Tomando
la palabra
Niños y
mártires
Beatrice
Alamanni de Carrillo*
E-mail :
beatricealamanni@hotmail.com
Ha
producido una gran conmoción la matanza
que una joven madre hizo, disparando sobre sus
cuatro hijos y logrando terminar con la vida de
dos niñas tiernas.
El cuadro es aterrador, pero lo que lo hace
más dramático aún, es la
presencia, en el hecho, de patrones difusos y,
desafortunadamente, rutinarios en nuestro
país, como lo son: una mujer joven, madre
precoz de cuatro criaturas, de las cuales
jamás se nombran o señalan los
padres biológicos, la presencia de otra
historia sentimental, inestable y reciente, con
un nuevo compañero, rastros de episodios
reiterados de violencia intrafamiliar y golpes
gravísimos, en las cabecitas de las
pequeñas e indefensas víctimas de
tanto maltrato.
Es indudable, que cuando una madre llega a
matar a sus hijos, siempre se identifica como
inestable emocionalmente y necesitada de
cuidados psiquiátricos, en primera
instancia, más allá, de cualquier
juicio de tipo legal.
Pero, aún así, sintiendo piedad
humana y cristiana por esta mujer tan
desdichada, como para matar a sus hijos y aun
reconociendo a la misma una posible
irresponsabilidad penal en cuanto a los
homicidios; sin embargo, mucha o mayor piedad
merecen y ameritan, sin duda, las niñas
inocentes, que fueron víctimas de tanto
horror.
Pero, quienes brillan por su ausencia y que
deberían ser llamados a responder por el
abandono de sus hijos, de parte de las
autoridades competentes, son los dos hombres,
que han engendrado las criaturas ahora occisas y
que son tan, o más, responsables por el
hecho, que la madre que las mató.
A este hecho bochornoso, se sumó pocos
días después, otro infanticidio
realizado por una madre adolescente y su
conviviente sobre un tierno de un año, el
cual presentaba, además, repetidos golpes
crueles en su cuerpecito. En este episodio,
también se trata de una joven precoz
progenitora de dos hijos, de distintos
compañeros.
Con relación a estos tremendos
sucesos, cabe decir, que cuando se llega a tales
extremos, algo anda mal en el tejido social
mismo. Si unas madres, en su locura y
desesperación, debido a las razones que
sean, atacan a sus propios hijos, la tragedia es
tan grande, que toda la sociedad debe
cuestionarse el cómo y el porqué
se llegó a tanto.
Y no se trata de buscar, en los casos en
cuestión, únicamente los
componentes psicológicos o mejor,
psiquiátricos, lo cual le corresponde a
los médicos; se trata, en vez, de
considerar la realidad del país en
general y de las mujeres en especial.
Por cierto, resultan más
trágicos estos episodios, por haber
acaecido en el mes dedicado al género, y
siendo las victimarias, así como dos de
las víctimas, de sexo femenino.
Cabe decir, que las condiciones
económicas, sumamente precarias, el
hacinamiento en las viviendas, la falta de
trabajo, la disgregación familiar y la
violencia doméstica constituyen los
elementos predominantes de demasiados "grupos de
personas", que conviven por motivos y lazos
variados y que engañosamente llamamos
familia.
En este caldo de cultivo de
desesperación, falta de espiritualidad, a
veces, y falta de nutrición suficiente y
educación casi siempre, las mujeres
adolescentes, en especial, "huyen" de esta
realidad tan desalentadora, a través de
la fantasía, encendida y distorsionada
por patrones sociales, que privilegian los
amores precoces, "las novelas" absurdas e
irresponsables que ilusionan a tantas jovencitas
a creer en sueños románticos
inexistentes e inconsistentes.
Por tanto, según las
estadísticas, el número más
alto de partos, atendidos en hospitales
públicos, es de adolescentes.
Es triste observar que, cuando una
niña empieza a formarse como mujer y
debería prepararse para, por lo menos,
estar capacitada para bastarse a sí
misma, llega "el amor" a cortar sus alas, cuando
ya no ha habido en la infancia, episodios de
abuso sexual intrafamiliar.
De un error o de un atropello a otro,
transitan jóvenes con un hijo o
más, de padres irresponsables, cuando, en
otras latitudes y, sobre todo, en otros niveles
de desarrollo, adolescentes de la misma edad,
estudian o trabajan, pero para crecer como
personas y avanzar en su situación
socio-económica.
¡Cúanta responsabilidad tenemos
todos, si tantas adolescentes son abusadas,
engañadas o, sencillamente, ilusionadas
brevemente, creyendo en un sueño, a veces
de pocos días o meses, que les dejan
lastre de hijos indeseados!
Víctimas de estos errores son siempre
y especialmente estos hijos &emdash;niños
y niñas&emdash; violados, apaleados, a
veces, por compañeros de vida ocasionales
de sus madres, expuestos a los peligros de la
calle, en actividades "laborales" o de
mendicidad, cuando no se llega, como en los
recientes casos, a ser muertos por quienes les
dieron una vida biológica, tal vez, pero
no deseada ni programada ni aceptada.
Es impresionante cómo, en este horror,
triunfe la "ausencia" del hombre. No hay padre
(o padres), sólo hay "novios domingueros"
y de "rincones del parque", sólo hay
hombres aprovechados, que se instalan en hogares
de madres solteras para ventaja propia,
egoísmo, comodidad y explotación;
sólo hay hombres de "muchos hogares",
porque no se responsabilizan de ninguno.
El Salvador no avanzará jamás,
aunque reconstruya o mejor dicho, construya un
nuevo país moderno y eficiente de acero y
concreto, si no edifica al fin, lo que falta
desde siempre en manera abrumadora, es decir, la
familia, la verdadera, compuesta por una pareja
responsable y sus hijos, proporcionando los
supuestos económicos, culturales y
sociales pertinentes e indispensables para la
sobrevivencia de dicha familia, y si no se
fortalecen el cuidado y el interés
superior para los más débiles y
únicos inocentes, es decir, los
niños, que son los auténticos
mártires de El Salvador.