Lunes 9 de abril de 2001


En honor de la verdad
Los motivos del odio
Mauricio Alfredo Clará

En la Historia Sagrada revelada en diferentes pasajes bíblicos, la envidia siempre aparece en toda su expresión funesta, colmada de maldad y ensañamiento, por aquel personaje que la padece. Recuérdese a Caín contra Abel (Génesis 4.3), a Esaú contra Jacob (Génesis 27.41), a los hermanos contra José (Génesis 37. 20), al Faraón contra Moisés (Éxodo 2.15), a Saúl contra David (Samuel 18.12), a los fariseos contra Jesús nuestro Señor (Mateo 23). La envidia, en muchos de esos pasajes, no se conformó con atacar sino hasta obtener la muerte de su destinatario. El peor acto de envidia -aparte de la crucifixión de Jesucristo- fue el de Satanás contra la humanidad, representada en Eva, al inducirla al pecado de desobediencia, rencoroso y molesto por su degradación a causa de su misma rebelión.

La envidia -tristeza o pesar por el bien ajeno- es una de las debilidades que perturban la existencia de quienes la padecen. No se sabe, o al menos es difícil determinar, qué hacer o qué actitudes asumir frente al envidioso. Algunos recomiendan ignorarle y, no dejan de tener cierta razón, desde luego que el padecimento de esa dolencia mental no debe perturbarnos ni siquiera el sueño. Sin embargo, el envidioso o la envidiosa son capaces de hacer mucho daño. La historia -no sólo bíblica- lo confirma. Porque la envidia es hermana gemela del odio, aunque los motivos fueran imaginarios o de origen completamente ajeno a la personalidad del que los padece, y de aquel que pasivamente debe soportarlos.

De acuerdo con los relato bíblicos, la envidia es una constante permanente, cuya motivación se abona en la subjetividad enferma del que la padece. De acuerdo con los avances de la ciencia, ese tipo de dolencias o patologías sólo puede combatirse mediante tratamiento siquiátrico, asunto que implica, de parte del paciente, la aceptación del padecimiento. Lo aterior, en vez de facilitar la terapia, constituye una barrera inexpugnable.

De una cosa puede estar cierto el envidioso: que la erupción de su dolencia queda a descubierto por su forma irónica, interesada personalmente, desbordada por su rencor y maledicencia. A veces esa enfermedad es conocida por el mismo que la padece y, conscientemente, enterado de su maldad, procura disimularla en la exposición y análisis de temas candentes de la realidad nacional. Otras veces, intriga en la sombra, conspirando con otros pacientes en el carruaje de su infortunio.

Pero el lector sano y, sin intereses semejantes a los del enfermo, sabe distinguir, inmediatamente, las motivaciones de los análisis y opiniones genuinamente patrióticas o profesionales. Es que de verdad, el escritor editorialista auténtico se identifica a la legua y sin esfuerzo frente al manipulador. Esa distinción se ve estimulada por la forma de las expresiones, el contenido altruista de las mismas, la valentía y certeza objetiva de los planteamientos y la abstracción de todo señalamiento contrario a reacciones personalizadas.

Alguna vez las personas tienen que soportar la insinuación ofensiva directa indirecta, de alguien contagiado de la dolencia mental a que se hace referencia, inclusive, sin registrar en el haber o el debe de su patrimonio moral, alguna deuda pendiente, también directa o indirecta, para justificar la agresividad incontenible del enfermo. Sería de esperar de esas personas, que la razón al final se impusiera ante su emotividad profundamente alterada, especialmente si carecen de motivaciones objetivas para descargar su odio. Por lo demás, lo anterior es mera ilusión o fantasía y quisiéramos unirnos a la recomendación de ser ignoradas, tanto como persistan en su pernicioso empeño.

El colmo de esa enfermedad se manifiesta cuando el agresor o agresora envidioso insatisfecho, cobardemente, en vez de dirigir su ensañamiento contra aquel que es causa directa de su tristeza o pesar por los bienes de que disfruta, aprovecha y lesiona a su descendencia, carente de las destrezas y habiliddes para hacer la defensa y respuesta adecuada. No son pocas las familias que deben cargar la pena de soportar impotentes el producto de envidia contra padre o madre, pero el creyente, como Abel, Jacob y José y como Moisés David y Jesús, triunfará, cuantas veces sea víctima de aquélla, muy a pesar de la actitud y motivos del odio.

Como esa clase de enfermedad produce una especie de veneno de efectos irreversibles, es también recomendable concluir, como lo hacemos, invocando las alabanzas del Salmista: "Alzáronse los soberbios contra mí, ¡Oh Dios!, y una caterva de homicidas atenta contra mi vida; mas tú, Señor, eres Dios compasivo y misericordioso, paciente y de gran misericordia y lealtad: mírame y apiádate de mí, da fortaleza a tu siervo y guarda al hijo de tu sierva. Obra en mi favor un prodigio, para que vean y se avergüencen los que me aborrecen, por cuanto, Tú, Señor, me ayudaste y me consolaste". (Salmo 86). Amén.


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