El pacto de los
guerreros
Marvin
Galeas
Marvin@telemovil.com
Luego
de los acuerdos de paz los más bravos
guerreros de los ejércitos que se
enfrentaron no quieren saber nada de combates.
Evitan incluso las confrontaciones verbales.
Pareciera que existe entre ellos un pacto
tácito, sin firma visible, pero
escrupulosamente respetado.
He conversado, por separado y por
circunstancias diferentes, con tres generales
retirados. Cuando comenzó la guerra,
ellos eran tenientes o capitanes. Estuvieron en
los teatros de operaciones, vieron la muerte
cara a cara. Luego les tocó dirigir las
tropas en la cresta más alta y violenta
de la guerra. Uno de ellos tiene una herida
producto de los enfrentamientos.
Están dedicados a sus asuntos y a
tratar de recuperar el tiempo perdido. "Cuando
todo comenzó, mis hijos estaban chiquitos
y cuando todo terminó, me encontré
con unos hombres que apenas conocía y
apenas me conocían", me confesó
uno de ellos con palabras muy sentidas. Son
hombres de paz para los que la guerra es
simplemente una misión cumplida.
En el lado de la insurgencia no deja de
sorprenderme Facundo Guardado. Lo conocí
en Morazán, en 1985, durante una de las
reuniones de la comandancia general del FMLN en
los frentes de guerra. En ese momento ya era el
legendario combatiente que se formó desde
adolescente en las organizaciones de masas del
Bloque Popular Revolucionario, del cual
llegó a ser secretario general.
En los setenta se armó una verdadera
revuelta callejera, tomas de templos y embajadas
para demandar su liberación. Fue liberado
luego de haber sido golpeado de la manera
más salvaje. En los ochenta fue
nuevamente capturado. Esta vez en Honduras. Y
otra vez fue torturado. Fue puesto en libertad
luego que un comando guerrillero secuestrara un
avión comercial y demandara su libertad.
Un amigo, dedicado hoy a cuestiones
académicas, me cuenta que recuerda a
Facundo en el frente de Chalatenango, con 40
grados de fiebre dirigiendo el avance de una
columna guerrillera, sin que le temblara ni el
cuerpo ni el espíritu. Otros lo recuerdan
en Ayagualo pronunciando, luego de una de las
reuniones de paz con el gobierno democristiano,
un apasionado discurso que se transmitió
en cadena nacional y que sacó de quicio
al entonces presidente Duarte.
Cuando yo lo conocí, Facundo ya era
miembro del comité central de las FPL y
una leyenda viviente. Me sorprendieron su
desenfado y sencillez y, sobre todo, su aguda
inteligencia. Le encantaba conversar con los que
conformábamos el equipo de la radio, para
comentar las noticias del día.
Cuando regresaba de Morazán a
Chalatenango, él y los muchachos que lo
acompañaban cayeron en una emboscada. Se
salvó de milagro. Los dos muchachos
murieron. En 1989, Facundo dirigió la
fuerza guerrillera que tomó posiciones en
el sector nororiental de la capital. Lo recuerdo
dando declaraciones a la prensa, fusil en mano,
con una tranquilidad pasmosa.
En enero de 1992, a pocos días de
haberse firmado la paz en Nueva York, se
organizó una fiesta guerrillera en la
ciudad de México para celebrar el
acontecimiento. Otra vez nos encontramos Facundo
y yo. Bajamos a la calle para charlar un poco. A
las 2 de la mañana, trago en mano, le
pregunté a Facundo: "¿Y vos
todavía crees en la dictadura del
proletariado, el marxismo leninismo y todo
eso?". Facundo se tomó su único
trago de la noche, miró el cielo y luego
me dijo: "No".
Anteayer, en la entrevista matutina de TCS,
Facundo reflexionó sobre la paz y la
reconstrucción del país. Y
también se refirió a la
belicosidad, la calentura y el radicalismo de
muchos de los actuales dirigentes de la
izquierda. "Cuando había que cargar la
mochila y el fusil, ellos se fueron del
país. Son revolucionarios de lengua",
dijo. Y tiene muchísima razón.
Los más duros guerreros, entre ellos
Joaquín Villalobos, uno de los más
brillantes estrategas militares durante el
conflicto, son ahora los más entusiastas
impulsores de los procesos de
negociación, entendimientos y pactos
entre adversarios, para consolidar la democracia
y alcanzar el desarrollo económico en el
país.
Y, paradójicamente, los que se la
pasaron en el exilio, viviendo (muy bien, por
cierto) del trabajo de "solidaridad" o
dirigiendo desde las casas de Managua, sin poner
un pie en los frentes de guerra, son los
más intransigentes y pesados escollos
para cualquier entendimiento por mínimo
que sea.
Personalmente pienso que estos sujetos,
quizá frustrados, viven ahora la
fantasía de ser guerrilleros. Pero estoy
convencido de que si estallara un nuevo
conflicto bélico (Dios no lo permita),
serán los primeros en salir corriendo
para embajadas y nunciaturas. Rugen como leones
y corren como ratones.