- El
Salvador en perspectiva
- Las raíces de
la corrupción
- Mario
Rosenthal
- E-mail: mrelsalv@cyt.net
La
ocasión hace al ladrón. En este
sencillo proverbio encontramos las raíces
de la corrupción de funcionarios
públicos, que manejan las rentas del
gobierno y de los que administran los negocios
privados. A esta conclusión llegó
un estudio presentado al Grupo Consultivo del
Banco Mundial y del Banco Interamericano de
Desarrollo, que enfocó la
reconstrucción y transformación de
Centro América, con especial
atención en la transparencia de las
operaciones y la responsabilidad de dar cuenta a
los involucrados. Aunque el taller, al que
concurrieron especialistas de todo el mundo, se
llevó a cabo hace dos años en
Estocolmo, Suecia, tiene relevancia en estos
momentos en que El Salvador está
recibiendo donaciones y préstamos de
gobiernos y organizaciones amigas, para la
reconstrucción de viviendas y caminos y
amparo para las víctimas de los
terremotos de enero y febrero de 2001.
Para entrar en cualquier tema, es
imprescindible definirlo. ¿Qué cae
dentro de la categoría de
corrupción? Generalmente cuando se habla
de corrupción, se refiere a hechos
cometidos por funcionarios y empleados del
gobierno, pero si se acepta que el abuso de
atribuciones correspondiente al oficio y la
discrecionalidad de que goza la persona que
ocupa un puesto privado o público para
beneficio de sí mismo es
corrupción, tan corruptos son los del
sector privado como del sector público
que cometen faltas. Esto es muy lógico,
porque hurtar es hurtar, sean bienes del
gobierno, de empresas o del público en
general.
Todos violan el principio de no robar, que se
observa en todas las sociedades humanas
civilizadas. Es curioso que en El Salvador las
transgresiones contra el Estado por funcionarios
sólo tienen leves sanciones y hasta
facilitan eludir la responsabilidad con la
restitución de lo hurtado. La
corrupción es un fenómeno muy
complejo. Sus raíces se encuentran en las
instituciones burocráticas y
políticas de los países. La
experiencia de las instituciones internacionales
como el Banco Mundial y el FMI comprueba que la
corrupción a menudo es la causa principal
del fracaso de muchos programas de
desarrollo.
La corrupción está muy
diseminada en economías en
transición, no tanto porque sus
habitantes difieran de los de países
desarrollados, sino porque las condiciones en
países en desarrollo son propicias para
los atropellos, por la falta de sistemas
eficientes para la prevención y el
control de abusos. La clase dirigente
está motivada por lo que puede considerar
una oportunidad, tal vez única, de
enriquecimiento, que ha visto a algunos colegas
aprovechar. Los de menor categoría que
apenas ganan para sostener a sus familias,
naturalmente no desprecian la oportunidad de
aumentar sus ingresos. El problema se encuentra
en la coyuntura de los intereses públicos
y privados. Es una moneda de dos caras.
Intereses &emdash;domésticos y
externos&emdash; ejercen influencia para
aprovechar las oportunidades que se presentan y
que los empleados de instituciones
públicas se rindan a la corrupción
por la ausencia de frenos, y porque saben que
aún en el caso de ser denunciados la
mayoría de las veces tales denuncias se
archivan y en el remoto caso de que sean
enjuiciados, lo más probable es que
serían sobreseídos por un juez
abierto a la corrupción.
Todos los abusos señalados se pueden
catalogar como resultado de la impunidad, que,
por un lado, la Constitución brinda a
algunos funcionarios del gobierno, que han
logrado sus nombramientos por la política
y no por el mérito, y por otro, por la
alta de fiscalización de las
instituciones gubernamentales, de los bancos y
de las empresas autorizadas para manejar fondos
ajenos y sobre todo por debilidad de las leyes y
reglamentos que amparan la materia. Naturalmente
a los funcionarios del Estado no les interesa
implantar un sistema de fiscalización a
prueba de manipuleos, especialmente a los
diputados. Mientras los dirigentes
públicos y privados, que en parte son los
mismos, no implanten un sistema de manejo de los
bienes públicos y privados, tan
transparente como el agua cristalina y sin nada
de reservas ni hermetismo -algo que no existe
hoy-, las espléndidas oportunidades para
enriquecimiento ilegal fomentarán
aún más la corrupción.