Miércoles 18 de abril de 2001


Tomando la palabra
Niños y mártires
Beatrice Alamanni de Carrillo*
E-mail : beatricealamanni@hotmail.com

Ha producido una gran conmoción la matanza que una joven madre hizo, disparando sobre sus cuatro hijos y logrando terminar con la vida de dos niñas tiernas.

El cuadro es aterrador, pero lo que lo hace más dramático aún, es la presencia, en el hecho, de patrones difusos y, desafortunadamente, rutinarios en nuestro país, como lo son: una mujer joven, madre precoz de cuatro criaturas, de las cuales jamás se nombran o señalan los padres biológicos, la presencia de otra historia sentimental, inestable y reciente, con un nuevo compañero, rastros de episodios reiterados de violencia intrafamiliar y golpes gravísimos, en las cabecitas de las pequeñas e indefensas víctimas de tanto maltrato.

Es indudable, que cuando una madre llega a matar a sus hijos, siempre se identifica como inestable emocionalmente y necesitada de cuidados psiquiátricos, en primera instancia, más allá, de cualquier juicio de tipo legal.

Pero, aún así, sintiendo piedad humana y cristiana por esta mujer tan desdichada, como para matar a sus hijos y aun reconociendo a la misma una posible irresponsabilidad penal en cuanto a los homicidios; sin embargo, mucha o mayor piedad merecen y ameritan, sin duda, las niñas inocentes, que fueron víctimas de tanto horror.

Pero, quienes brillan por su ausencia y que deberían ser llamados a responder por el abandono de sus hijos, de parte de las autoridades competentes, son los dos hombres, que han engendrado las criaturas ahora occisas y que son tan, o más, responsables por el hecho, que la madre que las mató.

A este hecho bochornoso, se sumó pocos días después, otro infanticidio realizado por una madre adolescente y su conviviente sobre un tierno de un año, el cual presentaba, además, repetidos golpes crueles en su cuerpecito. En este episodio, también se trata de una joven precoz progenitora de dos hijos, de distintos compañeros.

Con relación a estos tremendos sucesos, cabe decir, que cuando se llega a tales extremos, algo anda mal en el tejido social mismo. Si unas madres, en su locura y desesperación, debido a las razones que sean, atacan a sus propios hijos, la tragedia es tan grande, que toda la sociedad debe cuestionarse el cómo y el porqué se llegó a tanto.

Y no se trata de buscar, en los casos en cuestión, únicamente los componentes psicológicos o mejor, psiquiátricos, lo cual le corresponde a los médicos; se trata, en vez, de considerar la realidad del país en general y de las mujeres en especial.

Por cierto, resultan más trágicos estos episodios, por haber acaecido en el mes dedicado al género, y siendo las victimarias, así como dos de las víctimas, de sexo femenino.

Cabe decir, que las condiciones económicas, sumamente precarias, el hacinamiento en las viviendas, la falta de trabajo, la disgregación familiar y la violencia doméstica constituyen los elementos predominantes de demasiados "grupos de personas", que conviven por motivos y lazos variados y que engañosamente llamamos familia.

En este caldo de cultivo de desesperación, falta de espiritualidad, a veces, y falta de nutrición suficiente y educación casi siempre, las mujeres adolescentes, en especial, "huyen" de esta realidad tan desalentadora, a través de la fantasía, encendida y distorsionada por patrones sociales, que privilegian los amores precoces, "las novelas" absurdas e irresponsables que ilusionan a tantas jovencitas a creer en sueños románticos inexistentes e inconsistentes.

Por tanto, según las estadísticas, el número más alto de partos, atendidos en hospitales públicos, es de adolescentes.

Es triste observar que, cuando una niña empieza a formarse como mujer y debería prepararse para, por lo menos, estar capacitada para bastarse a sí misma, llega "el amor" a cortar sus alas, cuando ya no ha habido en la infancia, episodios de abuso sexual intrafamiliar.

De un error o de un atropello a otro, transitan jóvenes con un hijo o más, de padres irresponsables, cuando, en otras latitudes y, sobre todo, en otros niveles de desarrollo, adolescentes de la misma edad, estudian o trabajan, pero para crecer como personas y avanzar en su situación socio-económica.

¡Cúanta responsabilidad tenemos todos, si tantas adolescentes son abusadas, engañadas o, sencillamente, ilusionadas brevemente, creyendo en un sueño, a veces de pocos días o meses, que les dejan lastre de hijos indeseados!

Víctimas de estos errores son siempre y especialmente estos hijos &emdash;niños y niñas&emdash; violados, apaleados, a veces, por compañeros de vida ocasionales de sus madres, expuestos a los peligros de la calle, en actividades "laborales" o de mendicidad, cuando no se llega, como en los recientes casos, a ser muertos por quienes les dieron una vida biológica, tal vez, pero no deseada ni programada ni aceptada.

Es impresionante cómo, en este horror, triunfe la "ausencia" del hombre. No hay padre (o padres), sólo hay "novios domingueros" y de "rincones del parque", sólo hay hombres aprovechados, que se instalan en hogares de madres solteras para ventaja propia, egoísmo, comodidad y explotación; sólo hay hombres de "muchos hogares", porque no se responsabilizan de ninguno.

El Salvador no avanzará jamás, aunque reconstruya o mejor dicho, construya un nuevo país moderno y eficiente de acero y concreto, si no edifica al fin, lo que falta desde siempre en manera abrumadora, es decir, la familia, la verdadera, compuesta por una pareja responsable y sus hijos, proporcionando los supuestos económicos, culturales y sociales pertinentes e indispensables para la sobrevivencia de dicha familia, y si no se fortalecen el cuidado y el interés superior para los más débiles y únicos inocentes, es decir, los niños, que son los auténticos mártires de El Salvador.


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