Lo que sea su
voluntad
Salvador
Samayoa
Para
algunas personas el ánimo negativo, la
oscuridad o el pesimismo es su forma de estar en
la vida. Estas personas se enfurecen si se les
dice que algo está bien. Pocas cosas les
molestan más que el reconocimiento o el
pronunciamiento de algún elemento
positivo de la realidad. Aunque sean normalmente
apacibles y hasta buenas, están
dispuestas a insultar o agredir al que abra un
agujero para dejar pasar la luz. La claridad les
hiere su vista atrofiada y les produce una
angustia insoportable, porque amenaza con
cambiar la imagen que tienen del mundo y de las
cosas.
¿Ya lo adivinaron? Es el mito de la
caverna; el brillante planteamiento sobre la
naturaleza humana y sobre el problema
fundamental del conocimiento expuesto con gran
lucidez hace más de dos mil años
por nuestro buen amigo Platón. Otros, sin
embargo, tienen mejor disposición para
ver la luz, sin ignorar que las sombras
también forman parte de la realidad.
Estas son las personas verdaderamente realistas
para quienes el escepticismo es sólo una
precaución, cautela o conclusión
intelectual que no llega a impedir una prudente
visión optimista y positiva de la
vida.
El optimismo mágico, simplista o
interesado es el que niega a dimensión
más frustrante de la realidad; es el que
ve las luces y los colores pero no puede o no
quiere ver las sombras. El optimismo realista ve
las luces y las sombras, entiende la realidad
como proceso, distingue los matices de las
cosas, entiende la relatividad de todo lo que
existe, sabe bien que las personas, las
instituciones, los sistemas, las situaciones y
los dinamismos de la realidad no son nunca
absolutamente buenos ni absolutamente malos.
Es esa manera de entender la realidad la que
nutre habitualmente nuestra esperanza o nuestro
sentido positivo de la vida, pero hay
situaciones en las que el único argumento
válido &emdash;pobre, pero
válido&endash; para ser optimista es que
la negatividad, la frustración o la
desesperanza igual no resuelven nada y
sólo agravan el malestar o la amargura,
dejándonos hundidos en nuestros problemas
y, además, con el alma envenenada. Esta
parece ser la situación de nuestro pueblo
después de la destrucción de los
terremotos.
Tenemos historias bellísimas de
generosidad y solidaridad. Tenemos iniciativas y
esfuerzos particulares encomiables que, sin
duda, contribuirán a aliviar la
situación de algunas personas que han
quedado en la extrema pobreza, y tenemos ahora,
sobre todo, una sensibilidad que debió
aflorar hace mucho tiempo y una conciencia de
injusticias y distorsiones estructurales
más que bienvenida, aunque llegue con
muchísimos años de retraso. Pero
tenemos también la sensación de
que no estamos ni cerca de comenzar a
responderle en serio, en la medida necesaria,
como sociedad y como país, a la gente
más necesitada.
Teorías van y teorías vienen
sobre el impacto de los impuestos en la
economía. ¡Bullshit! Es puro
egoísmo. Pura incultura. Pura falta de
responsabilidad social. Podemos aceptar, por
buenas razones económicas, que no se
suban los impuestos a las empresas
pequeñas, medianas y grandes que ya
tributan al fisco, pero al menos debemos
asegurar que paguen exactamente lo que les
corresponde.
Podemos aceptar que las mal llamadas empresas
"informales" &emdash;son, en realidad,
ilegales&emdash; paguen de manera simplificada,
plana, gradual con bajos porcentajes, pero es
necesario que paguen; y que paguen ya.
Escuchamos a uno de sus líderes gremiales
decir que la única manera de atraer e
incorporar a estas empresas al sistema fiscal es
dándoles una amnistía de dos o
tres años. Esto es falso. Es ahora mismo
cuando realmente necesitamos que todas paguen
sus impuestos.
Podemos aceptar que una ley de concesiones
aliviaría ciertos egresos al Estado y le
permitiría dedicar estos recursos a los
más necesitados. Eso es correcto, pero
que nos digan ya cuáles son las obras que
se pueden concesionar, cuánto ahorro de
gasto público significarían las
mentadas concesiones y adónde se
destinarían los recursos.
Podemos aceptar que una manera de incrementar
los ingresos fiscales es el combate al
contrabando, pero es necesario que se concreten
las medidas necesarias para tal efecto y que se
cuantifique el aumento de ingresos que se espera
obtener por esta vía.
Podemos aceptar que el Estado disponga de
activos negociables cuya privatización de
todas maneras ya se estaba discutiendo por otras
razones antes de los terremotos. Este es el caso
de la CEL y de otros bienes y servicios
públicos, pero es necesario que se
marquen con claridad esos activos, se tomen de
una buena vez las decisiones y se cuantifique
con objetividad y transparencia el
correspondiente incremento en los ingresos
fiscales.
Podemos aceptar que no se dé marcha
atrás a la dolarización, pero tal
vez podría reprogramarse al menos el
ritmo de sustitución de colones por
dólares para disponer durante un par de
años de una parte de las reservas
internacionales que se están dedicando al
impulso de la integración monetaria.
Concesiones, privatizaciones, combate a la
evasión, combate al contrabando,
ampliación de la base tributaria,
austeridad en el gasto público,
agilización de donaciones, contrato de
préstamos y todo lo que quieran, pero es
necesario producir sin dilación y
comunicar con claridad el paquete de recursos
financieros de la reconstrucción. Es
increíble que todavía no podamos
poner juntas todas las piezas y articular el
extraordinario esfuerzo interno que debemos
hacer como contrapartida a la cooperación
internacional para la reconstrucción y el
desarrollo.
Por último, algunos hemos propuesto
reiteradamente un aporte extraordinario de las
personas naturales situadas en el 20% superior
de la escala de ingresos. Lo hemos planteado
así, en vez de cargar más a las
empresas, para que no se esgriman argumentos
-válidos y mañosos- acerca de
posibles efectos regresivos o impactos negativos
en la inflación y en el empleo. Un
impuesto especial de esta naturaleza
afectaría predominantemente gastos
personales o familiares suntuarios, que por
cierto se hacen en gran medida en el exterior,
con cero beneficio para la economía
nacional.
Los aportes particulares de "techo para un
hermano" están muy bien. Nos encanta la
idea, francamente. Más aún, los
que ayuden de esa manera podrían quedar
exentos de otras exigencias, pero tenemos que
saber que en el mejor de los casos ese programa
va a resolver el 10% del problema de vivienda
ocasionado por los terremotos. Por tal
razón debe plantearse como complemento y
no como sustituto de las políticas
públicas. La reconstrucción y el
desarrollo no pueden emprenderse pidiendo a los
ciudadanos más acomodados que den a los
pobres lo que sea su voluntad.