Miércoles 18 de abril de 2001


El "menos peor" de los sistemas
La magia, la democracia y el amor
Joaquín Villalobos*

Oxford, Inglaterra. ¿Cómo puede la democracia traducirse en desarrollo? En tanto la democracia no reparte comida, sino que distribuye el poder y pone las reglas de la competencia política, es razonable dudar si puede sacar de la pobreza a los salvadoreños. La excesiva carga ideológica, una visión demasiado estrecha del tiempo y las heridas de la guerra y de los reacomodos de la posguerra, bloquean juicios promedio suficientemente objetivos, serios y serenos.

Algunos análisis tienen sobredosis emocional, excesiva prisa o se basan más en mitos que en información real y conocimientos. La guerra nos dejó más combatientes y activistas que pensadores. Se juzga a quien opina y no la opinión, no se ven los procesos, sino los hechos inmediatos. Se escribe, comenta o critica de acuerdo con desconfianzas del pasado o los fracasos individuales ante un país transformado. En la izquierda y en la derecha hay quienes no ven al país, sino su agenda de resentimientos personales.

En un artículo anterior, quien escribe se atrevió a decir que El Salvador tenía mejores posibilidades de progreso que Cuba. Allí no se repartió el poder, sino la comida y, aparentemente, se redujo la pobreza. En nuestro país, algunos en la derecha tienen nostalgia de cuando gobernaban sin oposición y otros en la izquierda están frustrados porque la lucha revolucionaria no acabó con la pobreza, y sin explicar en qué consisten, proponen "cambios estructurales" que permitirían alcanzar la felicidad permanente o "socialismo"f. Esta creencia es la diferencia fundamental entre la revolución democrática negociada salvadoreña y la revolución cubana.

Cualquier sociedad es heterogénea en todos los aspectos de su vida &emdash;social, política, cultural y económica&emdash;. Las dictaduras crean homogeneidad temporal, uniendo y dividiendo por la fuerza. Los países comunistas, que supuestamente eran el reino de la dialéctica marxista, no tenían la contradicción como principio rector de su sistema. Esta fue la diferencia esencial con la izquierda socialdemócrata que siempre aceptó el mercado y la democracia. Cuba ha entrado irreversiblemente a la economía de mercado, aunque mantenga todavía una fuerte intervención del Estado. Los dirigentes cubanos simpatizan con los grandes capitalistas, siempre que éstos no sean cubanos.

Aceptar el mercado supone que el desarrollo, al mismo tiempo que empuja a la concentración de la riqueza, necesita distribuir los productos, de allí emergen intereses y clases distintas. Patrones y trabajadores, productores y consumidores, guardan al mismo tiempo una relación complementaria y opuesta. El debate sobre cómo resolver o aprovechar este conflicto a favor del progreso, crea una sociedad con visiones diferentes sobre la naturaleza del hombre y la concepción del bien, y de ello derivan las corrientes políticas. Nadie se puede escapar del mercado, ni de las contradicciones que éste crea, por lo tanto jamás pensaremos todos igual y cualquier mayoría será temporal. La solución entonces no es resolver la pobreza por decreto, sino organizar una sociedad justa y una cooperación duradera entre individuos y grupos que tienen convicciones y creencias distintas. Este es el camino más corto, seguro y científico al desarrollo.

Es verdad que la pobreza ha hecho emigrar a millones de salvadoreños a los Estados Unidos, pero no existe un solo compatriota que por sus ideas políticas no pueda vivir en el país. Los salvadoreños que viven en los Estados Unidos son para nosotros una ventaja, los cubanos que viven en Miami son para Cuba una amenaza. La democracia no se consolida si no resuelve la pobreza, como ocurrió en casos donde regresaron dictaduras, pero es peor si al atraso se suma la falta de libertades políticas. Las revoluciones ocurrieron fundamentalmente por la falta de democracia y no por la pobreza. La caída del Muro de Berlín es otro ejemplo.

Los izquierdistas del mundo no perdonaron los 70 años al PRI de México, a pesar de que éste ayudó a la izquierda. Igualmente rebuscan, sin encontrar, violaciones a los derechos humanos en El Salvador. Sin embargo, la supuesta inexistencia de pobres en Cuba, los hace perdonar 40 años sin libertades y la corrupción que provoca la doble moral del sistema. Prefieren una solución social temporal impuesta, a una duradera dialécticamente construida; subvaloran las libertades políticas y no ven la relación de éstas con el progreso. Por ello el FMLN se opone a todo y pareciera querer gobernar desde la oposición.

En Cuba las críticas son consideradas ofensas o ingratitudes, nosotros estamos aprendiendo que hasta los más duros críticos son importantes. La real política se rige por lo posible y los grupos de presión se encargan de recordar los puntos del medioambiente, las minorías, el género, la cultura o las libertades que responden a lo necesario. Imaginemos un "Marcos" cubano en La Habana, movido por la causa de la palabra. Jamás puede considerarse la crítica como inútil, aunque se deben contrarrestar con argumentos los efectos negativos de su ejercicio extremista, sobre todo si propone la violencia como método, ya sea en El Salvador o Cuba. Por algo, la libertad de expresión es la más importante de todas las libertades, de ella depende que se conozcan las demandas sociales y el máximo despliegue del talento creativo en todas sus manifestaciones.

La derecha salvadoreña se ha modernizado como consecuencia del avance electoral de la izquierda y pronto ocurrirá lo mismo con la izquierda; la corrupción se ha reducido por la fiscalización de la prensa y los grupos de presión obligaron a considerar temas ambientales. No destruir totalmente el modelo anterior es la lección de El Salvador, que aplicada ahora a Cuba sería no destruir todo lo bueno hecho por la revolución, y este es el camino que felizmente está siguiendo México. Avanzar por la lucha de contrarios y no por el silencio de uno de estos, como ocurría en las revoluciones populares o en las dictaduras militares. La sociedad aprende así a ser cada vez más solidaria con los pobres, sin afectar las libertades que se necesitan para generar riqueza. Si las grandes huelgas de finales de los 60's hubieran culminado en negociaciones y compromisos serios y en 1972 se hubiera dejado gobernar a la oposición, nos habríamos ahorrado una guerra y seríamos ahora un país mejor.

La democracia resuelve la pobreza a partir de soluciones que surgen de la competencia de intereses opuestos, obligando a consensos básicos, manifiestos en avances institucionales y cambios de calidad. Sabiendo que la sociedad no será jamás homogénea y que sus conflictos persistirán siempre, no se puede resolver la pobreza imponiendo verdades propias, por muy justas que parezcan. La idea de un paraíso permanente es una idea religiosa, lo terrenal es que nunca se terminan los problemas, ni las amenazas, por eso la democracia se reconoce ella misma como imperfecta, pero capaz de hacer cada vez mejor a una sociedad. En conclusión: si la pobreza no se puede resolver por magia, la democracia resulta ser el "menos peor" de los sistemas para hacer del amor un valor común entre los hombres.


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