- En honor
de la verdad
- Los motivos del
odio
- Mauricio
Alfredo Clará
En la Historia Sagrada revelada en diferentes
pasajes bíblicos, la envidia siempre
aparece en toda su expresión funesta,
colmada de maldad y ensañamiento, por
aquel personaje que la padece. Recuérdese
a Caín contra Abel (Génesis 4.3),
a Esaú contra Jacob (Génesis
27.41), a los hermanos contra José
(Génesis 37. 20), al Faraón contra
Moisés (Éxodo 2.15), a Saúl
contra David (Samuel 18.12), a los fariseos
contra Jesús nuestro Señor (Mateo
23). La envidia, en muchos de esos pasajes, no
se conformó con atacar sino hasta obtener
la muerte de su destinatario. El peor acto de
envidia -aparte de la crucifixión de
Jesucristo- fue el de Satanás contra la
humanidad, representada en Eva, al inducirla al
pecado de desobediencia, rencoroso y molesto por
su degradación a causa de su misma
rebelión.
La envidia -tristeza o pesar por el bien
ajeno- es una de las debilidades que perturban
la existencia de quienes la padecen. No se sabe,
o al menos es difícil determinar,
qué hacer o qué actitudes asumir
frente al envidioso. Algunos recomiendan
ignorarle y, no dejan de tener cierta
razón, desde luego que el padecimento de
esa dolencia mental no debe perturbarnos ni
siquiera el sueño. Sin embargo, el
envidioso o la envidiosa son capaces de hacer
mucho daño. La historia -no sólo
bíblica- lo confirma. Porque la envidia
es hermana gemela del odio, aunque los motivos
fueran imaginarios o de origen completamente
ajeno a la personalidad del que los padece, y de
aquel que pasivamente debe soportarlos.
De acuerdo con los relato bíblicos, la
envidia es una constante permanente, cuya
motivación se abona en la subjetividad
enferma del que la padece. De acuerdo con los
avances de la ciencia, ese tipo de dolencias o
patologías sólo puede combatirse
mediante tratamiento siquiátrico, asunto
que implica, de parte del paciente, la
aceptación del padecimiento. Lo aterior,
en vez de facilitar la terapia, constituye una
barrera inexpugnable.
De una cosa puede estar cierto el envidioso:
que la erupción de su dolencia queda a
descubierto por su forma irónica,
interesada personalmente, desbordada por su
rencor y maledicencia. A veces esa enfermedad es
conocida por el mismo que la padece y,
conscientemente, enterado de su maldad, procura
disimularla en la exposición y
análisis de temas candentes de la
realidad nacional. Otras veces, intriga en la
sombra, conspirando con otros pacientes en el
carruaje de su infortunio.
Pero el lector sano y, sin intereses
semejantes a los del enfermo, sabe distinguir,
inmediatamente, las motivaciones de los
análisis y opiniones genuinamente
patrióticas o profesionales. Es que de
verdad, el escritor editorialista
auténtico se identifica a la legua y sin
esfuerzo frente al manipulador. Esa
distinción se ve estimulada por la forma
de las expresiones, el contenido altruista de
las mismas, la valentía y certeza
objetiva de los planteamientos y la
abstracción de todo señalamiento
contrario a reacciones personalizadas.
Alguna vez las personas tienen que soportar
la insinuación ofensiva directa
indirecta, de alguien contagiado de la dolencia
mental a que se hace referencia, inclusive, sin
registrar en el haber o el debe de su patrimonio
moral, alguna deuda pendiente, también
directa o indirecta, para justificar la
agresividad incontenible del enfermo.
Sería de esperar de esas personas, que la
razón al final se impusiera ante su
emotividad profundamente alterada, especialmente
si carecen de motivaciones objetivas para
descargar su odio. Por lo demás, lo
anterior es mera ilusión o
fantasía y quisiéramos unirnos a
la recomendación de ser ignoradas, tanto
como persistan en su pernicioso
empeño.
El colmo de esa enfermedad se manifiesta
cuando el agresor o agresora envidioso
insatisfecho, cobardemente, en vez de dirigir su
ensañamiento contra aquel que es causa
directa de su tristeza o pesar por los bienes de
que disfruta, aprovecha y lesiona a su
descendencia, carente de las destrezas y
habiliddes para hacer la defensa y respuesta
adecuada. No son pocas las familias que deben
cargar la pena de soportar impotentes el
producto de envidia contra padre o madre, pero
el creyente, como Abel, Jacob y José y
como Moisés David y Jesús,
triunfará, cuantas veces sea
víctima de aquélla, muy a pesar de
la actitud y motivos del odio.
Como esa clase de enfermedad produce una
especie de veneno de efectos irreversibles, es
también recomendable concluir, como lo
hacemos, invocando las alabanzas del Salmista:
"Alzáronse los soberbios contra
mí, ¡Oh Dios!, y una caterva de
homicidas atenta contra mi vida; mas tú,
Señor, eres Dios compasivo y
misericordioso, paciente y de gran misericordia
y lealtad: mírame y apiádate de
mí, da fortaleza a tu siervo y guarda al
hijo de tu sierva. Obra en mi favor un prodigio,
para que vean y se avergüencen los que me
aborrecen, por cuanto, Tú, Señor,
me ayudaste y me consolaste". (Salmo 86).
Amén.