Jueves 5 de abril de 2001


Lo que sea su voluntad
Salvador Samayoa

Para algunas personas el ánimo negativo, la oscuridad o el pesimismo es su forma de estar en la vida. Estas personas se enfurecen si se les dice que algo está bien. Pocas cosas les molestan más que el reconocimiento o el pronunciamiento de algún elemento positivo de la realidad. Aunque sean normalmente apacibles y hasta buenas, están dispuestas a insultar o agredir al que abra un agujero para dejar pasar la luz. La claridad les hiere su vista atrofiada y les produce una angustia insoportable, porque amenaza con cambiar la imagen que tienen del mundo y de las cosas.

¿Ya lo adivinaron? Es el mito de la caverna; el brillante planteamiento sobre la naturaleza humana y sobre el problema fundamental del conocimiento expuesto con gran lucidez hace más de dos mil años por nuestro buen amigo Platón. Otros, sin embargo, tienen mejor disposición para ver la luz, sin ignorar que las sombras también forman parte de la realidad. Estas son las personas verdaderamente realistas para quienes el escepticismo es sólo una precaución, cautela o conclusión intelectual que no llega a impedir una prudente visión optimista y positiva de la vida.

El optimismo mágico, simplista o interesado es el que niega a dimensión más frustrante de la realidad; es el que ve las luces y los colores pero no puede o no quiere ver las sombras. El optimismo realista ve las luces y las sombras, entiende la realidad como proceso, distingue los matices de las cosas, entiende la relatividad de todo lo que existe, sabe bien que las personas, las instituciones, los sistemas, las situaciones y los dinamismos de la realidad no son nunca absolutamente buenos ni absolutamente malos.

Es esa manera de entender la realidad la que nutre habitualmente nuestra esperanza o nuestro sentido positivo de la vida, pero hay situaciones en las que el único argumento válido &emdash;pobre, pero válido&endash; para ser optimista es que la negatividad, la frustración o la desesperanza igual no resuelven nada y sólo agravan el malestar o la amargura, dejándonos hundidos en nuestros problemas y, además, con el alma envenenada. Esta parece ser la situación de nuestro pueblo después de la destrucción de los terremotos.

Tenemos historias bellísimas de generosidad y solidaridad. Tenemos iniciativas y esfuerzos particulares encomiables que, sin duda, contribuirán a aliviar la situación de algunas personas que han quedado en la extrema pobreza, y tenemos ahora, sobre todo, una sensibilidad que debió aflorar hace mucho tiempo y una conciencia de injusticias y distorsiones estructurales más que bienvenida, aunque llegue con muchísimos años de retraso. Pero tenemos también la sensación de que no estamos ni cerca de comenzar a responderle en serio, en la medida necesaria, como sociedad y como país, a la gente más necesitada.

Teorías van y teorías vienen sobre el impacto de los impuestos en la economía. ¡Bullshit! Es puro egoísmo. Pura incultura. Pura falta de responsabilidad social. Podemos aceptar, por buenas razones económicas, que no se suban los impuestos a las empresas pequeñas, medianas y grandes que ya tributan al fisco, pero al menos debemos asegurar que paguen exactamente lo que les corresponde.

Podemos aceptar que las mal llamadas empresas "informales" &emdash;son, en realidad, ilegales&emdash; paguen de manera simplificada, plana, gradual con bajos porcentajes, pero es necesario que paguen; y que paguen ya. Escuchamos a uno de sus líderes gremiales decir que la única manera de atraer e incorporar a estas empresas al sistema fiscal es dándoles una amnistía de dos o tres años. Esto es falso. Es ahora mismo cuando realmente necesitamos que todas paguen sus impuestos.

Podemos aceptar que una ley de concesiones aliviaría ciertos egresos al Estado y le permitiría dedicar estos recursos a los más necesitados. Eso es correcto, pero que nos digan ya cuáles son las obras que se pueden concesionar, cuánto ahorro de gasto público significarían las mentadas concesiones y adónde se destinarían los recursos.

Podemos aceptar que una manera de incrementar los ingresos fiscales es el combate al contrabando, pero es necesario que se concreten las medidas necesarias para tal efecto y que se cuantifique el aumento de ingresos que se espera obtener por esta vía.

Podemos aceptar que el Estado disponga de activos negociables cuya privatización de todas maneras ya se estaba discutiendo por otras razones antes de los terremotos. Este es el caso de la CEL y de otros bienes y servicios públicos, pero es necesario que se marquen con claridad esos activos, se tomen de una buena vez las decisiones y se cuantifique con objetividad y transparencia el correspondiente incremento en los ingresos fiscales.

Podemos aceptar que no se dé marcha atrás a la dolarización, pero tal vez podría reprogramarse al menos el ritmo de sustitución de colones por dólares para disponer durante un par de años de una parte de las reservas internacionales que se están dedicando al impulso de la integración monetaria.

Concesiones, privatizaciones, combate a la evasión, combate al contrabando, ampliación de la base tributaria, austeridad en el gasto público, agilización de donaciones, contrato de préstamos y todo lo que quieran, pero es necesario producir sin dilación y comunicar con claridad el paquete de recursos financieros de la reconstrucción. Es increíble que todavía no podamos poner juntas todas las piezas y articular el extraordinario esfuerzo interno que debemos hacer como contrapartida a la cooperación internacional para la reconstrucción y el desarrollo.

Por último, algunos hemos propuesto reiteradamente un aporte extraordinario de las personas naturales situadas en el 20% superior de la escala de ingresos. Lo hemos planteado así, en vez de cargar más a las empresas, para que no se esgriman argumentos -válidos y mañosos- acerca de posibles efectos regresivos o impactos negativos en la inflación y en el empleo. Un impuesto especial de esta naturaleza afectaría predominantemente gastos personales o familiares suntuarios, que por cierto se hacen en gran medida en el exterior, con cero beneficio para la economía nacional.

Los aportes particulares de "techo para un hermano" están muy bien. Nos encanta la idea, francamente. Más aún, los que ayuden de esa manera podrían quedar exentos de otras exigencias, pero tenemos que saber que en el mejor de los casos ese programa va a resolver el 10% del problema de vivienda ocasionado por los terremotos. Por tal razón debe plantearse como complemento y no como sustituto de las políticas públicas. La reconstrucción y el desarrollo no pueden emprenderse pidiendo a los ciudadanos más acomodados que den a los pobres lo que sea su voluntad.


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