Martes 20 de marzo de 2001


La concertación
Ricardo Rivas

El juego pirotécnico de la concertación se elevó con la fuerza de ochocientos cohetes de vara. Echó luces en el firmamento y dejó boquiabiertos a un montón de gente. El anuncio de las "Acciones Territoriales del Plan de Nación", hace unos meses en Cancillería, le puso un brochazo de optimismo fundamentado al pálido año que estábamos a punto de finalizar.

En resumen, todos dijeron que había llegado la hora de ponerse de acuerdo en lo básico, y echar para adelante un proyecto consensuado de nación. ¡Fabuloso!, dijimos los mirones ahí presentes. Además, el anuncio consolidaba los esfuerzos de concertación entre el gobierno y los partidos políticos; el "mingo mingo" de la cruzada del puente y las tertulias vespertinas de los viernes entre el Presidente y los diputados que se reunían para "consensuar, en nombre de los más altos intereses de la nación", estaba a punto de dar resultados concretos.

La noche en la que se anunciaron las tan esperadas acciones, tenía prestancia, olía bien. Fue una velada de "flashes", luces, micrófonos y reconciliadores discursos. Diestros y ñurdos se confundían entre filiales abrazos. El champagne y las langostas complementaban el ágape. Nadie se quedaba atrás, todos comían. Unos agarraban las colas de los exquisitos crustáceos con la derecha, mientras los otros preferían seguir confiando en las habilidades de su mano izquierda. El inicio de una nueva etapa en la vida nacional había, supuestamente, iniciado. Yo, que estaba en la penúltima fila, me alegré de lo que estaba viendo; sin embargo, y a fuerza de ser sincero, al final se me atravesó la idea aquella del "demasiado bueno para ser verdad", en fin…

Al día siguiente, aquello parecía Woodstock. En los medios, todos los mensajes eran de fraternidad y paz. Un reconocido y apreciado banquero le dijo a la prensa que aquel día se había sentido como cuando se firmó la paz, y no era para menos. Desafortunadamente, el asunto no llegaría ni a los tres días de duración. Veintitrés horas después, el Presidente de la República le suelta a la nación el rollo de la dolarización y es entonces, cuando el esplendor de la pólvora china, se comienza a convertir en triquitraque. El primero en darle fuego a la mecha es el Frente: "Flores nos traicionó", dijeron, como dando a entender que para ellos, concertación era sinónimo de cogobierno.

En lo que la oposición &emdash;y el país entero, incluido el partido en el gobierno&emdash; digería la medida, la publicitada y rimbombante "concertación" comenzaba a mostrar visos de tragicomedia. Pasada la Navidad y el Año Nuevo, el tema de la dolarización levanta nubes de tormenta en el horizonte. A estas alturas, el juego pirotécnico de la concertación se ha reducido a un par de varillas chamuscadas. ¡Qué cruzada de puente "ni qué indio envuelto"!, pareció decir el Frente. Los ahijados de Shafick ya estaban calientes, y el desorden que sólo ellos saben armar, se advertía a la vuelta de la esquina.

De repente ¡pungún!, el terremoto. Ahora el tema de la dolarización quedaría de postre y la confrontación que vendría, no tendría parangón en la historia de las catástrofes nacionales. De entrada ¡al diantre con la concertación! Justo en las entrañas de la tragedia y frente a los ojos del mundo entero, la dirigencia política del país y sus organizaciones afines se agarraron a empeñones, puñetazos y mordidas, en una vergonzosa jornada caracterizada por el ansia de figurar, protagonizar, anular al adversario y destruir, a base de insultos y amenazas, a todo aquel que tuviera la osadía de pensar y expresarse diferente. Los días pasaron y el segundo escalofrío terráqueo se ensañó con el centro del país. Con este nuevo terremoto, la situación, que ya era dramática, se volvió patética. Aún así, los pleitos continuaban; ahora el tema era quién viajaba a Madrid. En medio de la samotana, otros ingredientes se sumaban a la tragedia: los secuestradores iniciaban su "ofensiva hasta el tope", la gente continuaba confundida con los vueltos del dólar y el fantasma de la iliquidez comenzaba a mostrar nuevamente su demacrada calaca.

Finalmente, nuestra representación voló a la Madre Patria. Afortunadamente para el país, el frío madrileño y la "presioncita" de uno que otro donante, hizo que "la créme de la créme" del gobierno, los políticos y los autonombrados representantes de la sociedad civil, bajaran las calenturas y terminaran pasando raspados el examen de la concertación. ¡Qué contradicción! Estas catástrofes, que en otros países producen factores de cohesión social, aquí han funcionado al revés.

Hoy que las cosas tienden a tranquilizarse, conviene echar la experiencia a la matata de la vida y reintentar la búsqueda de una concertación que sirva para unir al país y no sólo para fabricar eventos mediáticos que se exploten como carta de presentación del gobierno y de las fuerzas políticas. La situación aquí afuera no está para experimentos. La familia salvadoreña, desde antes del terremoto &emdash;ya no digamos después&emdash;, carece de lo esencial para una vida digna. No hay pisto ni trabajo suficiente. La inseguridad se está comiendo peligrosamente la moral del país, y lo menos que la gente quiere, a estas alturas, es continuar presenciando "shows políticos", ya no digamos propuestas de campaña, como la desafortunada e inoportuna oferta al socialismo con la que el Frente pretendía liderear la reconstrucción del país.

Dicen los que saben de estas cosas, que un verdadero proceso de concertación requiere que todas las fuerzas o actores políticos que participen en él, se planteen el ejercicio de averiguar: ¿quiénes son?, ¿quiénes no son?, ¿qué papel juegan?, ¿qué fuerza real tienen? y ¿hasta dónde, verdaderamente, pueden llegar? Ojalá todos sigan el consejo de los expertos.


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