Sábado 5 de mayo de 2001


El Salvador en perspectiva
Las raíces de la corrupción
Mario Rosenthal
E-mail: mrelsalv@cyt.net

La ocasión hace al ladrón. En este sencillo proverbio encontramos las raíces de la corrupción de funcionarios públicos, que manejan las rentas del gobierno y de los que administran los negocios privados. A esta conclusión llegó un estudio presentado al Grupo Consultivo del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo, que enfocó la reconstrucción y transformación de Centro América, con especial atención en la transparencia de las operaciones y la responsabilidad de dar cuenta a los involucrados. Aunque el taller, al que concurrieron especialistas de todo el mundo, se llevó a cabo hace dos años en Estocolmo, Suecia, tiene relevancia en estos momentos en que El Salvador está recibiendo donaciones y préstamos de gobiernos y organizaciones amigas, para la reconstrucción de viviendas y caminos y amparo para las víctimas de los terremotos de enero y febrero de 2001.

Para entrar en cualquier tema, es imprescindible definirlo. ¿Qué cae dentro de la categoría de corrupción? Generalmente cuando se habla de corrupción, se refiere a hechos cometidos por funcionarios y empleados del gobierno, pero si se acepta que el abuso de atribuciones correspondiente al oficio y la discrecionalidad de que goza la persona que ocupa un puesto privado o público para beneficio de sí mismo es corrupción, tan corruptos son los del sector privado como del sector público que cometen faltas. Esto es muy lógico, porque hurtar es hurtar, sean bienes del gobierno, de empresas o del público en general.

Todos violan el principio de no robar, que se observa en todas las sociedades humanas civilizadas. Es curioso que en El Salvador las transgresiones contra el Estado por funcionarios sólo tienen leves sanciones y hasta facilitan eludir la responsabilidad con la restitución de lo hurtado. La corrupción es un fenómeno muy complejo. Sus raíces se encuentran en las instituciones burocráticas y políticas de los países. La experiencia de las instituciones internacionales como el Banco Mundial y el FMI comprueba que la corrupción a menudo es la causa principal del fracaso de muchos programas de desarrollo.

La corrupción está muy diseminada en economías en transición, no tanto porque sus habitantes difieran de los de países desarrollados, sino porque las condiciones en países en desarrollo son propicias para los atropellos, por la falta de sistemas eficientes para la prevención y el control de abusos. La clase dirigente está motivada por lo que puede considerar una oportunidad, tal vez única, de enriquecimiento, que ha visto a algunos colegas aprovechar. Los de menor categoría que apenas ganan para sostener a sus familias, naturalmente no desprecian la oportunidad de aumentar sus ingresos. El problema se encuentra en la coyuntura de los intereses públicos y privados. Es una moneda de dos caras. Intereses &emdash;domésticos y externos&emdash; ejercen influencia para aprovechar las oportunidades que se presentan y que los empleados de instituciones públicas se rindan a la corrupción por la ausencia de frenos, y porque saben que aún en el caso de ser denunciados la mayoría de las veces tales denuncias se archivan y en el remoto caso de que sean enjuiciados, lo más probable es que serían sobreseídos por un juez abierto a la corrupción.

Todos los abusos señalados se pueden catalogar como resultado de la impunidad, que, por un lado, la Constitución brinda a algunos funcionarios del gobierno, que han logrado sus nombramientos por la política y no por el mérito, y por otro, por la alta de fiscalización de las instituciones gubernamentales, de los bancos y de las empresas autorizadas para manejar fondos ajenos y sobre todo por debilidad de las leyes y reglamentos que amparan la materia. Naturalmente a los funcionarios del Estado no les interesa implantar un sistema de fiscalización a prueba de manipuleos, especialmente a los diputados. Mientras los dirigentes públicos y privados, que en parte son los mismos, no implanten un sistema de manejo de los bienes públicos y privados, tan transparente como el agua cristalina y sin nada de reservas ni hermetismo -algo que no existe hoy-, las espléndidas oportunidades para enriquecimiento ilegal fomentarán aún más la corrupción.


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