidad, la tolerancia con el abuso del poder político y la connivencia con mezquinos intereses comerciales.

Ahora parece, por primera vez -Dios tenga en su gloria a Gerardito-, que el liderazgo político del país ha escuchado la ira del pueblo y podría estar dispuesto a impulsar un conjunto de medidas mucho más efectivas que la pena de muerte para combatir la delincuencia.


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