La
Nota del Día
Entra en vigencia el TLC
con México
En muchos sentidos el país se ha
venido adaptando a la comunidad global, aunque
proceda por pasos y sectores
El Tratado de Libre Comercio entre el
Triángulo Norte de Centroamérica
(El Salvador, Guatemala y Honduras) y
México entró en vigencia ayer,
abriendo positivos horizontes a la
economía regional. Con el acuerdo,
productos de ambas partes pagarán
aranceles sucesivamente menores, hasta llegar al
pleno intercambio sin impedimentos de ninguna
clase.
La apertura de mercados siempre despierta
temores, como los hubo en México antes de
incorporarse al bloque Estados
Unidos-Canadá. Se cree que las naciones
de menor desarrollo no dispondrán ni de
la capacidad tecnológica ni de los
cuadros técnicos ni de los capitales,
para enfrentar con éxito la competencia
de empresas muchísimo mayores y con vieja
trayectoria. Y efectivamente habrá
quienes no logren sobrevivir, pero eso
ocurrirá a ambos lados de las
fronteras.
La norma, sin embargo, es que las empresas se
fortalecen con la competencia, que surgen
alianzas entre ellas, y que rápidamente
se adaptan a las nuevas condiciones sociales,
mercadológicas y competitivas. No sabemos
de casos, aunque es imaginable que existan, en
que reducir aranceles y abrir mercados no haya
traído muchísimos más
beneficios que inconvenientes. Y los que
más ganan con la apertura son los
consumidores, al disponer de productos y
servicios de mejor calidad con relación a
los precios.
Así viene sucediendo con el Mercado
Común Europeo, que de seis socios
originales ha pasado a casi una veintena.
Países que estaban a la zaga, como
Portugal y Grecia, han modernizado sus
economías y sabido enfrentar la creciente
competencia de productores de rango mundial. La
fórmula del éxito está en
la gradualidad y en el hecho de que al productor
de un país, que hasta entonces estaba muy
cerrado, de pronto se le abren mercados
más fuertes.
La globalización es oportunidad y
esperanza
Los mercados más grandes, enormemente
más grandes, significan mayor empleo,
mejores oportunidades de superación
personal, más profesionalismo en la gente
y el surgimiento de empresas y actividades de
apoyo, como cuando al establecerse una maquila
brotan toda clase de negocios en su entorno.
Se tiene que tomar en cuenta, empero, que la
integración al mundo, como de hecho se
contempla como meta final del proceso, requiere
del concurso no sólo de empresas y
gobiernos, sino también de una amplia
gama de sectores. No puede haber una
modernización de fábricas e
industrias, si las leyes y las instituciones no
se ponen a la altura de las nuevas exigencias.
No subsiste una economía fuerte al lado
de instituciones débiles.
Tampoco convive la modernidad
económica y empresarial, con
fórmulas arcaicas en lo
ideológico, lo político y lo
cultural, ni menos con niveles de delincuencia
aberrantes, o con un sistemático ataque
contra el orden legal y la convivencia
pacífica. Lo que se ha venido dando, un
intento mantenido por derrumbar el sistema y
subvertir el orden social, reduce oportunidades,
afecta la competitividad, disminuye los niveles
de empleo y posterga el estado de pobreza de
innumerables sectores. Por parecidos motivos,
los sindicatos norteamericanos fomentan la
discordia en nuestros centros de trabajo, para
impedir la incorporación de los
salvadoreños al mundo globalizado.
En muchos sentidos el país se ha
venido adaptando a la comunidad global, aunque
proceda por pasos y sectores. Lo que tenemos es
una coexistencia dentro de un mismo territorio,
de "primeros mundos", "segundos mundos" y
"cuartos mundos"; con el TLC y la Iniciativa de
la Cuenca del Caribe, podemos todos aspirar a
ser "primeros mundos".