Jueves 22 de marzo de 2001


El pacto de los guerreros
Marvin Galeas
Marvin@telemovil.com

Luego de los acuerdos de paz los más bravos guerreros de los ejércitos que se enfrentaron no quieren saber nada de combates. Evitan incluso las confrontaciones verbales. Pareciera que existe entre ellos un pacto tácito, sin firma visible, pero escrupulosamente respetado.

He conversado, por separado y por circunstancias diferentes, con tres generales retirados. Cuando comenzó la guerra, ellos eran tenientes o capitanes. Estuvieron en los teatros de operaciones, vieron la muerte cara a cara. Luego les tocó dirigir las tropas en la cresta más alta y violenta de la guerra. Uno de ellos tiene una herida producto de los enfrentamientos.

Están dedicados a sus asuntos y a tratar de recuperar el tiempo perdido. "Cuando todo comenzó, mis hijos estaban chiquitos y cuando todo terminó, me encontré con unos hombres que apenas conocía y apenas me conocían", me confesó uno de ellos con palabras muy sentidas. Son hombres de paz para los que la guerra es simplemente una misión cumplida.

En el lado de la insurgencia no deja de sorprenderme Facundo Guardado. Lo conocí en Morazán, en 1985, durante una de las reuniones de la comandancia general del FMLN en los frentes de guerra. En ese momento ya era el legendario combatiente que se formó desde adolescente en las organizaciones de masas del Bloque Popular Revolucionario, del cual llegó a ser secretario general.

En los setenta se armó una verdadera revuelta callejera, tomas de templos y embajadas para demandar su liberación. Fue liberado luego de haber sido golpeado de la manera más salvaje. En los ochenta fue nuevamente capturado. Esta vez en Honduras. Y otra vez fue torturado. Fue puesto en libertad luego que un comando guerrillero secuestrara un avión comercial y demandara su libertad. Un amigo, dedicado hoy a cuestiones académicas, me cuenta que recuerda a Facundo en el frente de Chalatenango, con 40 grados de fiebre dirigiendo el avance de una columna guerrillera, sin que le temblara ni el cuerpo ni el espíritu. Otros lo recuerdan en Ayagualo pronunciando, luego de una de las reuniones de paz con el gobierno democristiano, un apasionado discurso que se transmitió en cadena nacional y que sacó de quicio al entonces presidente Duarte.

Cuando yo lo conocí, Facundo ya era miembro del comité central de las FPL y una leyenda viviente. Me sorprendieron su desenfado y sencillez y, sobre todo, su aguda inteligencia. Le encantaba conversar con los que conformábamos el equipo de la radio, para comentar las noticias del día.

Cuando regresaba de Morazán a Chalatenango, él y los muchachos que lo acompañaban cayeron en una emboscada. Se salvó de milagro. Los dos muchachos murieron. En 1989, Facundo dirigió la fuerza guerrillera que tomó posiciones en el sector nororiental de la capital. Lo recuerdo dando declaraciones a la prensa, fusil en mano, con una tranquilidad pasmosa.

En enero de 1992, a pocos días de haberse firmado la paz en Nueva York, se organizó una fiesta guerrillera en la ciudad de México para celebrar el acontecimiento. Otra vez nos encontramos Facundo y yo. Bajamos a la calle para charlar un poco. A las 2 de la mañana, trago en mano, le pregunté a Facundo: "¿Y vos todavía crees en la dictadura del proletariado, el marxismo leninismo y todo eso?". Facundo se tomó su único trago de la noche, miró el cielo y luego me dijo: "No".

Anteayer, en la entrevista matutina de TCS, Facundo reflexionó sobre la paz y la reconstrucción del país. Y también se refirió a la belicosidad, la calentura y el radicalismo de muchos de los actuales dirigentes de la izquierda. "Cuando había que cargar la mochila y el fusil, ellos se fueron del país. Son revolucionarios de lengua", dijo. Y tiene muchísima razón.

Los más duros guerreros, entre ellos Joaquín Villalobos, uno de los más brillantes estrategas militares durante el conflicto, son ahora los más entusiastas impulsores de los procesos de negociación, entendimientos y pactos entre adversarios, para consolidar la democracia y alcanzar el desarrollo económico en el país.

Y, paradójicamente, los que se la pasaron en el exilio, viviendo (muy bien, por cierto) del trabajo de "solidaridad" o dirigiendo desde las casas de Managua, sin poner un pie en los frentes de guerra, son los más intransigentes y pesados escollos para cualquier entendimiento por mínimo que sea.

Personalmente pienso que estos sujetos, quizá frustrados, viven ahora la fantasía de ser guerrilleros. Pero estoy convencido de que si estallara un nuevo conflicto bélico (Dios no lo permita), serán los primeros en salir corriendo para embajadas y nunciaturas. Rugen como leones y corren como ratones.


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