Martes 20 de marzo de 2001


La columna nacional
Necesario "Decreto de la vivienda"
Por Roberto López-Geissmann.

Se ha insistido -con razón- en que los dos terremotos del presente año no sólo han removido la corteza terrestre, sino también las conciencias, evidenciando, poniendo a la luz una serie de carencias, debilidades y deficiencias que poseemos como sociedad organizada. A la cabeza se encuentra el problema de la vivienda en El Salvador; entendidos afirman que, después de los dos aciagos días trece, tenemos una cifra deficitaria habitacional que fácilmente llega a UN MILLÓN DE CASAS.

Calidad de la vivienda.

A la citada carencia de unidades habitacionales se suma otro agobio de naturaleza endémica: la calidad de las mismas no tiene control alguno, y digo esto porque si lo tuviere, sería vergonzoso el aceptar tal situación. Aclaremos: si las casi perreras que algunas compañías han construido y están construyendo en "orden con la ley" eso significa que: 1) alguien ha resultado beneficiado por permitir lo indebido, o bien 2) peor aún, esas condiciones exiguas están contempladas y permitidas por la ley y, en tal caso, la misma no vale nada -por decirlo suavemente-.

Sin que el lector sea "masferreriano" necesariamente, creo que fácilmente podemos concluir todos en que la vivienda necesita un "mínimum vital", o más bien el ser humano necesita del mismo aplicado, en este caso, a la vivienda. ¿De qué estamos hablando? Veamos: Espacios mínimos de esperanza. ¿A qué llamo así? A los que necesariamente deben existir en toda residencia para que se puedan tener muebles, adornos y elementos que brinden no sólo la posibilidad física de vivir (también en una cueva o bajo los árboles estrictamente se puede), sino la de habitar con dignidad, estética y esperanza, adicionando poco a poco aquellos elementos del hogar que brinden comodidad y belleza; todo ello promueve un consumismo sano y elemental que les parece negado a los propietarios de casas en las que no caben ni siquiera los seres humanos; mayor espacio combate la promiscuidad y proporciona más gusto de permanecer en la residencia, colaborando a la unidad familiar, a la seguridad y al estudio. Si además se les dan servicios completos (y no baños sin lavamanos ni ducha, lavaderos en la esquina del patio, o carencia de puertas interiores) y espacios verdes (tanto en el interior como en la urbanización como un todo), tendremos una verdadera residencia para humanos y no vergonzosas concentraciones que parecen colmenas y que son, en el fondo, tugurios disfrazado.

El "Housing Act" de los años treinta

Uno de los programas más efectivos que nuestros hermanos del norte utilizaron para superar la gran depresión de los años treinta fue el establecimiento del Decreto de la Vivienda (Housing Act), por el que, además de establecer los requisitos de las viviendas, haciéndolas dignas para los seres humanos, se indicaba el mecanismo para que los ciudadanos que carecían de ellas pudiesen adquirirlas, los principales son: 1. Se creó un formato "standard" para las hipotecas (válido sólo para las nuevas a adquirir), lo que facilitó y abarató grandemente los trámites. 2. Se alargaron los plazos para pagarlas hasta casi en 30 años. 3. Se puso a disposición dinero que no excedió el 4%. 4. Se monetizaron las hipotecas, convirtiéndolas en verdaderos títulos valores a través de un mercado de segundo piso al que únicamente habría que involucrar a la banca, cuidando que su cometido conservara el objetivo de promover las inversiones. Todo ello produjo gran movilidad de activos y de población (geográfica y socialmente), y promovió una fuerte sensación de seguridad, relanzando a sus habitantes hacia la esperanza.

LOS EXPOLIADORES, los vivianes de ayer y de siempre, los que han medrado aprovechado de un Estado que a estos efectos ha estado "pintado", se remolerán de furor y brincarán diciendo que las anteriores líneas son "idealistas" -cuando no que "socialistas" - y que el desventurado "debía agradecer que se lo saque de la champa", agregando de que las ganancias de sus empresas son escasas. ¡Mentirosos! Todos lo sabemos. Creo en las excelentes intenciones del Presidente. Creo en que existe una mayoría de constructores honrados que podrían abordar estos planes con capacidad y conciencia. Creo que los salvadoreños todos hemos llegado a estar seguros de que sólo hay un camino: desarrollo.


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