Lunes 30 de abril de 2001


Tema para meditar
La corrupción actual de la libertad
Luis Fernández Cuervo*

Las buenas ideas son semilla fecunda de donde puede nacer todo un floreciente y fructífero huerto. Las ideas malas, en cambio, son más mortales que las balas y de más largo alcance. Ahora vivimos todos inmersos en una idea equivocada de libertad, confundiéndola con independencia, exigiéndole derechos sin querer saber de deberes, una libertad irresponsable y prostituida que nos llega de muy lejos, desde el Siglo de las Luces, ese siglo XVIII, que se premiaba a sí mismo llamándose Ilustración, en donde el concepto de libertad comenzó a separarse primero de la moral, después de Dios y poco más tarde, con la Revolución Francesa se tornaría criminal contra los propios que la habían adorado y hará decir a una dama noble, camino de la guillotina, "¡Libertad, libertad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!".

La moderna idea de libertad no es propiamente una mentira, una falsedad, sino algo mucho peor, algo como lo que decía Chesterton con paradójico humor de las herejías: "Son verdades que se han vuelto locas".

Esta libertad nuestra que se ha vuelto loca es aquella misma niña bonita y sensata que nació en la Grecia de Pericles, de Sócrates, de Platón y de Aristóteles. Pericles, al hablar de las libertades cívicas, en ningún momento la divorció de la justicia ni de la ley ni de la solidaridad ciudadana. En su eulogio pronunciado en el invierno del año 431 antes de Cristo, dirá: "Somos libres y tolerantes en nuestras vidas privadas pero en lo que atañe a los asuntos públicos, nos ceñimos a la ley. Esto se debe a que la ley exige el más profundo de nuestros respetos"... "obedecemos las leyes mismas, sobre todo aquellas que son para la protección de los oprimidos y aquellas leyes no escritas de las que se sabe que causa vergüenza violarlas"...

"No decimos que un hombre al que no le interese la política sea un hombre que se concentra en lo que tiene que hacer, decimos que es un hombre que no tiene nada qué hacer aquí". Platón tampoco desliga la libertad de sus lógicas vinculaciones con la verdad, la virtud, la ley, la bondad Dios. "Haciéndose justo, el hombre se asimila a Dios" -dirá en sus famosos Diálogos- "ya que en Dios reside la ley eterna por lo que todo se gobierna". Sócrates pudiendo elegir la libertad de escaparse de la injusta condena a muerte, prefiere elegir una muerte digna, honorable, antes que una libertad corrupta, inconsecuente con la virtud moral que siempre había predicado. Aristóteles también dejará claro en su Ética que la finalidad de la libertad inteligente, no está en elegir el poder, el placer o el dinero, sino en la sabiduría de ser virtuoso, de saber elegir el bien y la verdad.

Aquella niña griega creció, se robusteció y se embellezó más con la llegada del cristianismo, que no tendrá que rechazarla sino darle una mayor precisión y hondura moral y religiosa ("la Verdad os hará libres", se lee en el Evangelio) y así, con San Agustín dirá que la mejor libertad, el acto más propio y verdaderamente humano es la aceptación libre de la voluntad de Dios".

Ya en lo mejor de la Edad Media, esa cumbre de la Filosofía y la Teología de todos los tiempos que será Tomás de Aquino, dirá en su "Suma Teológica" que el hombre es imagen y semejanza de Dios, porque al estar dotado de libre albedrío y dominio sobre sus acciones puede dirigirse por sí mismo a su propia perfección.

¿Qué entiende ahora por libertad la mayoría de la gente, tanto en los países desarrollados como entre nosotros? Ahora aquella bella joven es una vieja cien veces prostituida a quien el licor de la Ilustración y sus libertinajes la han vuelto loca. Ahora por libertad la mayoría entiende que es hacer lo que a uno le venga en gana, desligándolo de obligaciones morales, de normas religiosas, de amor a la verdad y al prójimo. Pero esto no ocurre sólo en gente de poca cultura, sino también en muchos de los científicos, los médicos, los artistas, los políticos, los dirigentes internacionales, los centros de difusión de ideas; para esos muchos, todo vale; no importan los principios éticos, todo vale si es eficaz en producir fama, dinero o poder.

Cornelio Fabro diagnosticará muy bien esa corrupción de la libertad cuando escribió que: "faltándole un fundamento trascendente, la libertad se ha constituido en objeto y fin de sí misma; se ha convertido en una libertad vacía, en una libertad de la libertad, ley de sí misma porque es libertad sin más ley que la explosión de los instintos o la tiranía de la razón absoluta que se revela después como capricho del tirano".

Juan Pablo II señalará en su "Evangelium Vitae" que cuando "la libertad reniega de sí misma, se autodestruye y se dispone a la eliminación del otro cuando no respeta su vínculo constitutivo con la verdad".

Pero muchos de los Poncio Pilato que pululan a nuestro alrededor, encogiéndose de hombros, contestarían a eso diciendo: -¿Y qué es la verdad?


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