Martes 20 de marzo de 2001


Defendiendo una posición
La impunidad de la palabra
Francisco Díaz Rodríguez*

Podría pensarse que existiendo tantas formas graves de impunidad en nuestro país, la impunidad de la palabra es poca cosa. Ello es un error. La palabra puede delinquir: de ahí la injuria y la calumnia. Puede encubrir, ser cómplice o instigar delitos; puede esclarecer, enturbiar u ocultar la verdad; puede retratar fielmente la realidad o distorsionarla, y hasta puede convertir en verdad una mentira o viceversa. Por todo esto la impunidad de la palabra es grave, más en esta "era de las comunicaciones".

La importancia o peso de la palabra, y con ella la posibilidad de que sus consecuencias dañinas queden impunes, es mayor cuanto mayor sea la autoridad, la responsabilidad pública o la notoriedad social de quien la emite.

Más todavía. En el Estado de Derecho nada hay más importante, ni de mayor autoridad, que la palabra de quienes por mandato constitucional tienen la última palabra sobre todas las demás instancias.

Tal es el caso de la Corte Suprema de Justicia, de sus Salas y de sus Magistrados en la mayor parte de sus resoluciones y sentencias. Por ello, Corte, Salas y Magistrados deben utilizar la palabra, especialmente la palabra pública, con la mayor responsabilidad, acierto, tino, veracidad y transparencia.

En su comunicado de seis párrafos del 14 de los corrientes, la Corte Suprema de Justicia hace cuatro afirmaciones que no corresponden a la realidad.

No hay espacio aquí para analizarlas todas. Alguna es evidente, como la de que la Corte "ejerce una constante supervisión de la disciplina y honorabilidad de los jueces".

Otra, la de que "ha sido propósito permanente de este Tribunal (la CSJ) sostener las mejores relaciones y el mayor acercamiento con el Consejo Nacional de la Judicatura", contradice lo cierto: ha sido el Consejo el que, pacientemente, ha intentado, desde septiembre de 1999, analizar con la Corte los procesos de selección, propuesta y nombramiento de jueces y magistrados, y de evaluación, ascenso o sanción de ellos, y no ha sido posible: seis sesiones en año y medio. Los señores magistrados están demasiado ocupados en asuntos administrativos de menor importancia y cancelan reuniones, cambian agenda, generalizan, incorporan asesores, proponen crear sub-comisiones y realizar "estudios integrales del marco normativo de ambas instituciones...", etc.

Por otra parte, si por "ejercicio más armonioso de nuestras respectivas funciones" se entiende una relación desigual o sumisa, o una forma de trabajo oculta o dilatoria, entonces los señores magistrados se equivocan.

El comunicado de la Corte retoma el tema de las evaluaciones insertando a la fuerza un párrafo ajeno en donde el Consejo explica que "ha procedido a revisar las evaluaciones y, de buena fe y con el mejor propósito, ha rectificado en aquellos casos en que los funcionarios judiciales habían sido perjudicados".

Pero señores, ¿acaso no toda la administración de justicia se estructura en torno a un sistema de revisiones y apelaciones cuyo propósito es, precisamente, rectificar posibles errores? ¿A qué viene entonces tanto aspaviento? Ni aún quienes tienen la responsabilidad de decir la última palabra están exentos de error y con frecuencia yerran. Lo grave es que por regla general no es posible rectificar sus yerros, y que esa enorme responsabilidad de tener la última palabra se utiliza para hablar con tono ex cátedra, como ya ni S.S. el Papa acostumbra.

Por lo demás, desde julio 2000 hasta la fecha, el Pleno del Consejo ha enviado a la Corte Suprema de Justicia 221 expedientes de evaluación judicial con recomendaciones de sanción disciplinaria. Ha rectificado apenas 9. ¿Qué pasó con los 212 restantes? No saberlo sí es motivo de alarma.

La Honorable Corte Suprema de Justicia está en la obligación de resolver sobre cada uno de esos expedientes, aunque sea tan sólo para decir que los mortales del Consejo se equivocan siempre. Y cada resolución debe ser fundamentada. No basta con decir, por ejemplo, "se estableció que dichos funcionarios cumplen con los requisitos constitucionales y legales". Ya pasó el tiempo del "viniendo en forma". ¿O no es esto una de las bases fundamentales del debido proceso?

No nos llamemos a engaño. Las actuaciones y las declaraciones recientes de algunos magistrados, y el comunicado del 14 que sin disimulo los sustenta, tienen el propósito de deslegitimar toda la tarea de evaluación del Consejo que no aceptan porque indirectamente los evalúa a ellos.

No, señores, no pueden seguir jugando a tapar el sol con el dedo. Es tiempo de tratar estos asuntos en serio.


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