- La
concertación
- Ricardo
Rivas
El
juego pirotécnico de la
concertación se elevó con la
fuerza de ochocientos cohetes de vara.
Echó luces en el firmamento y dejó
boquiabiertos a un montón de gente. El
anuncio de las "Acciones Territoriales del Plan
de Nación", hace unos meses en
Cancillería, le puso un brochazo de
optimismo fundamentado al pálido
año que estábamos a punto de
finalizar.
En resumen, todos dijeron que había
llegado la hora de ponerse de acuerdo en lo
básico, y echar para adelante un proyecto
consensuado de nación. ¡Fabuloso!,
dijimos los mirones ahí presentes.
Además, el anuncio consolidaba los
esfuerzos de concertación entre el
gobierno y los partidos políticos; el
"mingo mingo" de la cruzada del puente y las
tertulias vespertinas de los viernes entre el
Presidente y los diputados que se reunían
para "consensuar, en nombre de los más
altos intereses de la nación", estaba a
punto de dar resultados concretos.
La noche en la que se anunciaron las tan
esperadas acciones, tenía prestancia,
olía bien. Fue una velada de "flashes",
luces, micrófonos y reconciliadores
discursos. Diestros y ñurdos se
confundían entre filiales abrazos. El
champagne y las langostas complementaban el
ágape. Nadie se quedaba atrás,
todos comían. Unos agarraban las colas de
los exquisitos crustáceos con la derecha,
mientras los otros preferían seguir
confiando en las habilidades de su mano
izquierda. El inicio de una nueva etapa en la
vida nacional había, supuestamente,
iniciado. Yo, que estaba en la penúltima
fila, me alegré de lo que estaba viendo;
sin embargo, y a fuerza de ser sincero, al final
se me atravesó la idea aquella del
"demasiado bueno para ser verdad", en
fin
Al día siguiente, aquello
parecía Woodstock. En los medios, todos
los mensajes eran de fraternidad y paz. Un
reconocido y apreciado banquero le dijo a la
prensa que aquel día se había
sentido como cuando se firmó la paz, y no
era para menos. Desafortunadamente, el asunto no
llegaría ni a los tres días de
duración. Veintitrés horas
después, el Presidente de la
República le suelta a la nación el
rollo de la dolarización y es entonces,
cuando el esplendor de la pólvora china,
se comienza a convertir en triquitraque. El
primero en darle fuego a la mecha es el Frente:
"Flores nos traicionó", dijeron, como
dando a entender que para ellos,
concertación era sinónimo de
cogobierno.
En lo que la oposición &emdash;y el
país entero, incluido el partido en el
gobierno&emdash; digería la medida, la
publicitada y rimbombante "concertación"
comenzaba a mostrar visos de tragicomedia.
Pasada la Navidad y el Año Nuevo, el tema
de la dolarización levanta nubes de
tormenta en el horizonte. A estas alturas, el
juego pirotécnico de la
concertación se ha reducido a un par de
varillas chamuscadas. ¡Qué cruzada
de puente "ni qué indio envuelto"!,
pareció decir el Frente. Los ahijados de
Shafick ya estaban calientes, y el desorden que
sólo ellos saben armar, se
advertía a la vuelta de la esquina.
De repente ¡pungún!, el
terremoto. Ahora el tema de la
dolarización quedaría de postre y
la confrontación que vendría, no
tendría parangón en la historia de
las catástrofes nacionales. De entrada
¡al diantre con la concertación!
Justo en las entrañas de la tragedia y
frente a los ojos del mundo entero, la
dirigencia política del país y sus
organizaciones afines se agarraron a
empeñones, puñetazos y mordidas,
en una vergonzosa jornada caracterizada por el
ansia de figurar, protagonizar, anular al
adversario y destruir, a base de insultos y
amenazas, a todo aquel que tuviera la
osadía de pensar y expresarse diferente.
Los días pasaron y el segundo
escalofrío terráqueo se
ensañó con el centro del
país. Con este nuevo terremoto, la
situación, que ya era dramática,
se volvió patética. Aún
así, los pleitos continuaban; ahora el
tema era quién viajaba a Madrid. En medio
de la samotana, otros ingredientes se sumaban a
la tragedia: los secuestradores iniciaban su
"ofensiva hasta el tope", la gente continuaba
confundida con los vueltos del dólar y el
fantasma de la iliquidez comenzaba a mostrar
nuevamente su demacrada calaca.
Finalmente, nuestra representación
voló a la Madre Patria. Afortunadamente
para el país, el frío
madrileño y la "presioncita" de uno que
otro donante, hizo que "la créme de la
créme" del gobierno, los políticos
y los autonombrados representantes de la
sociedad civil, bajaran las calenturas y
terminaran pasando raspados el examen de la
concertación. ¡Qué
contradicción! Estas catástrofes,
que en otros países producen factores de
cohesión social, aquí han
funcionado al revés.
Hoy que las cosas tienden a tranquilizarse,
conviene echar la experiencia a la matata de la
vida y reintentar la búsqueda de una
concertación que sirva para unir al
país y no sólo para fabricar
eventos mediáticos que se exploten como
carta de presentación del gobierno y de
las fuerzas políticas. La
situación aquí afuera no
está para experimentos. La familia
salvadoreña, desde antes del terremoto
&emdash;ya no digamos después&emdash;,
carece de lo esencial para una vida digna. No
hay pisto ni trabajo suficiente. La inseguridad
se está comiendo peligrosamente la moral
del país, y lo menos que la gente quiere,
a estas alturas, es continuar presenciando
"shows políticos", ya no digamos
propuestas de campaña, como la
desafortunada e inoportuna oferta al socialismo
con la que el Frente pretendía liderear
la reconstrucción del país.
Dicen los que saben de estas cosas, que un
verdadero proceso de concertación
requiere que todas las fuerzas o actores
políticos que participen en él, se
planteen el ejercicio de averiguar:
¿quiénes son?, ¿quiénes
no son?, ¿qué papel juegan?,
¿qué fuerza real tienen? y
¿hasta dónde, verdaderamente, pueden
llegar? Ojalá todos sigan el consejo de
los expertos.