Los de
máscara negra
Estoy en desacuerdo con los que no dan la
cara.
Quienes tienen esa cobarde costumbre de
ocultar su identidad o hacer uso del
anónimo, no son otra cosa que inadaptados
sociales que, con suerte, satisfacen
algún desorden de su
personalidad.
- Por Carlos Hermann
Bruch
- carloshermann@elsalvador.com
Observaba
una foto de un protestante disfrazado de mala
copia de tortuga Ninja destrozar un
automóvil durante la reciente Cumbre de
Las Américas, realizada en Quebec. El
jovencillo, probablemente un imberbe
anglosajón con exceso de mal rock en la
cabeza y, que formaba parte de los cientos de
miles hombres masa que se dicen (o se creen)
redentores de la sociedad, aclamaba
protección a los derechos
humanos(¿?).
Paradógica imagen de un desocupado de
esos que por un par de dólares van y
demandan a punta de garrote y con el rostro
encapuchado, lo que no son capaces de plantear
usando sus neuronas, si es que les quedan
algunas.
Lo triste es que esa realidad se vive casi a
diario en nuestro país y cuenta, entre
sus principales protagonistas, a quienes
conforman la atrofiada clase política
(por llamarle de alguna forma decente).
A raíz de la última crisis de
los areneros, que ya no se aguantan entre
sí por haber caído en una
despreciable lucha por conseguir un chipustito
de poder; decía el poco prestigiado
Walter Araujo, que le parecía sospechoso
que no se haya revelado la identidad del arenero
que rompió el silencio.
Pues a mi no me parece nada sospechosa una
costumbre que, aparte de los areneros, es
practicada por la gran mayoría de los
habitantes del Salón Azul.
Lo típico, entre la retahila de
legisladores mala clase que abundan en nuestro
primer órgano del Estado, es denunciar
algo y no identificarse por "temor" (en el
colegio le decíamos mariconada). Temor,
me imagino, a perder sus prebendas.
Piensan que con levantar un chisme, se van a
consagrar como valientes. Cuando lo único
que logran es que la gente aumente su
descrédito.
Si un diputado de la República cumple
con su mandato de obrar por y para el pueblo que
lo eligió y tiene información de
algo incorrecto, ya sea entre sus
correligionarios o los de otro bando, tiene la
obligación de denunciarlo. Y dando la
cara. No como marerito envalentonado.
No recuerdo que haya habido algún
estadista en la historia de quien se tenga un
buen recuerdo, que haya basado su estrategia en
la filosofía del avestruz.
El que nada debe....