- Reconocimiento
- Mujeres de marzo
- Beatrice
Alamanni de Carrillo*
- beatricealamanni@hotmail.com
Desde
hace más de setenta años, marzo
está dedicado a las mujeres,
recordándose un día 8, en que
muchas obreras norteamericanas murieron
trágicamente en una fábrica
textil, en un intento de reivindicaciones
laborales. En la conmemoración de esta
hazaña, vale renovar el compromiso de la
lucha por la superación de las mujeres,
que no siempre tiene resultados satisfactorios,
ni siquiera ahora, en el Siglo XXI.
Dios bendiga, entonces, a todas las mujeres,
pero, en especial, a las mujeres
salvadoreñas, y que la historia nos
enseñe a ser valientes y a seguir
caminando con paso firme en el sendero del
progreso de nuestro país.
La apremiante situación mundial y la
trágica realidad nacional exigen que las
mujeres luchemos no "sólo" por nosotras
mismas (porque sería ésta una meta
un tanto reducida) sino más bien,
asumamos el compromiso socio-político y
cultural, más decidido y global de
incidir profundamente en los destinos y el
futuro de la humanidad entera.
Las mujeres debemos ser visionarias y
proféticas, nos toca cambiar al mundo,
porque el mundo no puede esperar y necesita una
evolución drástica, contundente y,
sobre todo, ética y espiritual.
Pero las mujeres somos todavía
demasiado débiles y adolecemos aún
de profundas discriminaciones públicas y
privadas, en todo el planeta.
En países de gran desarrollo, no
obstante el bienestar y las adquiridas
igualdades político-sociales, proliferan,
sin embargo, en contra de las mujeres la
violencia intrafamiliar, el acoso sexual y la
dificultad del acceso a cargos de prestigio y de
poder.
En los países en vías de
desarrollo, a estas discriminaciones se
añaden además, severas
dificultades, en cuanto al avance de las
condiciones en cuanto al avance de las
condiciones socio-culturales y
económicas, de la gran mayoría de
las mujeres.
Por otro lado, en los países
desafortunadamente llamados del "tercer mundo"
(otros todavía no califican ni siquiera
para eso), las mujeres siguen siendo objeto de
explotación y de injusticias de todo tipo
y a todo nivel, familiar y social, estando muy
lejos de cualquier atisbo de igualdad.
Los países islámicos, por
ejemplo, se han negado a suscribir los tratados
sobre derechos humanos, que proclaman la
igualdad entre hombres y mujeres, por considerar
dicha igualdad en contradicción con su
ley sagrada.
Todavía entre millones de
fundamentalistas religiosos, sobre todo en
Africa, la castración femenina, es
perpetrada cada año, en más de dos
millones de niñas menores de 10
años, y realizada por "ancianos" en el
silencio de los hogares, mientras los familiares
anuentes participan de esta "masacre".
En América Latina, "cuando la comida
es poca, a la niña no le toca", reza un
alusivo dicho, que resume perfectamente la
"cuota" de derechos, que le corresponde a las
hembras y no sólo respecto a la comida,
sino también y sobre todo, en lo escolar
y de oportunidades.
A todos estos atropellos, para las mujeres de
El Salvador, en este marzo amargo y
trágico, se añade el miedo al
hambre, la falta del puesto de trabajo y la
pérdida de su vivienda (cuando no de
algunos de sus hijos) a causa, no sólo de
los sismos, sino también, por las
contradicciones socio-económicas,
todavía existentes y que dichos sismos
han manifestado en toda su crudeza. Como nunca,
entonces, debemos estar unidas las mujeres de El
Salvador. La responsabilidad moral, que les
corresponde a las más privilegiadas, en
cuanto a logros y educación, les debe
impulsar a comprometerse a fondo, con la causa
de sus más débiles y necesitadas,
"hermanas de silencio", que no tienen
oportunidades ni espacios para ser oídas
y atendidas.
Hace poco, un grupo notable de mujeres pobres
(que tienen el gran valor y la dignidad de
autodefinirse así) ha realizado, a
través de un foro, una excelente
recopilación y puesta en común de
su condición y de sus necesidades,
detectando con sabiduría y realismo, las
áreas de su vulnerabilidad y las formas
de superarlas. Ojalá, que el Plan de
Nación recoja la plenitud de este
esfuerzo e incorpore en sus acciones, la voz de
la mujer pobre de El Salvador. Ojalá, que
en la reconstrucción nacional, que se
acaba de negociar, tenga cabida la
"visibilización" de las mujeres.
En los países fríos (casi
todos, se dice, que son "desarrollados") el
símbolo de la mujer y de su
celebración de marzo, es la mimosa, una
flor amarilla, finamente perfumada, formada de
pequeños botones suaves, parecidos a
copos de nieve. Pero esta flor pertenece a un
árbol fortísimo y resistente, que
reta el hielo del invierno, brotando en marzo,
como una esperanza y augurio de la
primavera.
Así somos las mujeres del mundo,
fuertes, para estar siempre de pie y ayudar a
los demás a vivir, pero suaves y tiernas
con quienes queremos o con quienes sentimos
solidaridad.
Cuando niña, recuerdo que a mi madre
(docente como yo por vocación y
herencia), siempre alguno de sus
discípulos le traía un ramo de
mimosas en marzo, como homenaje a su valor como
mujer y a su grandeza como ser humano y como
maestra. Cuando pienso en mi madre, que
murió muy joven, la recuerdo así,
como un ramo de mimosas.
A todas las mujeres de El Salvador entonces,
quiero que les llegue en este mes, el perfume
delicado de las mimosas, con el calor de nuestro
verano y el dolor de este parto, en el cual
todas estamos llamadas a sufrir, con tal que
surjan, cuanto antes, no sólo mujeres
distintas y más afortunadas, sino
más bien seres humanos integrales, no
importando su sexo, su rol o su género,
pero seres humanos, capaces al fin de escribir
de otro modo la historia del mundo.