Miércoles 14 de marzo de 2001


Reconocimiento
Mujeres de marzo
Beatrice Alamanni de Carrillo*
beatricealamanni@hotmail.com

Desde hace más de setenta años, marzo está dedicado a las mujeres, recordándose un día 8, en que muchas obreras norteamericanas murieron trágicamente en una fábrica textil, en un intento de reivindicaciones laborales. En la conmemoración de esta hazaña, vale renovar el compromiso de la lucha por la superación de las mujeres, que no siempre tiene resultados satisfactorios, ni siquiera ahora, en el Siglo XXI.

Dios bendiga, entonces, a todas las mujeres, pero, en especial, a las mujeres salvadoreñas, y que la historia nos enseñe a ser valientes y a seguir caminando con paso firme en el sendero del progreso de nuestro país.

La apremiante situación mundial y la trágica realidad nacional exigen que las mujeres luchemos no "sólo" por nosotras mismas (porque sería ésta una meta un tanto reducida) sino más bien, asumamos el compromiso socio-político y cultural, más decidido y global de incidir profundamente en los destinos y el futuro de la humanidad entera.

Las mujeres debemos ser visionarias y proféticas, nos toca cambiar al mundo, porque el mundo no puede esperar y necesita una evolución drástica, contundente y, sobre todo, ética y espiritual.

Pero las mujeres somos todavía demasiado débiles y adolecemos aún de profundas discriminaciones públicas y privadas, en todo el planeta.

En países de gran desarrollo, no obstante el bienestar y las adquiridas igualdades político-sociales, proliferan, sin embargo, en contra de las mujeres la violencia intrafamiliar, el acoso sexual y la dificultad del acceso a cargos de prestigio y de poder.

En los países en vías de desarrollo, a estas discriminaciones se añaden además, severas dificultades, en cuanto al avance de las condiciones en cuanto al avance de las condiciones socio-culturales y económicas, de la gran mayoría de las mujeres.

Por otro lado, en los países desafortunadamente llamados del "tercer mundo" (otros todavía no califican ni siquiera para eso), las mujeres siguen siendo objeto de explotación y de injusticias de todo tipo y a todo nivel, familiar y social, estando muy lejos de cualquier atisbo de igualdad.

Los países islámicos, por ejemplo, se han negado a suscribir los tratados sobre derechos humanos, que proclaman la igualdad entre hombres y mujeres, por considerar dicha igualdad en contradicción con su ley sagrada.

Todavía entre millones de fundamentalistas religiosos, sobre todo en Africa, la castración femenina, es perpetrada cada año, en más de dos millones de niñas menores de 10 años, y realizada por "ancianos" en el silencio de los hogares, mientras los familiares anuentes participan de esta "masacre".

En América Latina, "cuando la comida es poca, a la niña no le toca", reza un alusivo dicho, que resume perfectamente la "cuota" de derechos, que le corresponde a las hembras y no sólo respecto a la comida, sino también y sobre todo, en lo escolar y de oportunidades.

A todos estos atropellos, para las mujeres de El Salvador, en este marzo amargo y trágico, se añade el miedo al hambre, la falta del puesto de trabajo y la pérdida de su vivienda (cuando no de algunos de sus hijos) a causa, no sólo de los sismos, sino también, por las contradicciones socio-económicas, todavía existentes y que dichos sismos han manifestado en toda su crudeza. Como nunca, entonces, debemos estar unidas las mujeres de El Salvador. La responsabilidad moral, que les corresponde a las más privilegiadas, en cuanto a logros y educación, les debe impulsar a comprometerse a fondo, con la causa de sus más débiles y necesitadas, "hermanas de silencio", que no tienen oportunidades ni espacios para ser oídas y atendidas.

Hace poco, un grupo notable de mujeres pobres (que tienen el gran valor y la dignidad de autodefinirse así) ha realizado, a través de un foro, una excelente recopilación y puesta en común de su condición y de sus necesidades, detectando con sabiduría y realismo, las áreas de su vulnerabilidad y las formas de superarlas. Ojalá, que el Plan de Nación recoja la plenitud de este esfuerzo e incorpore en sus acciones, la voz de la mujer pobre de El Salvador. Ojalá, que en la reconstrucción nacional, que se acaba de negociar, tenga cabida la "visibilización" de las mujeres.

En los países fríos (casi todos, se dice, que son "desarrollados") el símbolo de la mujer y de su celebración de marzo, es la mimosa, una flor amarilla, finamente perfumada, formada de pequeños botones suaves, parecidos a copos de nieve. Pero esta flor pertenece a un árbol fortísimo y resistente, que reta el hielo del invierno, brotando en marzo, como una esperanza y augurio de la primavera.

Así somos las mujeres del mundo, fuertes, para estar siempre de pie y ayudar a los demás a vivir, pero suaves y tiernas con quienes queremos o con quienes sentimos solidaridad.

Cuando niña, recuerdo que a mi madre (docente como yo por vocación y herencia), siempre alguno de sus discípulos le traía un ramo de mimosas en marzo, como homenaje a su valor como mujer y a su grandeza como ser humano y como maestra. Cuando pienso en mi madre, que murió muy joven, la recuerdo así, como un ramo de mimosas.

A todas las mujeres de El Salvador entonces, quiero que les llegue en este mes, el perfume delicado de las mimosas, con el calor de nuestro verano y el dolor de este parto, en el cual todas estamos llamadas a sufrir, con tal que surjan, cuanto antes, no sólo mujeres distintas y más afortunadas, sino más bien seres humanos integrales, no importando su sexo, su rol o su género, pero seres humanos, capaces al fin de escribir de otro modo la historia del mundo.


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