Lunes 26 de marzo de 2001


Las claves del subdesarrollo
La familia, cimiento y raíz de la sociedad
Luis Fernández Cuervo*

Escribía el pasado lunes que necesitábamos la fuerza de una juventud trabajadora y competente si queríamos sacar un nuevo y pujante país del desastre dejado por los sismos. Pero aquí surge con preguntas fuertes, una crítica realista: ¿De dónde va a salir una juventud así?, ¿de qué familias?. Porque no es imposible, pero sí muy difícil que tengamos una juventud moralmente sana, idealista, esforzada y responsable, si la institución familiar en El Salvador hace ya largos años que sufre el terremoto moral y los escombros de los frecuentes divorcios, adulterios, violaciones, violencia en el hogar, embarazos extraconyugales y un largo, etc., etc., de factores perjudiciales.

Efectivamente, esa crítica al estado de nuestras familias, es dura pero válida y muy real. Ahí, mucho más que en problemas materiales de economía, está una de las claves más profundas de nuestro subdesarrollo.

Es un hecho repetido a lo largo de la Historia que cuando una civilización va en ascenso, lo hace siempre con buenos principios morales y aceptados por la mayoría, con una institución matrimonial y familiar fuerte y con una natalidad creciente. Esto es válido para el Egipto de la antigüedad, la Roma en ascenso, el Califato de Córdoba del Siglo XI, el florecimiento medieval europeo de los siglos XII-XIII o para los Estados Unidos y la Europa del Siglo XIX y comienzos del XX.

Y al revés, cuando los objetivos vitales de un pueblo se orientan, como finalidad primordial, hacia la abundancia de bienes materiales, el placer y la comodidad, entonces comienzan también la rebeldía contra las normas morales y la lenta carcoma social de los divorcios, los adulterios, las aberraciones sexuales, el antinatalismo en sus diversas formas, la violencia intra y extra familiar y la infelicidad con su cortejo de enfermedades mentales, depresiones, delitos, drogas, asesinatos y suicidios. La decadencia está en marcha. Su ritmo puede ser más o menos rápido: para toda una civilización puede durar siglos, pero si persiste la destrucción de la familia, esa civilización al final desaparece y es sustituida por otra gente con mejores costumbres.

Como una muestra de subdesarrollo informativo, en nuestro país todavía hay personas que se atreven a escribir, sin avergonzarse (contra la opinión de varios premios Nóbel de Economía y de los más prestigiosos expertos en Demografía) el disparate de que "somos pobres porque somos muchos" y que hay que hacer más control de la natalidad. Desconocen, o simulan desconocer, entre otras muchas razones, que la población de El Salvador hace años que viene frenando su natalidad; que países con mucha mayor densidad de población que nosotros (Holanda, Bélgica, Taiwan, Hong-Kong, etc.) nos aventajan en riqueza y que otros con menos densidad de población que nosotros (sin ir más lejos, Honduras o Nicaragua) presentan peores índices de subdesarrollo.

Dentro de ciertos niveles de sanidad moral, el aumento de población es beneficioso para el desarrollo, como lo demostró, hasta la saciedad, entre otros, Julian L. Simon. Naturalmente, si en un país lo que abunda y aumenta es el número de niños huelepegas, delincuentes, sidosos, prostitutas y drogadictos, de ahí no va a salir nada bueno. Porque en cualquier país lo más importante no es la cantidad, sino la calidad de su gente.

Y ahí volvemos al problema peliagudo de cómo mejorar la integridad de las familias salvadoreñas. Problema delicado porque se trata de derechos humanos en los que nadie es quien, salvo los propios interesados, para decidir por la pareja y menos aún para controlar, engañar o violentar voluntades. Estamos ahí en el ámbito de las más respetables de las intimidades: la intimidad de la conciencia personal, la intimidad del lecho conyugal, la intimidad de los hogares.

Reflexionen el señor ministro de Salud, los delegados de distintas entidades de la ONU y muchos médicos, enfermeras y comadronas, si en El Salvador se respetan delicadamente esos derechos.

Además de los esfuerzos muy encomiables del Ministerio de Educación, al seguir difundiendo su programa de valores morales y cívicos, la legislación sobre la familia y los deberes tributarios de nuestro país deberían premiar mucho más, de alguna manera, a los matrimonios estables, a los hijos nacidos y criados en un hogar acogedor y formativo, y a los padres de familia que asumen la sacrificada tarea de criar y educar varios hijos. Porque el mayor bien de un país es su gente, siempre que sea gente educada, con elevada moral individual y social. Y eso, en ningún país del mundo, lo ha facilitado ni el aborto, ni los anticonceptivos, ni el libertinaje sexual, sino todo lo contrario.

La Iglesia y los distintos tipos de educadores tienen un rol importante en la formación de la juventud, pero el papel de los padres es prácticamente insustituible.

Y esto nos lleva a otras claves importantes de estrecha relación con la familia: el machismo (verdadera enfermedad de la personalidad masculina) y el feminismo radical (antítesis de la verdadera femineidad). Temas ambos, que merecen un comentario pormenorizado y que espero, primero Dios, abordar en alguno de mis próximos artículos.


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