Lunes 23 de abril de 2001


Los de máscara negra

Estoy en desacuerdo con los que no dan la cara.

Quienes tienen esa cobarde costumbre de ocultar su identidad o hacer uso del anónimo, no son otra cosa que inadaptados sociales que, con suerte, satisfacen algún desorden de su personalidad.

Por Carlos Hermann Bruch
carloshermann@elsalvador.com

Observaba una foto de un protestante disfrazado de mala copia de tortuga Ninja destrozar un automóvil durante la reciente Cumbre de Las Américas, realizada en Quebec. El jovencillo, probablemente un imberbe anglosajón con exceso de mal rock en la cabeza y, que formaba parte de los cientos de miles hombres masa que se dicen (o se creen) redentores de la sociedad, aclamaba protección a los derechos humanos(¿?).

Paradógica imagen de un desocupado de esos que por un par de dólares van y demandan a punta de garrote y con el rostro encapuchado, lo que no son capaces de plantear usando sus neuronas, si es que les quedan algunas.

Lo triste es que esa realidad se vive casi a diario en nuestro país y cuenta, entre sus principales protagonistas, a quienes conforman la atrofiada clase política (por llamarle de alguna forma decente).

A raíz de la última crisis de los areneros, que ya no se aguantan entre sí por haber caído en una despreciable lucha por conseguir un chipustito de poder; decía el poco prestigiado Walter Araujo, que le parecía sospechoso que no se haya revelado la identidad del arenero que rompió el silencio.

Pues a mi no me parece nada sospechosa una costumbre que, aparte de los areneros, es practicada por la gran mayoría de los habitantes del Salón Azul.

Lo típico, entre la retahila de legisladores mala clase que abundan en nuestro primer órgano del Estado, es denunciar algo y no identificarse por "temor" (en el colegio le decíamos mariconada). Temor, me imagino, a perder sus prebendas.

Piensan que con levantar un chisme, se van a consagrar como valientes. Cuando lo único que logran es que la gente aumente su descrédito.

Si un diputado de la República cumple con su mandato de obrar por y para el pueblo que lo eligió y tiene información de algo incorrecto, ya sea entre sus correligionarios o los de otro bando, tiene la obligación de denunciarlo. Y dando la cara. No como marerito envalentonado.

No recuerdo que haya habido algún estadista en la historia de quien se tenga un buen recuerdo, que haya basado su estrategia en la filosofía del avestruz.

El que nada debe....


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